Hoy decidí dejar a un lado el análisis sociopolítico y geopolítico para hacer una reflexión personal y pública, que quizás pueda ayudar a alguien que lea estas letras. Como una vez alguien dijo: “Si en la vida hice algo que ayudó a otro a hacer de su vida algo mejor, entonces habrá valido la pena haber vivido”.
En ocasiones el tiempo te supera. Cuando miras tu vida en retrospectiva, te das cuenta de cuánto ha pasado, y sin embargo, sientes que fue menos de lo que realmente fue. Eso me sucede hoy, al notar que estoy a pocos días de celebrar mi aniversario número veintitrés no solo libre de adicción, sino en pleno gozo de una verdadera libertad.
Los antiguos filósofos griegos entendían la libertad como la independencia de un amo y la facultad de decidir racionalmente dentro de la vida cívica. En tiempos más modernos, la falta de libertad se representa como un hombre encadenado, flagelado, sometido a trabajos forzados cuyo único beneficio es sobrevivir un día más.
Vivir en la adicción, sin embargo, es una esclavitud aún peor que todas las anteriores. Esta nueva forma de esclavitud no solo destruye a quien la padece, sino también a todo su núcleo social: la familia. Somete al ser humano a los peores vejámenes, a una degradación que roza lo inhumano. Y lo más cruel es que esta esclavitud es elegida, no impuesta desde afuera. Es una condena autoimpuesta que termina por asesinar emocional y psicológicamente a los seres más amados.
La adicción saca a flote lo peor del ser humano: lo inhumano. Expone nuestras miserias más profundas, convirtiéndonos en nuestro propio enemigo, y en enemigos del entorno. Destruye el sano juicio, la razón y la lógica más elemental. Es capaz de generar un infierno en la tierra antes de enfrentarse a la justicia divina. En ese estado, la prioridad absoluta deja de ser la vida o los hijos, para convertirse en la autosatisfacción adictiva, sin importar el costo.
Hoy, este texto nace como resultado de haber tomado una de las decisiones más inteligentes y acertadas de mi vida: la de intentar ser libre, plenamente libre. La de asumir el control de mi existencia, reencontrarme conmigo mismo y descubrir un propósito, un ikigai, como enseña la filosofía japonesa.
Hoy los retos son otros. Se trata de mantener el sano juicio, buscar el difícil equilibrio emocional y acercarse a lo más trascendente del ser humano: lo espiritual. Ahora la lucha es contra otros demonios: soltar los apegos, sanar los traumas, amar, ser feliz y, sobre todo, ser consciente de que lo verdaderamente importante está en el aquí y el ahora.
El autor es licenciado en Comercio Internacional (UCC), magíster en Administración de Empresas y profesor universitario.