La revolución de Trump

Anne Applebaum es una prestigiosa periodista, historiadora y escritora estadounidense, especializada en historia del comunismo y el desarrollo de la sociedad civil en Europa del Este, la antigua Unión Soviética y la Rusia actual.

Pero Applebaum también estudia a fondo y minuciosamente la realidad de Estados Unidos (EE. UU.). Y desde su perspectiva profesional independiente, pero democrática, analiza el paso a paso del presidente Donald Trump. Todo lo que este ha hecho y sigue haciendo desde que volvió a tomar el poder en enero pasado y está conmoviendo desde sus cimientos a EE. UU. e impactando al mundo entero.

Para ella, Trump está impulsando una revolución. La califica así con razones contundentes y, a propósito del despliegue de fuerzas militares de la Guardia Nacional y el Ejército para reprimir las protestas sociales contra la persecución a los inmigrantes, escribió un artículo publicado este jueves 12 de junio en el que dice lo siguiente:

“Su despliegue militar (de Trump) en Los Ángeles sigue una larga e inquietante tradición. Las revoluciones tienen una lógica. Los revolucionarios parten de un objetivo grande, transformador e imposible. Quieren rehacer la sociedad, destruir las instituciones existentes, reemplazarlas por algo diferente. Saben que harán daño en el camino hacia su utopía, y saben que la gente se opondrá. Comprometidos con su ideología, los revolucionarios persiguen sus objetivos de todos modos”.

Generalmente se suele creer que las revoluciones son sólo de izquierda que proclaman sublimes objetivos de libertad, igualdad, fraternidad, bienestar económico de las mayorías e igualdad social. Pero también hay revoluciones de derecha que igualmente declaran tener grandiosos objetivos. El fascismo fue una revolución en Italia y el nazismo también lo fue en Alemania,

En realidad, la revolución es todo movimiento político que persigue un cambio institucional profundo, no sólo de gobernantes. “La transformación revolucionaria —escribe el enciclopedista de la política Rodrigo Borja— no se satisface con la mera sustitución de unas personas por otras en el ejercicio del poder sino que busca la modificación estructural de la organización social”.  

Como dice Applebaum, “los revolucionarios (y en este caso Donald Trump) saben que harán daño en el camino hacia sus objetivos y que mucha gente se les opondrá, pero de todos modos seguirán su camino”.

Así ha sido siempre en la historia. Los revolucionarios, de izquierda o derecha, con tal de realizar sus propósitos no vacilan en imponer inclusive un estado de terror pasando por encima de libertades y derechos humanos.

Sobre la Gran Revolución Francesa, que para realizar supuestamente sus objetivos de libertad, igualdad y fraternidad impuso el terror revolucionario, el filósofo alemán Jorge Federico Hegel dijo que “sus sueños más sublimes terminaron en la pesadilla de la guillotina”.

Por su parte George Washington, el líder de la revolución americana y primer presidente de EE. UU., al terminar su mandato advirtió contra la tentación de volver a hacer en el país una revolución. Washington indicó que la Constitución de EE. UU. había sido “cuidadosamente elaborada en apoyo de la libertad ordenada (y) desmantelarla equivaldría a destruir los medios de libertad en nombre de la libertad”.

Según Applebaum, eso es lo que está ocurriendo ahora en EE. UU., un asalto al sistema político estadounidense con el fin de concentrar todo el poder en unas solas manos: “Para la sustitución de la administración pública federal por leales y la transferencia de recursos de los pobres a los ricos, especialmente a los ricos con conexiones con Trump. La expulsión, en la medida de lo posible, de las personas de piel morena de Estados Unidos, y el regreso a una jerarquía racial estadounidense más antigua”.

La gran pregunta es si la arraigada institucionalidad democrática fundada por Washington y demás padres de la patria hace ya 249 años podrá resistir el embate revolucionario de extrema derecha de Donald Trump, como ya lo hizo cuando su primer período presidencial, de 2017 a 2021.

Y que cuando termine su período de cuatro años la centenaria democracia estadounidense se vuelva a recuperar después de un período de convalecencia política.

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