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Las hemerotecas que hasta hace pocos años ofrecían libre acceso a estudiantes, investigadores e historiadores en Nicaragua, hoy apenas funcionan y lo poco que hacen es bajo estrictas restricciones.
Colecciones completas de periódicos y revistas históricas se encuentran sujetas a controles, cámaras y filtros políticos que han transformado la consulta hemerográfica en un ejercicio limitado y vigilado.
Así lo indagó LA PRENSA mediante testimonios de estudiantes y usuarios de esos sitios.
De acuerdo con los testimonios obtenidos, quien hoy entra a una sala de hemeroteca en Nicaragua se convierte en blanco de miradas, preguntas y fichajes.
En las universidades es peor: el estudiante es interrogado sobre sus motivos, sobre la materia que estudia, sobre quién le pidió la consulta. Se toman fotos de su cédula y carné, de sus libretas, hasta de las tareas anotadas en cuadernos. Muchas veces, tras esa procesión de sospechas, le entregan la negativa: “No está disponible”, “Estamos reclasificando”, “Busca otras fuentes”.
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Historia censurada
“La dictadura nunca ha ocultado su odio a los medios. No solo eliminó a los periódicos de la vida pública, ahora también impide que los jóvenes, los académicos o los historiadores usen los archivos”, dice una docente de Managua que abandonó la búsqueda por temor.
Un historiador jubilado que durante años solía frecuentar las hemerotecas, dice que en universidades confiscadas como la antigua Universidad Centroamericana (UCA) y en centros públicos como la biblioteca del Banco Central de Nicaragua, la hemeroteca es hoy un espacio clausurado o bajo vigilancia extrema.
Sabe, porque confesiones de un colega apasionado de la Historia, que en la antigua Hemeroteca Nacional, dentro del Palacio Nacional de la Cultura, se permite cierta consulta, pero siempre bajo el ojo de cámaras y custodios que registran cada movimiento.

Primer bloque de sospechas: los estudiantes
Dos estudiantes de la antigua UCA contaron a LA PRENSA lo que significó perder acceso a esos archivos que antes estaban disponibles en físico o en línea en la Biblioteca universitaria José Coronal Urtecho.
“Cuando reabrió la universidad, casi un año después de la confiscación, en la hemeroteca al inicio te veían sospechoso al pedir un archivo de LA PRENSA de la época”, relató una de ellas.
Al principio lograba ingresar, pero con limitaciones. Luego, simplemente le cerraron la puerta: “Ahorita ya nadie tiene acceso a los archivos de los periódicos”.
“Rojas”, exestudiante de Ciencias Económicas de la actual Casimiro Sotelo, lo confirma. “Ya no hay colecciones en línea de LA PRENSA, El Nuevo Diario, Confidencial, La Tribuna ni nada. También bloquearon las monografías y muchas tesis anteriores a 2018”, cuenta resignado.
Los relatos coinciden: pedir un tomo de periódico en una universidad convierte al estudiante en objeto de vigilancia.
Una joven de Derecho explica cómo secretarios políticos del FSLN y dirigentes estudiantiles oficialistas censuran cualquier referencia bibliográfica a medios escritos. “Si ponés a LA PRENSA en tu bibliografía, te dicen que no es fuente veraz y que cambiés a un discurso oficial o a un informe estatal”.
La presión surte efecto. Muchos optan por cambiar de tema de investigación para no meterse en problemas. Otros se limitan a copiar documentos oficiales y evitan indagar en narrativas incómodas para el relato oficial.
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¿Y la hemeroteca de LA PRENSA?
En la antigua sede de LA PRENSA, confiscada en 2021, había un tesoro. Un estudio con anaqueles repletos de periódicos, suplementos, revistas, fotografías y negativos de más de 90 años de antigüedad.
Allí se guardaban ediciones completas de LA PRENSA, pero también de La Noticia, Flecha, Novedades, La Crónica, Barricada, El Nuevo Diario y otros medios ya desaparecidos. Era un sitio de consulta para periodistas, estudiantes, historiadores o simples ciudadanos.
Hoy nadie sabe dónde están esos tomos. El régimen nunca explicó qué hizo con la hemeroteca. En el nuevo centro José Coronel Urtecho, inaugurado en 2024 en el mismo edificio del antiguo Diario, no se menciona la existencia de esos archivos.
Un historiador que la frecuentaba la define como “un golpe a la memoria histórica del país”.
Además del papel, en la hemeroteca se habían digitalizado dos décadas de publicaciones recientes y se guardaban microfilmes de ediciones antiguas. También existía una fototeca con miles de imágenes inéditas desde los años setenta. Todo quedó confiscado, en el limbo.
“Ya nadie pregunta por la hemeroteca de LA PRENSA. Los operadores saben que quien llega a buscar algo a las hemerotecas tiene capacidad intelectual para extraer datos que ellos quieren mantener en el olvido. Y pues nadie es tan irracional de exponerse a buscar lo prohibido”, resume un académico que frecuentaba esas colecciones.

