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La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que se celebra actualmente en Brasil, marca una década desde que 195 partes adoptaron el histórico acuerdo climático de París en la COP21. Pero lo que debería ser un momento de celebración se ve ensombrecido por una creciente incertidumbre: la brecha en la financiación climática aún asciende a billones de dólares, mientras que el apoyo entre los países desarrollados a la acción climática se está fracturando.
La transición hacia una economía global baja en carbono no puede tener éxito sin la participación activa del sector privado; sin embargo, las empresas y los inversores se muestran reacios a comprometer fondos en un contexto de incertidumbre e inestabilidad. Ante todo, los mercados necesitan previsibilidad: marcos políticos coherentes, sectores prioritarios claramente definidos y estrategias prácticas para gestionar los riesgos financieros, ambientales y sociales.
Sin embargo, la previsibilidad y la estabilidad que requieren los inversores y los mercados siguen siendo inalcanzables. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido que la incertidumbre política ha frenado el desarrollo y el uso de muchas tecnologías prometedoras de energía limpia que están listas para su implementación a gran escala. Excluyendo la IA, la financiación de capital riesgo para la innovación energética disminuyó en todos los sectores en 2023 y 2024. Mientras tanto, la mayoría de los países aún carecen de las políticas y los mecanismos de inversión necesarios para movilizar capital privado a gran escala.
Si bien las condiciones financieras más restrictivas y la incertidumbre política desempeñan un papel importante, son solo una parte del problema. Una razón más profunda, a menudo ignorada, para la lentitud del progreso es que el movimiento climático global no se ha centrado en gran medida en las personas más afectadas por la transición energética: los trabajadores, los consumidores y las comunidades locales.
Desde su creación, el Consejo para el Capitalismo Inclusivo (que dirijo) ha defendido que las grandes transiciones económicas brindan a las empresas y a los inversores una oportunidad única para construir una sociedad más inclusiva. Inspirados por el llamado del difunto papa Francisco a “escuchar el clamor de la tierra y el clamor de los pobres”, establecimos una alianza con empresas e inversores de alto consumo energético para desarrollar un marco para una transición climática justa.
Creado en colaboración con BP, Reliance, el Sistema de Jubilación de Empleados Públicos de California, State Street y otras entidades, este marco sitúa a las personas en el centro de la transición energética. Hace hincapié en el acceso universal a la energía limpia, en empleos dignos que ofrezcan oportunidades de reciclaje y capacitación, en el apoyo a las comunidades locales y en la necesidad de fortalecer las cadenas de suministro. Asimismo, reconoce que las estrategias de asignación de capital de los inversores deben alinearse con estas prioridades mediante una participación significativa de las partes interesadas y el intercambio de buenas prácticas.
Junto con la transición energética, la revolución de la IA está destinada a transformar los mercados laborales. Con este fin, coorganizamos una reunión con el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga, en la reciente Semana del Clima de la ONU en Nueva York para analizar cómo aprender de los errores de transiciones pasadas y garantizar que nadie se quede atrás.
Para convertir la ambición en acción se requieren estrategias nacionales viables. Cuando se implementan eficazmente, las contribuciones determinadas a nivel nacional pueden ser mucho más que meras promesas climáticas: pueden orientar la inversión y servir como hojas de ruta para la transformación económica. Brasil ofrece un modelo útil: un informe conjunto de la OCDE y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) destaca al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) de Brasil como líder en la creación de instrumentos financieros innovadores capaces de atraer capital privado a gran escala.
Otros mercados emergentes también están logrando avances significativos. La energía eólica y solar se están expandiendo rápidamente en Asia, Oriente Medio y África, e India está en camino de convertirse en el segundo mercado de energías renovables más grande del mundo después de China. Para los países en desarrollo, el crecimiento inclusivo no es un eslogan, sino un imperativo socioeconómico, especialmente en lo que respecta a garantizar el acceso a la energía y a la infraestructura crítica.
Las economías desarrolladas se enfrentan a un conjunto distinto de desafíos. En Estados Unidos, cerca del 40 por ciento de los proyectos de energía y tecnología anunciados bajo las políticas industriales y climáticas del expresidente Joe Biden ya sufrían retrasos incluso antes del regreso del presidente Donald Trump a la Casa Blanca. Al mismo tiempo, el aumento de los costos de la energía pone en peligro la transición del Reino Unido hacia las cero emisiones netas, mientras que los fabricantes europeos luchan por reducir las emisiones de CO₂ y mantener la rentabilidad en un mercado global cada vez más dominado por las empresas chinas.
Aun así, existen motivos para un optimismo moderado. Si bien Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, la asequibilidad energética y la competitividad de la IA siguen siendo prioridades nacionales fundamentales. Los inversores institucionales y el capital privado cuentan con los medios y el incentivo para respaldar tecnologías emergentes —incluida la energía nuclear escalable y libre de carbono— que pueden impulsar el crecimiento de la IA sin incrementar los costos de los servicios públicos.
Las decenas de líderes mundiales reunidas en Brasil para la COP30 se encuentran en un momento crucial. Para construir un futuro justo y sostenible, debemos superar la brecha entre gobiernos, instituciones financieras, sociedad civil y sector privado. Solo centrándonos en los trabajadores, las comunidades y los consumidores podremos traducir los objetivos nacionales en un progreso tangible que proteja tanto a las personas como al planeta.
La autora es CEO de EL Rothschild, fundadora y CEO del Consejo para el Capitalismo Inclusivo.
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