Cadaverización del régimen orteguista y la unidad política opositora

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La muerte de dictadores de regímenes comunistas y castrochavistas ha tenido siempre diversos matices y misterios, muchos de ellos han resultado falsos y muchas veces han resultado ser hasta montajes estratégicos de los propios cabecillas y secuaces, mientras arreglan las cosas a lo interno de sus partidos, encuadres familiares y compinches —perpetuidad mesiánica enfermiza—. Esto ocurrió tantas veces con Fidel Castro. 

Otras fobias patéticas también se han dado cuando en verdad mueren, con el ocultamiento del protocolo fúnebre y hasta con las fechas reales en que dejaron de existir sin anunciarlas, como en el caso de Hugo Chávez, superando las paranoias de estos decesos pues hasta el día de hoy nadie conoce su acta de defunción (santería fidelista) ni dónde están sus huesos. Su propia madre dijo al ver el cadáver que ese muñeco de cera quietecito en el ataúd no era su hijo.

Pero en el caso de Daniel Ortega este públicamente el pasado 19 de julio justo cuando se cumplían 46 años del asalto al poder, demostró ante un selecto grupo de trabajadores, turbas del Estado, delegaciones internacionales de funcionarios de cuarta y quinta categoría, y ante las cámaras, un estado de salud deprimente, enfermizo y decadente, como lo padecen los restos del partido sandinista y del sistema que administra. La agonía viene con aires de fatalidad en el entorno. Total.

Mientras, en la otra orilla la oposición política desde antes de esta premonición viene organizándose, sin fondos, con mucho temor, pero con pasos certeros y con mucha discrecionalidad pues la represión está cada día peor.

En efecto la población viene demostrando ciertos niveles de resistencia pasiva, la cual en su momento se hará más visible. Existen redes sobre todo liberales que no están atados a los jerarcas y que ven en ellos liderazgos acabados, que están activándose, son hombres y mujeres provenientes de los partidos tradicionales como el Liberal Constitucionalista (PLC) o Ciudadanos por la Libertad (CxL), algunos conservadores, socialcristianos, socialdemócratas, contras e independientes, que están manejando intercomunicaciones políticas sin llamar la atención, grupos de cinco a diez personas que están dispuestas a jugársela y a querer ser parte de ese cambio que se aproxima.

En otro orden, en el exterior la diáspora maneja sus operaciones con más libertad, pero siempre con sumo cuidado y con desprendimiento patriótico. Las declaraciones del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, al dar por cerrada la USAID, dejaron claro que los que se beneficiaron con el apoyo financiero de este país fueron los dueños de las organizaciones de sociedad civil, las que al final nada hicieron con tanto dinero recibido. No obstante, este hecho ha venido a consolidar la visión ciudadana a lo interno y externo de Nicaragua, de que la lucha para salir de la tiranía orteguista es política, de reforzamiento con la comunidad internacional y en alianza con la oposición interna, de cara a una contienda que logre salir del régimen y propiciar la democracia.

Es un hecho que el fin del régimen está cerca, más ahora cuando por una y muchas vías se filtran noticias alrededor de la dictadura. Afloran desde meses atrás descontentos de cuadros altos, medios e intermedios del Ejército. Algo similar se comenta de ciertos miembros de la Policía y en las estructuras del Estado como ministerios y poderes. La inestabilidad es cotidiana, el temor de ser corridos acrecienta y la inseguridad laboral está a la orden del día.

Estos son sólo algunos de los reflejos reales de lo que domésticamente se vive en las dependencias del Estado. Por otra parte, la percepción ciudadana viene también mostrando su incomodidad, no sólo por la carestía de la vida o el aumento del desempleo, aumentando cada vez más el mercado informal, a causa de las pesquisas de los sapos y el férreo control de cuanto se dice coloquialmente o se habla entre familiares, amigos y vecinos.

La perspectiva de un cambio de sistema de la dictadura a la democracia, además de ser la primera agenda nacional viene siendo por otra parte una aspiración geopolítica. El tráfico económico se complica, la cooperación europea, aunque mojigata y complaciente en su mayoría, se ha reducido en gran medida y las propuestas para la inversión extranjera, a no ser la de China se vienen desvaneciendo.

Ortega dio un discurso aburrido, contradictorio y lleno de resentimiento cavernario hacia Estados Unidos, el país que pese a todo sigue siendo el principal socio exportador y el principal donante. Habló bien de China y Rusia, diciendo que estas naciones quieren la paz, congraciándose con los dictadores de esos países. En ningún momento hizo alusión sobre el país. Divagó entre Napoleón Bonaparte, Sandino y los “imperialistas del mundo”. Pero se olvidó de la invasión soberana de sus aliados a Nicaragua, esa que no quiere más orteguismo. Y él lo sabe en su decadencia final. Sabe que pronto tras la cadaverización de su régimen vendrán la libertad y la democracia. El fantasma de la unidad política opositora lo estremece, como lo estremeció en 1990.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y presidente del Partido Organización Política Accionaria (OPA).

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