A principios de la presente semana LA PRENSA ha publicado dos trabajos de producción propia acerca de algunos problemas profundamente humanos que sufre la gente en el exilio. Los artículos son titulados, el primero, Un rostro del alma: los rostros del exilio; y el otro, Memorias de las cosas: el valor emocional de los objetos que cargan los exiliados nicaragüenses.
Se trata de narraciones emotivas que ojalá muchas personas las pudieran leer, sobre todo en el interior de Nicaragua, porque ayudan a entender la compleja problemática humana del exilio, los problemas personales de los exiliados, sus debilidades y fortalezas de ánimo, su capacidad de resiliencia y su confianza en que de alguna manera y en algún momento futuro, que todos esperan sea pronto, podrán regresar a la querida y añorada tierra natal.
Son retratos escritos de algunas de las consecuencias del exilio en la conciencia de los exiliados y desterrados, del daño emocional y sentimental que en ese ámbito causa la dictadura a todas esas personas.
La dictadura es definida como el “régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”. Es decir, que la dictadura agravia a las personas porque les niega sus libertades políticas y no respeta sus derechos humanos.
Pero también las daña psicológicamente, las enferma emocionalmente porque genera una situación de tensiones y angustias que afecta a toda la sociedad.
El psicólogo venezolano Ángel Oropeza, quien además es doctor en Ciencia Política y profesor universitario, señala en un artículo publicado por el periódico El Nacional, de Venezuela, que “la dictadura no afecta sólo el aspecto institucional y normativo de un país, sino que tiene también implicaciones sobre la psicología colectiva, estimulando la aparición de conductas de desconfianza, alteraciones en el sistema de relaciones personales y grupales, y actitudes de disfunción social”.
Explica el experto venezolano que “la literatura científica en el tema ha demostrado ampliamente que distintos tipos de sistemas políticos difieren en cuanto a la forma de influir en el comportamiento de las personas. Y esto es así porque la conducta humana está básicamente determinada por las contingencias del entorno, y la conducta social es de hecho un tipo específico de conducta”.
Con la democracia ocurre lo contrario. Está comprobado que los países más democráticos tienen los índices de felicidad humana más altos. Como se dice en la publicación especializada Scientific Reports (Informes Científicos) citada por Ángel Oropeza, “los ciudadanos de países democráticos presentan más rasgos benévolos, menos rasgos malévolos y mayor bienestar”.
Eso se explica porque el modelo político de gobierno —dictadura o democracia— “afecta no sólo el aspecto institucional y normativo de un país, sino que tiene también implicaciones sobre la psicología colectiva… Y esto es así porque la conducta humana está básicamente determinada por las contingencias del entorno, y la conducta social es de hecho un tipo específico de conducta”.
De manera que no hay duda de que para la gente es mejor vivir en democracia, no sólo porque garantiza las libertades y los derechos sino también porque crea las condiciones adecuadas para tener una vida mentalmente sana, sin perturbaciones emocionales por causas políticas, y con más posibilidades de ser felices.
Sin embargo, la democracia no se produce sola. Hay que luchar por ella, y cuando se tiene se le debe cuidar bien, porque tampoco se mantiene y perdura por sí misma. La historia reciente de Nicaragua lo demuestra de manera tan clara como trágica.