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Si por la víspera se saca el día, la aparición casi simultánea de dos propuestas de partidos políticos en el crítico escenario nicaragüense —frente a la dictadura de Daniel Ortega y ante una enorme y deforme “sociedad civil opositora” incapaz hasta hoy de cohesionar una lucha objetiva contra el régimen— no llegará muy lejos. Demostrará a ciencia cierta que lo surgido es más de lo mismo y que, inevitablemente, no pasarán de ser, metafóricamente hablando, grupos de individuos similares a marcianos queriendo pescar y configurar liderazgos políticos, pero en la Luna. Lejos, muy lejos de la auténtica unidad liberal que se construye, silenciosamente, en su mayoría, desde el territorio nacional y desde el exilio comprometido.
Este lanzamiento —que pretende, por un lado, revivir desde el exilio las cenizas del extinto Partido Ciudadanos por la Libertad (CxL) y, por el otro, presentar una nueva organización llamada Ruta del Cambio— ha venido a atizar el debate dentro de la burbuja de esa amalgama de organizaciones de la sociedad civil en la diáspora. Con ello se busca hacer creer que quienes encabezan estas iniciativas constituyen ya los “únicos líderes” del liberalismo, actuando además a una distancia enorme de las auténticas bases votantes del pueblo nicaragüense, a las que desestiman y, lo que es peor, subestiman.
Es evidente que, en este proceso, desde 2018 e incluso antes, ya venían fallidas las estructuras de dicha sociedad civil, acostumbrada a operar y crear sus “plataformas” con financiamiento externo, incapaces aun así de frenar los ventarrones políticos que siempre se avistaban. Estos venían desde los gobiernos de la transición fallida hasta el segundo asalto al poder por parte de Ortega en 2007. La disidencia partidaria sandinista a este no posee ningún arrastre electoral.
Tras la rebelión de abril de 2018, estas estructuras se fortalecieron desde el exterior con mayor fuerza, propagándose como hongos silvestres y con más capital financiero, proveniente tanto de sectores demócratas como republicanos en Estados Unidos —especialmente durante el primer periodo de Donald Trump— de la euroizquierda socialista y hasta del magnate progresista George Soros, célebre por sus aportes a las teorías conspirativas. No obstante, al día de hoy, si se miden los resultados de manera genuina y administrativa frente a una tiranía que tiene al país al borde del colapso —con un éxodo sin precedentes históricos y una liberación solo parcial de presos políticos—, la conclusión es que no han servido para nada. Incluso, deberían plantearse la devolución de los fondos recibidos.
En una ocasión, durante un encuentro con la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en Estados Unidos, el doctor Rafael Cárcamo lanzó un mensaje sin precedentes —que, habilidosamente la “pityprensa” izquierdista no menciona—: ante tanta desigualdad y pobreza económica en muchas familias que han abandonado el país, no es justo que quienes dicen defender los postulados humanistas de la democracia lleven una vida desahogada mientras otros carecen hasta de lo básico. “En nombre de ellos les pido que se auditen, porque si no, los van a auditar en el futuro”, advirtió.
Desde el terreno político, estas organizaciones no han demostrado capacidad organizativa ni, mucho menos, política; tampoco han generado liderazgos sólidos. Así lo reconocen incluso medios y redes sociales de sectores críticos en su mayoría provenientes del mismo sandinismo.
De hecho, los cuestionamientos hacia el resurgimiento oportunista de un partido y la proclamación de otro no han provenido precisamente de la derecha política —a la que este tipo de manifestaciones le resulta indiferente, no por el fondo sino por la forma y el origen—, sino de los mismos sectores de esa amalgama y desordenada sociedad civil opositora, según han expresado analistas y políticos que, pese a sus diferencias, forman parte de ese mismo ecosistema.
El dilema de los partidos políticos da para más. Esas mismas entidades los han rechazado y cuestionado; otros hablan ahora de “renovarlos”, aunque desde intereses políticos marcados. La realidad sigue siendo la misma: en Nicaragua la institucionalidad está por los suelos, y no hay fórmulas mágicas para reconstruir la nación desde los viejos partidos tradicionales, cooptados y delincuenciales como el propio partido sandinista, por lo que ya no son partidos sino entidades de mafias corruptas. Se trata, entonces, de crear nuevas instancias partidarias en una Nicaragua post castrochavista.
La ciudadanía no quiere más de lo mismo. Recuerdo las palabras del empresario y líder comunitario Jorge Estrada, quien señalaba que, antes y después de 2018, autoridades municipales, líderes locales y actores de la Costa Caribe no querían saber nada del CxL.
Para remate, el obispo auxiliar Silvio Báez puso la cereza al pastel al decir que dichas acciones (ahora partidarias), eran apresuradas, argumentando que lo urgente era crear unidad y no enfrascarse en una “competencia estéril” que reproduce los errores del pasado.
Lo mismo ocurre con líderes y bases de lo que fueron el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) y otros. El primero surgió y murió durante la transición fallida; el segundo fue llevado por sus líderes incapaces a ser hoy un monigote del orteguismo en la Asamblea Nacional; y otros, como el Partido Liberal Independiente (PLI), fueron devorados por sandinistas y liberales, y su representación legal —merecedora de ser recuperada por su legítimo reclamante, Valmore Valladares y apoyado por Alejandro Hurtado, recientemente liberados a medias—. El CxL, cabe recordar, viene de esas mismas entrañas.
Ante esta triste realidad, lo que queda es trabajar arduamente por la auténtica unidad liberal desde el territorio. La buena noticia es que, sin bombos ni platillos —lejos también de La Haya y de la Internacional Liberal, donde los nicaragüenses no votan—, esto ya lo vienen haciendo líderes dentro de la reprimida Nicaragua, que es de donde habrán de emerger los verdaderos protagonistas, candidatos y dirigentes para reencauzar al país hacia la libertad. No por marcianos en la Luna, lejos de la auténtica unidad liberal.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y fundador del Partido Organización Política Accionaria (OPA).