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Me decía mi padre Claro José Urtecho Espinoza, quien cursó su bachillerato en el Instituto Pedagógico La Salle, Diriamba en los años 60: “Hijo, uno debe ser agradecido, no sabemos los sacrificios que una persona hace cuando se desprende de algún bien para compartirlo con nosotros, inclusive, no sabemos si es lo único que poseía en ese lapso de tiempo”.
En el mundo empresarial el objetivo principal de los inversionistas es generar utilidades sobre su inversión en activos, y se espera que ese sea el principal objetivo de todo el equipo de colaboradores que rodea al círculo empresarial designado bajo confianza, para administrar las operaciones de esa compañía.
Como otro propósito podemos mencionar que está la creación de fuentes de empleo la cual ayuda al desarrollo económico del país y de las familias y familiares de los colaboradores involucrados y mencionaremos un tercer punto, la responsabilidad social que recae sobre los creadores de la empresa o mejor dicho sobre los inversionistas, estos tienen un alto grado de responsabilidad social lo cual puede tomar la forma de volver a invertir o reinvertir sus utilidades en la empresa en marcha, desprendiéndose así de sus utilidades y posible adquisición de lujos exóticos que le den una mejor calidad de vida a ellos y a sus familias, pero no lo hacen, lo comparten con sus colaboradores a través de la reinversión de sus utilidades.
Hablándolo más claro, los accionistas hacen muchos sacrificios para mantener a flote la empresa, muchas veces les sucede como a las madres de los polluelos de pelícanos, cuando ya no tienen alimento o no han logrado conseguir suficiente comida para sus polluelos, se desprenden plumas del pecho hasta el punto de desangrarse y con su propia sangre alimentan a sus polluelos para que no se debiliten y mueran. Muchos inversionistas hacen eso con sus dividendos anuales, los vuelven a reinvertir para no dejar morir las operaciones de la empresa, aun sabiendo que con mucho esfuerzo las utilidades solo cubrirán el punto de equilibrio.
No hay peor ceguera que el que no quiere ver el gran favor que nos hace un inversionista al crear fuentes de empleo, hasta podemos llegar a sentir envidia de nuestros jefes y tratar de hacerle daño económico o hasta físico, el mal agradecido está condenado a estar solo, la lealtad no se compra ni se mendiga, se gana con respeto, la familia tiene una gran responsabilidad en esto, ya que puede influir mucho en tus decisiones, la envidia y la gratitud no pueden coexistir en un mismo corazón. El mal agradecido convierte el favor en una obligación. La lealtad es la mejor joya en una relación ya sea laboral o amistosa.
Por lo antes mencionado se espera que seamos agradecidos con los sacrificios de los inversionistas en este punto de gano-ganas empresarial. Así que démosle nuestro mejor esfuerzo a la oportunidad que se nos brinda cuando ingresamos en algún grupo de colaboradores empresariales.
El autor es licenciado en Contaduría Pública y Finanzas.