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Durante las últimas tres décadas, buena parte de las discusiones en el marco de las relaciones internacionales estuvieron dominadas por ese momento unipolar estadounidense, aquel que Francis Fukuyama denominó “el fin de la historia”, consolidado luego del colapso de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría. La era de la pax americana había comenzado. La pax americana aludía a la pax romana y a la pax britannica, términos utilizados para describir momentos similares en la historia del Imperio Romano y del Imperio Británico, en donde su poderío parecía no tener igual. Ahora, ante la inminente reconfiguración del orden liberal internacional y el ascenso de China, se puede visualizar el amanecer de la pax sínica y su colisión con la pax americana.
Si bien, a inicios del siglo XXI, la supremacía de los Estados Unidos parecía ser algo incuestionable, el resurgimiento de China como un actor hegemónico representa hoy un desafío para el statu quo sustentado en la unipolaridad estadounidense. Si a esto agregamos la consolidación en diversas latitudes de corrientes aislacionistas y nacionalistas con visiones contrarias a la globalización y al multilateralismo, todo parece indicarnos que ya estamos ante ese proceso de transición de un orden basado en las reglas a otro sustentado en la multipolaridad.
El hecho de que exista un orden internacional basado en reglas, guiado por el derecho internacional, el multilateralismo y la diplomacia, no implica —necesariamente— que el mismo permanecerá estático en el tiempo. Para China, el argumento consiste en que ciertas instituciones de ese orden pueden conservarse, mientras que otras pueden y deben ser transformadas e —incluso— reemplazadas. Su lógica se sustenta —en parte— en que como Pekín no participó del proceso de conformación del viejo orden y de algunas de sus creaciones, no debería estar, por tanto, obligada por aquellas reglas que son contrarias a sus intereses nacionales. Estamos, entonces, ante un esfuerzo revisionista de China que acompaña su ascenso como superpotencia.
A lo largo de los años, China también ha ido desarrollando herramientas de poder blando, combinándolas con otras de poder duro e incisivo. En el marco de la diplomacia, ha desarrollado alianzas tan diversas tanto en su composición como en su geografía. Sólo es necesario mencionar la Organización de Cooperación de Shanghái, la Iniciativa de la Franja y la Ruta y los Brics, así como sus estrechos vínculos con el Movimiento de Países No Alineados, el G77, la Unión Africana y la Celac para comprobar su alcance mundial. Esto le permite proyectar su influencia en distintos círculos y ejercer un liderazgo dentro del sur global y en el plano multilateral.
Lo que muchos percibimos como pretensiones hegemónicas responden, en realidad, a uno de los preceptos centrales del confucionismo: la jerarquización como uno de los pilares del orden social y la armonía. Estas nociones confucianas aplicadas al ámbito de las relaciones exteriores chinas llevarían a un modelo de relacionamiento estratégico basado en la diplomacia, la negociación, el respeto, la reciprocidad y la armonía, que —a su vez— perseguiría el reconocimiento de la jerarquía, la influencia y el liderazgo chino, la Tianxia.
El reciente establecimiento de la Organización Internacional para la Mediación (OIMed) es un paso más en ese sentido. Este organismo intergubernamental con sede Hong Kong tiene como objetivo central facilitar la resolución pacífica de los conflictos internacionales a través de la mediación. A pesar de que —en teoría— la OIMed no llevará a cabo procesos arbitrales o judiciales, a través de la operativización de la mediación les plantea un desafío directo a instituciones como el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya (TPA) y la Corte Internacional de Justicia.
Esto se debe a que la mediación en materia de solución pacífica de las controversias internacionales se considera un paso previo al arbitraje y al arreglo judicial. Es decir que goza de cierto nivel de predilección en la arena diplomática. Este es el modelo preferido por China para la solución de los conflictos a nivel interno, en donde los ancianos y los líderes —conforme a estructuras confucianas jerarquizadas— actúan como mediadores, recomendando medidas para su resolución. Dichas recomendaciones eran normalmente acogidas por las partes, solventándose los conflictos conforme a ellas dado el respeto y la jerarquía que acompañaba tanto a los ancianos como a los líderes. Ese mismo espíritu es el que parece inspirar a la OIMed y al rol de China en ella. No puede tampoco ignorarse el hecho de que Pekín ve con mucho recelo a las instituciones judiciales y arbitrales, particularmente luego del laudo del TPA que favoreció a las Filipinas sobre China en su litigio en torno al Mar del Sur o Meridional de China.
Otro punto que merece ser considerado es la lista de los miembros fundadores de la OIMed. Se trata de treinta y tres Estados —incluyendo a China—. Al comparar dicha lista con el informe “Libertad en el Mundo” del Freedom House, los resultados son bastante reveladores: el 52 por ciento de sus miembros son países no libres, mientras que un 27 porciento son parcialmente libres y sólo un 21 por ciento son considerados libres. En el caso de estos últimos, la lista es bastante corta y todos son pequeños Estados insulares en desarrollo con Jamaica y Dominica en representación del Caribe, y Kiribati, Nauru, las Islas Solomon, Timor-Leste y Vanuatu por las islas del Pacífico. Por Latinoamérica, sus tres miembros son las autocracias de Cuba, Nicaragua y Venezuela, todos considerados países no libres.
Este grupo de treinta y dos Estados reconoce el liderazgo de Pekín y se adhiere a su visión de la pax sínica, de un nuevo orden mundial basado en la multipolaridad. En este nuevo orden, hay igualdad, pero está condicionada al reconocimiento de un estatus de primus inter pares para China. Por su conformación y salvo algunas excepciones, la visión del mundo de los Estados que se adhieren a la pax sínica y a la OIMed es una en la que la democracia, la transparencia y los derechos humanos parecen tener un rol más bien residual, adoptándose un enfoque transaccional basado el bienestar mutuo y la cooperación ganar-ganar, pero con una latente presencia de las dinámicas de poder endógenas y exógenas. El retorno a un mundo dividido en zonas de influencia parece ser una realidad. La aspiración de China está orientada a que en la zona de influencia que le corresponde, sea esta en el Asia Pacífico o el sur global en su conjunto, sea susceptible de la instauración de una larga y duradera pax sínica.
El autor es investigador asociado de Expediente Abierto