El secretario para las relaciones con los Estados y los Organismos Internacionales de la Secretaría de Estado del Vaticano, arzobispo Paul Richard Gallagher, llegó a Cuba esta semana para reunirse con el canciller Bruno Rodríguez y el presidente Miguel Díaz Canel.
Formalmente la visita ha sido para conmemorar el 90 aniversario de las relaciones diplomáticas del Estado cubano con el Vaticano. Sin embargo, el motivo de fondo es promover el mejoramiento de las relaciones entre ambos Estados. Y, ¿por qué no?, posiblemente hablar de una eventual visita del papa León XIV a la isla comunista de las Antillas.
Los tres papas anteriores, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, visitaron Cuba y se reunieron con Fidel y Raúl Castro. Esas visitas papales fueron determinantes para mejorar las relaciones entre Cuba y el Vaticano, y por lo tanto, la situación interna de la Iglesia cubana que hasta entonces sufría un calvario parecido al que sufre ahora la Iglesia de Nicaragua.
Poco tiempo después de que triunfó la Revolución cubana, en enero de 1959, su dirigencia se declaró oficialmente atea, enemiga de la Iglesia católica y la religión en general.
En 1961, después de que fracasó la invasión de Playa Girón, Fidel Castro declaró el carácter socialista a la Revolución y desató la persecución contra la Iglesia. Los centros de educación católica fueron confiscados, numerosas iglesias allanadas y muchos sacerdotes encarcelados o echados del país. La cruda represión obligó a la Iglesia a funcionar casi de manera clandestina.
En 1985 la situación de la Iglesia se comenzó a aliviar un poco, cuando el teólogo católico izquierdista brasileño Frei Betto, simpatizante de la Revolución y amigo cercano de la alta dirigencia comunista cubana, publicó un libro titulado Fidel Castro y la religión. En esa obra, Frei Betto transcribió una extensa conversación que sostuvo con Fidel Castro, de quien dijo que era un ateo de convicción y crítico severo de la alta jerarquía católica, pero abierto a una relación respetuosa con la Iglesia, considerando —según Betto— que el comunismo y el cristianismo comparten algunos valores comunes. E indicó que Fidel Castro estaba dispuesto a pasar gradualmente de la confrontación a la tolerancia con la Iglesia católica.
En 1991, el Partido Comunista abrió sus filas a la militancia de personas creyentes religiosas y a partir de entonces los católicos poco a poco pudieron acceder un poco a la vida pública, pero sometidos al control de las autoridades comunistas. Un año después, mediante una reforma constitucional se cambió el carácter del Estado, de ateo a laico.
La situación de la Iglesia en Cuba siguió mejorando lentamente y en 1998 el papa Juan Pablo II visitó el país y al llegar proclamó: “¡Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba!” Fidel Castro, como muestra recíproca de apertura liberó a más de 300 prisioneros, muchos de ellos por solicitud expresa del papa. Además, Fidel Castro autorizó que a partir de ese año la Navidad se pudiera celebrar públicamente, lo que hasta entonces los católicos y demás cristianos hacían de manera clandestina.
Ese mismo año, el entonces cardenal argentino Jorge Bergoglio, quien años después sería el papa Francisco, publicó el libro Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro, sobre la histórica visita papal a Cuba. En esa obra el cardenal Bergoglio planteó el principio de “diálogo con el diferente”, que pondría en práctica cuando llegó a ser el jefe del Vaticano.
En 2012, el papa Benedicto XVI visitó Cuba y pidió públicamente al entonces presidente Raúl Castro que permitiera la libertad religiosa. Y en un gesto político extraordinario, el papa criticó las sanciones económicas de Estados Unidos contra Cuba, que en realidad a quien más daño causaban, y siguen causando, es al pueblo cubano.
En 2014, el papa Francisco medió para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas de Cuba con Estados Unidos y, finalmente, al comenzar este año gestionó para que el Gobierno de EE. UU. sacara a Cuba de la lista de Estados promotores del terrorismo. Sin embargo, el presidente Donald Trump al asumir el poder volvió a incluir a Cuba en esa oprobiosa lista negra.
En resumen, las relaciones entre el Estado comunista de Cuba y el Vaticano han venido mejorando con el paso del tiempo y con ello aliviándose también la situación de la Iglesia católica de Cuba. Esto ha sido posible gracias a la diplomacia paciente del Vaticano basada en considerar al Estado comunista de Cuba, no como un enemigo, sino como alguien diferente, con el que se puede dialogar, negociar y llegar a acuerdos de interés mutuo.
Y ha sido posible también por la apertura de las autoridades comunistas cubanas, que sin duda tienen mucho más inteligencia y flexibilidad política que sus afines, amigos y aliados que detentan el poder en Nicaragua.