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El recurso de la historia para la liberación de Nicaragua del régimen castrochavista de Daniel Ortega está en proceso de consolidarse, sumándose ahora nuevas variantes no existentes cuando Estados Unidos intervino con tropas en el país y en Latinoamérica, tales como el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo.
Mientras por un lado nuestro pasado está marcado por luchas intestinas de liberales, conservadores y sandinistas, habiendo siempre una participación abierta y solicitada de Estados Unidos, por el otro la actual cruzada armamentista de este país por acabar con el narcotráfico en el mar Caribe ya inició e incluye también a países cuyas administraciones han sido parte de este crimen organizado o colaboradores, lo que involucra directamente a todos los países que conforman el eje de naciones parte de dicho sistema como Venezuela, Bolivia, Cuba, Honduras y Nicaragua, principalmente. También se habla de Guatemala y sus cielos empañados.
Es sabido hasta la saciedad que estos regímenes aunque mantienen un mismo padrón conductual en sus decisiones y entrega al G2 cubano, cada uno posee peculiaridades esenciales en sus respectivos países. En el caso de la participación de estos en el narcotráfico desde la década de los 80 las evidencias son más que claras, involucrando sobre todo a mandatarios, empresarios, intelectuales, y a otros como el Nobel colombiano Gabriel García Márquez sirviendo de cartero a Pablo Escobar y Fidel Castro, lo que viene estableciendo una narrativa en la cual hasta el más obcecado en no ver así las cosas termina convencido de quiénes y desde cuándo han sido parte del enjambre narcotraficante que los involucre letalmente.
Pablo Escobar mismo estuvo en Nicaragua en los 80, y fue atendido por los sandinistas, entablaron negociaciones desde entonces, como lo atestiguan algunos libros y declaraciones de extraficantes de drogas que han pasado por la cárcel, donde todos cantan para aminorar sus penas (como en el caso del expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández y del Chapo Guzmán).
La perversión castrista intentó lavarse la cara argumentando que el vínculo con el narcotráfico era para acabar con la juventud de Estados Unidos, vendiendo este espurio razonamiento, además de las ganancias obtenidas. Pero de ser ciertas las políticas públicas antidrogas, contra el crimen organizado y el terrorismo impulsadas por el presidente Donald Trump y su agenda republicana, de sanear el continente entero de esta epidemia criminal, estamos ante las puertas de que este mal llegue a su final y de que un nuevo horizonte de luces y bienestar asome sus pestañas en toda América, desde Alaska hasta la Patagonia.
En cuanto a Nicaragua y su situación interna, para salir de este atolladero se requiere de nuevas estrategias incluyendo peticiones a la comunidad internacional, la cual a excepción de la administración Trump, está dormida e insensible y hasta complaciente, como un sector de la Organización de Naciones Unidas (ONU) al apadrinar fraudes electorales como en Honduras, a favor del partido Libre, abiertamente castro-chavista.
Por otra parte, recientemente se creó en Miami la Alianza para la Libertad de América (ALA), una fundación que desde ya alberga a muchas organizaciones cívicas, políticas y sociales del continente establecidas tanto en Estados Unidos como en cada país, la cual en su primera declaración dio su total apoyo a Donald Trump en el despliegue militar actualmente frente a las costas de Venezuela y el Caribe, respaldando su agenda contra el narcotráfico y el terrorismo. Por Nicaragua asistieron 3 organizaciones, Nicaragua Task Force, del veterano periodista conservador Lester Avilés; Unidos Invencibles, de la dirigente y ex presa política Irlanda Jerez, y el partido Organización Política Accionaria (OPA), coordinado por Ariel Montoya.
De igual manera lo hicieron los otros países, sobre todo Venezuela con dirigentes a la cabeza como Freddy Solórzano y Luis González del Castillo; Cuba con Eduardo Arias y Antonio Calatayud; Honduras con Orlando López, y Bolivia con Teresa Iturre, con lo que se demuestra que si bien es cierto que la unidad entre miembros de la diáspora por país resulte complejo de darse, sí es posible avanzar en una agenda política regional desde una unidad en torno a un objetivo común: la liberación de América de todos los males referidos.
En el caso de Nicaragua el país no da para más. La represión, la cárcel y la persecución política alcanzan ya no sólo a los opositores al orteguismo sino también hasta a los propios militantes, funcionarios y colaboradores, en una cacería de brujas nunca antes vista.
Ante esta situación, se debe sentar un discurso de lucha y resistencia más activa. Debe reconocerse que en esta batalla contra la dictadura han sido muchos los fracasos, desde la llamada sociedad civil opositora hasta los intentos de otras organizaciones. En otras palabras, no hay capacidad propia para salir de esta crisis, salvo un imponderable, por lo que la solicitud hacia la administración Trump de apoyar la liberación de Nicaragua se torna justificada, impostergable y está en pie.
Nunca como ahora se vuelve necesario volver al pasado, aunque ni liberales ni conservadores hundieron tanto al país como cuando ellos pidieron la presencia de fuerzas estadounidenses. Hacerlo ahora para la liberación de Nicaragua, y en medio del contexto actual regional de una lucha nunca antes vista contra el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo, es cuando. Es el momento. Es ahora.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional, preside el Partido de Derecha OPA.