Fabio Gadea Mantilla y Enrique Castillo: cantautores de la derecha cultural

(Primera de dos partes

Si para nuestro Nobel, Mario Vargas Llosa, el socialismo ha sido el más grande fraude intelectual del siglo XX, el marxismo cultural vendría siendo prácticamente una rama igualmente conspirativa  de éste en materia cultural, artística, social, inclusiva, migratoria, abierto a la diversidad, progresista y global desde la óptica ideológica y su lenguaje propio, escenarios a los que  les combate con fervor libertario la batalla cultural y más que esta la derecha cultural, caracterizada por la gestación de un arte puro, promotor de  los valores universales de Occidente, crítica de la inmigración manipulada y defensora de la familia tradicional.

En este sentido, la cultura en general como creación  en Nicaragua en el contexto político sandinista ha vivido un proceso de  subversión socialista, del cual pocos artistas lograron no caer en dicho juego, en dicha tentación pasada, siendo dos de estos en el campo de la música y la poesía musicalizada: don Fabio Gadea Mantilla y Enrique Castillo, con letras y canciones tales como Declaro mi amor por Nicaragua, bellísima melodía del éxodo y la nostalgia por la lejana patria a la que las balas y consignas de la “cultura revolucionaria” no lograron penetrar.

Dicha canción recuerdo haberla escuchado a finales de los años 80 en Guatemala, en mi primer exilio, en compañía de mi amigo Martin Agüero con quien planeábamos regresar a Nicaragua desde románticos y juveniles escenarios, en interminables noches de añoranza en el ya desaparecido apartamento del edificio Duplex de la Zona 1 de la ciudad capital, como en efecto lo hicimos en 1990 después del atronador triunfo de la UNO sobre el FSLN. De Violeta sobre Daniel. De la democracia contra el autoritarismo. 

Estas notas las escribo tanto por el afecto y la admiración personal a don Fabio Gadea Mantilla como a Enrique Castillo, quien acá en Miami me ha contado gratas interioridades sobre cómo ambos se pusieron de acuerdo en San José, Costa Rica, en plenos años de guerra entre sandinistas y contras (Resistencia Nicaragüense), para la musicalización, la  cual para mí es una de las más bellas interpretaciones desde el destierro, sin  aspavientos  panfletarios escritas a Nicaragua y  a sus convulsos tiempos. El primero escribió la letra; el segundo la musicalización:

“Te declaro mi amor Nicaragua/ Como susurro de río/ Como canto de ave enferma de nostalgia/ Mi amor de siempre/ Mi amor azul y blanco…”, reza en una de sus estrofas dicha melodía y en la que, muy sutilmente, se hace referencia únicamente a los colores de la bandera nacional, que son los de nuestros cielos azules y blancos, y no a ningún partido, ni a ninguna consigna ni a ningún arma como sí lo hicieron poetas y cantores que siguieron dócilmente  los postulados del partido sandinista, enalteciendo belicismos polvorientos e incendiarios que van desde un tiro de pistola 22 (“que da en el blanco”), carabinas M-1, hasta los temibles fusiles de guerra como el FAL (Fusil Automático Ligero): (“Separo el pistón de gases/ De su resorte matrimonial/ Y así queda en puras piezas/ Esta belleza llamada FAL…”) ¡Uy, qué grotesca narrativa esa!, según una canción de Carlos Mejía Godoy.

El realismo socialista penetró todos los cimientos del arte a partir de la toma del poder de los bolcheviques en Rusia en 1917, tras la salida de los zares y el abrupto asalto marxista-leninista. La lectura posterior es la misma con distintos nombres en todos los países inoculados y avasallados por el virus socialista, de la que no se salvan, artísticamente, muchísimos artistas hasta el día de hoy.

Nicaragua no iba a ser la excepción. Y así ocurrió como en el resto de países latinoamericanos y caribeños, desarrollando una cultura que en general fue lastimosamente degradada, en términos estéticos, para convertirla en una propaganda abierta y sin máscaras a favor del compromiso político, más que por los propios comandantes sandinistas, por sus propios artistas. 

Poetas, narradores, pintores, teatristas —y hasta cineastas apoyados por el marxismo cultural hollywoodense y europeo embobada y fanáticamente atraídos por la fanfarria de la “gran revolución sandinista”—, dedicaron sus neuronas culturales a proyectar esa euforia social capaz de haberle tomado el pelo al mundo entero con sus epopeyas guerreras y sus redenciones a favor de los pobres, resultando todo en un absoluto y descarado fracaso.

Por eso y frente a un siglo como el actual, que pretende y debe ser el gran desmitificador de la falsa y aberrante historia, a pesar de sus amenazas, es importante y crucial avivar estos temas ante tanta tergiversación aún presente, en muchos utópicos aún perplejos y adormilados llevados de la mano por el  tétrico sistema ideológico socialista, sobre todo por sus artistas, y por sus canciones, esas composiciones que tanto escuchaba el otro Nobel, Gabriel García Márquez, por lo mucho —decía él según las memorias que su hijo Rodrigo narra en el libro Gabo y Mercedes: Una despedida, y que escribiera sobre los últimos días de vida del escritor—, que se puede decir en tan pocas palabras en una melodía. Pero también, sostengo en lo personal, por lo peligroso y pervertible que resulta ser cuando el objetivo no es el arte por el arte sino el arte al servicio del compromiso político. 

Anzuelo que, honrosamente, no mordieron ni Gadea Mantilla ni Castillo en su Declaración de amor por Nicaragua, lo que los convierte en grandes hombres de cultura atrincherados en la derecha cultural, en esta estrepitosa historia que les ha tocado vivir.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí