Del algoritmo al diagnóstico: por qué la ética debe “hacer parte del prompt”

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La IA ya sobrepasó el umbral de la promesa y está cambiando la práctica médica, elevando la precisión y la eficienciaen áreas como el diagnóstico temprano del cáncer y las enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, este avance disruptivo exige un nuevo pacto fundamentado en la ética para garantizar que la tecnología nos beneficie a todos.

A escala global, el mercado de IA en salud está en auge y se estima que alcanzará cerca de 36,950 millones de dólares en 2025, para proyectarse hasta 613,810 millones en 2034, con una tasa compuesta anual del 36.8 por ciento, según la consultora mundial Procedence Research

Dentro de ese escenario, sostiene la consultora, el segmento específico de diagnóstico con IA es especialmente dinámico: pasó de 1,610 millones de dólares en 2024 a 1,940 millones en 2025, con previsiones de superar los 10,280 millones de dólares para 2034.

Al mismo tiempo, la visión por computadora en salud —esto es la parte de la IA que permite a las computadoras “ver” e interpretar imágenes y videos simulando la visión humana— crece desde 2,600 millones de dólares en 2024 hasta una proyección de 53,010 millones para 2034, a una velocidad potenciada por la demanda de tratamientos personalizados.

No es casualidad que gran parte del crecimiento esté en aplicaciones visuales: desde la detección de tumores hasta el análisis de resonancias magnéticas, las herramientas de IA no solo refuerzan la precisión, sino también la eficiencia del flujo de trabajo clínico. Este auge refuerza el papel estratégico del software médico en el futuro del diagnóstico.

Las poderosas implicaciones de estas tecnologías despiertan también una pregunta fundamental: ¿podemos avanzar sin que la ética guíe el camino? La Organización Mundial de la Salud (OMS) propone que el uso de IA en medicina debe poner la ética y los derechos humanos en el centro del diseño, la implementación y el uso clínico. Esta postura se resume en una suerte de “Juramento Hipocrático para IA”, que reclama el principio primordial de “no hacer daño”.

Expertos exigen ética y humanidad

Una de las voces que se han escuchado al respecto proviene de la ONU. La presidencia del Comité de Bioética de la Unesco ha hecho un enfático llamado al respecto.

“No podemos permitir que la tecnología perpetúe desigualdades; debemos asegurarnos de que todos puedan beneficiarse de sus avances y convertirla en motor para el desarrollo”, dijo.

Por su parte, Margaret Chan, exdirectora de la OMS, advirtió que “no sirve obtener diagnósticos tempranos si los países no pueden brindar tratamiento o si la asistencia médica es inaccesible”, y recordó que “la compasión humana no puede ser reemplazada por una máquina”.

Un extenso análisis académico, publicado en PubMed Central, concluye que ignorar principios éticos puede erosionar la confianza de los pacientes, socavar los resultados terapéuticos e incluso generar rechazo por parte de los médicos.

Precisamente, organismos como la OMS y centros académicos como The Hastings Center impulsan el debate sobre gobernanza ética, con directrices que incluyen transparencia, rendición de cuentas, justicia y protección de datos. En paralelo, empresas de investigación de IA como DeepMind crearon unidades dedicadas a explorar los impactos sociales de la IA en seis dimensiones clave: privacidad, equidad, gobernanza, responsabilidad, riesgos y valores.

“Los Estados están reconociendo el potencial de la IA en el diagnóstico y están implementando políticas para fomentar su desarrollo, no obstante, hay que tomar en cuenta los términos éticos de su uso (…).  Se recomienda que los encargados en desarrollar estas herramientas cumplan leyes contra la discriminación y que el registro médico electrónico sea más abierto, recordando que, con la IA, es fundamental que las personas tengan derecho a controlar el uso y destino de su información personal”, agregó el Comité de Bioética de la Unesco.

La IA ya está revolucionando el diagnóstico médico: es más rápida, precisa y prepara el camino hacia una atención más personalizada. Sin embargo, abandonar la ética en este momento sería irresponsable. La verdadera revolución sanitaria será aquella impulsada tanto por algoritmos como por principios sólidos de justicia, transparencia y humanidad. Solo así podremos garantizar que la inteligencia artificial sea una herramienta transformadora para todos, no solo para unos pocos.

La autora es ministra de Ciencia y Tecnología de Venezuela.

COMENTARIOS

  1. Hace 10 meses

    Del algoritmo al diagnóstico: el abuso de un término y la confusión con la inteligencia artificial

    La palabra algoritmo no me es ajena. Hace muchas lunas, en mis clases de programación con Turbo Pascal, aprendí que un algoritmo no era más que un plano, un layout: una secuencia de pasos claros, ordenados y finitos que permiten resolver un problema o ejecutar una tarea. Era, en esencia, la receta que le indicaba a la computadora cómo debía comportarse.

    Hoy, sin embargo, el término ha sido desvirtuado. Se repite en titulares, discursos y artículos de divulgación con la ligereza de quien lo confunde con cualquier cosa tecnológica. Se habla de “el algoritmo de Facebook”, “el algoritmo de TikTok” o “el algoritmo de la IA”, como si un único ente todopoderoso decidiera los destinos del mundo. Esta trivialización empobrece el concepto y genera la falsa idea de que la inteligencia artificial es, en sí misma, un simple algoritmo. Nada más lejos de la realidad.

    Un algoritmo es un procedimiento puntual, un conjunto de instrucciones diseñadas para producir un resultado específico. Ordenar una lista de números, calcular un promedio o determinar la ruta más corta en un mapa son problemas que un algoritmo puede resolver con precisión matemática. Su lógica es clara, su estructura definida y su alcance limitado.

    En contraste, la inteligencia artificial no es un único algoritmo, sino un entramado inmenso de algoritmos interconectados, alimentados por grandes volúmenes de datos y potentes técnicas estadísticas. Su fuerza no reside en seguir un conjunto rígido de pasos, sino en aprender patrones, generalizar información y producir respuestas probabilísticas. Mientras un algoritmo tradicional ofrece resultados deterministas —siempre la misma entrada produce la misma salida—, una IA puede interpretar imágenes médicas, traducir idiomas o generar diagnósticos clínicos, porque ha sido entrenada con millones de ejemplos y ajusta su comportamiento en función de la experiencia acumulada.

    Dicho de otro modo:
       •   Un algoritmo es un ladrillo.
       •   La IA es el edificio entero, construido con millones de ladrillos, planos y ajustes dinámicos que le permiten adaptarse a situaciones nuevas.

    Por eso resulta erróneo y hasta ingenuo reducir la inteligencia artificial a “el algoritmo”. Al hacerlo, se confunde la herramienta con el sistema complejo, la receta con el banquete, el plano con la ciudad construida. Y, peor aún, se pierde de vista la dimensión ética que hoy acompaña a la IA en campos tan sensibles como la medicina.

    Si algo nos recuerda la discusión actual —y el título mismo del artículo Del algoritmo al diagnóstico: por qué la ética debe “hacer parte del prompt”— es que la precisión técnica no basta. Así como en Turbo Pascal aprendíamos que un algoritmo mal diseñado producía errores inevitables, hoy la IA, con toda su potencia, puede generar injusticias si no se guía por principios éticos sólidos. La diferencia es que ahora los errores no son simples bugs de programación, sino decisiones que afectan vidas humanas.

    En conclusión, la banalización del término algoritmo refleja la superficialidad con la que se suele hablar de tecnología. Un algoritmo es una instrucción; la inteligencia artificial, un ecosistema de aprendizaje. No reconocer esa diferencia es quedarse atrapado en la nostalgia de los viejos compiladores, sin comprender que lo que tenemos frente a nosotros no es un código rígido, sino un sistema que piensa en probabilidades, y que, sin ética, puede convertir la promesa en amenaza.

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