Los últimos espacios bajo llave
La antigua UCA, hoy Universidad Casimiro Sotelo, también albergaba un amplio fondo hemerográfico. Tras su confiscación en 2023, el acceso quedó restringido y desordenado.
Estudiantes denuncian que la colección digital de periódicos y monografías que citaban fuentes bibliográficas fue bloqueada en línea.
El Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA), también en la UCA, tenía un fondo valioso de publicaciones antiguas. Hoy está abierto al público, pero enfocado en mostrar material de los años ochenta favorable a los sandinistas.
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El lugar funciona bajo control de vigilancia interna y operadores políticos. Una red de “sapos”, como los estudiantes llaman a los edecanes de la Juventud Sandinista y la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNEN), registra en libros y videos quién entra y qué pide.
La hemeroteca del Banco Central de Nicaragua, por su parte, abre y cierra intermitentemente. Muchos dicen que lleva más de un año clausurada. Cuando funciona, el acceso es aún más hostil: policías, empleados fanáticos y cámaras vigilan cada búsqueda. Los visitantes son obligados a justificar por escrito el motivo de su consulta.
La antigua Hemeroteca Nacional, radicada en el Palacio Nacional de la Cultura, sigue abierta y de libre acceso… en apariencia. Entrar allí implica atravesar controles de seguridad rigurosos, por estar ubicada en un enclave de seguridad estatal. Una vez adentro, se puede leer con cierta normalidad, aunque con la certeza de estar bajo cámaras y ojos que registran cada movimiento.

Los riesgos académicos
“Mariela”, estudiante de una carrera de Humanidades en la UNAN-Managua, abandonó su proyecto de monografía sobre violencia política en los años noventa porque no logró acceder a los tomos de El Nuevo Diario donde se recogían los antecedentes. “Me preguntaban por qué quería saber de esos años, quién me orientaba. Sentí que estaba haciendo algo malo y el tutor me dijo que mejor buscara otro tema”, narra.
“Carlos”, de la antigua UCA, también buscaba información sobre los apagones eléctricos de la década de los 90 y 2000 para un trabajo de historia de la tecnología. Después de tres visitas a la hemeroteca de la antigua UCA, desistió. “Me dijeron que mejor usara informes del Ministerio de Energía”.
Al final cambió el tema al uso de sistemas de energía más actuales. Un docente de la Casimiro Sotelo, lo felicitó por la decisión de prescindir de fuentes hemerográficas: “Vos solito te estabas metiendo en las patas de los caballos, menos mal que ya agarraste la señal”.
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“No hay acceso”
No solo los estudiantes viven esa censura. Una docente independiente, que trabaja en un colegio privado, buscó en la hemeroteca de la UNAN material para preparar sus clases. La experiencia fue atemorizante.
“Me hicieron esperar, me pidieron justificar para qué quería los periódicos, llamaron por teléfono. Llegó un hombre joven a verme. Luego llegó otro con radio a dar instrucciones y al final me negaron el acceso. Me sugirieron ir al Banco Central, que estaba cerrado. Fue la última vez que intenté”, confiesa.
El caso del historiador es distinto. Hombre de canas y de paciencia, solía recorrer bibliotecas y hemerotecas en busca de datos para sus escritos. Hoy va menos. Se limita a revisar literatura, poesía o ensayos de autores fallecidos en línea o en consultas a las bibliotecas privadas de colegas o amigos.
“No quiero arriesgarme a que me jodan por consultar periódicos, calladito me veo más bonito”, cuenta por WhatsApp. Sus textos, antes nutridos de referencias a prensa nacional, ahora se apoyan en fuentes secundarias, menos comprometedoras. La autocensura llegó también a su escritorio.

Hemerotecas: de la apertura al candado
Antes de 2018, Nicaragua todavía ofrecía a estudiantes, investigadores y público general un abanico de hemerotecas abiertas y funcionales.
Eran espacios silenciosos donde se podía hurgar en los tomos de periódicos amarillentos, consultar microfilmes, recorrer catálogos digitales o pedir una revista olvidada.
Ese paisaje cambió drásticamente después de 2018. Con la represión generalizada y las confiscaciones universitarias y de medios de comunicación, el acceso se convirtió en riesgo.
En 2025, la antigua UCA mantiene su hemeroteca bajo llave: catálogos alterados, tomos vedados, autores prohibidos y vigilancia en cada pasillo. El IHNCA, antes referente regional, fue vetado al público y opera bajo control de operadores políticos y sistemas internos de vigilancia.
La hemeroteca de LA PRENSA, confiscada en 2021, desapareció del mapa institucional: no se sabe si se conserva ni en qué condiciones.
El Banco Central abre de forma intermitente sus archivos y en la práctica lleva más de un año clausurado. La Hemeroteca Nacional sigue activa, pero entrar a ella implica atravesar controles estrictos de seguridad y asumir que cada consulta queda registrada.
Fuera de esas, solo quedan accesos limitados: la Biblioteca Enrique Bolaños con su colección digital, y la revista Envío de la UCA en línea junto a colecciones del INHCA. Todo lo demás está bajo control o en el olvido.
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