La pelea pública del presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, con su hasta hace una semana socio preferido, Elon Musk, ha sido un escándalo político mundial.
No es para menos. Tratándose del hombre políticamente más poderoso del mundo, que es Trump (y también con mucho dinero), y del personaje más rico de la Tierra como es Musk, su pleito tan aparatoso tiene que ser noticia y tema de comentarios de todo género, triviales, pero también serios y fundamentales.
Lamentablemente en esta época de predominio de las redes sociales en la información, y con mucho para la desinformación, el pleito de los dos supermanes de EE. UU. prácticamente sólo ha sido trivializado, convertido más que todo en tema de memes, chistes y burlas. A pesar de que es asunto muy serio, nada más y nada menos que el de los hombres de negocios, los empresarios y los personajes más ricos metidos en la política, ejerciendo el poder y asumiendo la responsabilidad de gobernar.
Desde que existe la política, el tema de quiénes deben o no deben gobernar, ha sido motivo de estudio de la doctrina política y de discusión en la sociedad. El punto en este caso es hasta dónde conviene que se mezclen los negocios económicos y de lucro particular —que es la razón de ser de los afanes empresariales— con el interés general de la gente, de la sociedad que está integrada por ricos y pobres, capitalistas y asalariados, propietarios y desposeídos. Y que, por lo tanto, los que gobiernan deben hacerlo en interés y provecho de toda la gente, no sólo de una parte y menos de la más opulenta.
Ya desde la remota antigüedad el filósofo griego Platón argumentaba que los más ricos no deberían gobernar, sino los “filósofos”, que según él eran las personas dotadas de conocimientos y sabiduría. Pero, además, que debían ser los más honestos porque para el gran maestro la honradez y la capacidad de discernimiento son cualidades más importantes que la riqueza material, tratándose de gobernar la sociedad y a las personas de manera justa y eficiente.
En realidad, siempre ha habido el temor o la desconfianza de que los empresarios en el poder político prioricen las conveniencias de sus propios negocios. Y los de sus familiares y amigos cercanos, en vez de velar por el interés público. Aunque por supuesto siempre ha habido excepciones que es necesario reconocer.
Es mucha la gente que, como sucede actualmente en EE. UU., prefieren que sean los empresarios y las personas más ricas los que gobiernen. Creen que estos tienen más experiencia de gestión, son más eficientes y capaces de tomar decisiones bajo presión. Y que son pragmáticos, pues tienden a enfocarse en la búsqueda de resultados concretos con metas y plazos claros.
El debate no termina y seguramente nunca terminará. Además, en la democracia no se puede ni se debe prohibir a nadie ser gobernante, o ministro, o legislador, por su condición social y estatus económico. Lo importante es que tengan la confianza de la mayoría de los ciudadanos, que haya transparencia en el ejercicio del poder, que exista y sea respetado un sistema de control institucional y social que vele por el buen servicio público y sancione debidamente a quienes abusan de su posición política, sean empresarios o políticos profesionales y advenedizos.
Por lo menos eso es lo que se espera de la democracia y cada quien debería actuar en su campo para que ese ideal sea una realidad.