La participación ciudadana en la nueva República

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A menudo escucho la frase “yo no soy político”, “yo no vivo de la política”, como si ser político o participar en la política fuese algo deleznable, cuando en realidad participar en política es un deber ciudadano. Cuanta más gente participe en política en una República, más cerca estaremos de la democracia, porque la democracia es el mandato de la mayoría.

Comencemos por dos preguntas elementales: ¿Qué es una República? ¿Qué es política?

La República deriva su nombre del latín res “cosa”, püblica, o pública, que viene de populus o “pueblo”, significa pues la cosa pública. Es una forma de Estado en que no es un monarca y demás autoridades las que ocupan el poder, sino son cargos de elección en donde todos los ciudadanos participan en la cosa pública para lo cual se organizan en partidos políticos.    

En una verdadera República el pueblo es el soberano, en contraposición con las monarquías, en que todas las decisiones dependen de una sola persona: el monarca, quien ocupa un cargo vitalicio y además al morir, hereda el poder a sus descendientes.

La política deriva su nombre del latín políticus que significa “de, para, o todo lo relacionado con los ciudadanos” y es el proceso de tomar decisiones que aplican a todos los miembros de un grupo. También es el arte, doctrina u opinión referente al Gobierno de los Estados.

En una República, la mayoría, sino todos los ciudadanos, deben participar en la política para evitar que el poder caiga en las manos de un “monarca soberano”, cuya equivalencia sería el dictador moderno. A mayor participación ciudadana, tenemos una República verdadera que se acerca más al modelo que visionaron los sabios en la antigua Roma.

La República es pues lo contrario a despotismo o tiranía, en una república todos los ciudadanos son iguales ante el imperio de la ley.

Aunque hay diversas formas de participar en la política, sólo hay una que tiene como objetivo claro, definido y declarado el acceso al poder público por medio del voto popular del soberano, que es el pueblo: son los partidos políticos, que organizan los ciudadanos bajo una ideología o un programa común, precisamente para participar en la cosa pública.

Hay profesiones como el periodismo que por su característica de interrelación diaria y masiva con el público se prestan para dar el salto de trampolín a la política. A quienes les gusta salir diariamente en la foto y opinar, sobre todo, son más políticos que periodistas, pero no son realmente políticos hasta que se organizan en un partido y declaran sus verdaderas intenciones de acceder al poder.

El periodismo profesional no es emisor de opiniones, es esencialmente un transmisor de información, para que el ciudadano se forme la propia con todos los elementos objetivos. No obstante, hay espacios en el periodismo que son claramente y expresamente designados para emitir opiniones orientadoras ya sea del medio, o de los ciudadanos, como las páginas de opinión.

Un empresario, un periodista, un sacerdote, un médico, un ingeniero o un abogado, puede llegar a ser un líder político y acceder el poder por medio del sufragio del soberano, pero antes debe quitarse el ropaje del profesional y afiliarse o formar un partido político. No existe otra manera en una república.

Quienes digan que no son políticos, pero les gusta salir a diario en la foto o en la entrevista y estar emitiendo opinión para influir al pueblo, son políticos vergonzantes que no quieren confesar sus verdaderas intenciones porque han demeritado y vilipendiado tanto a los políticos, que no se quieren confesar, ser uno de ellos.

Estos noveles políticos vergonzantes, son realmente aspirantes a políticos, pero no quieren ser uno, porque en muchos países la carrera de servicio público ha sido equiparada con corrupción y lo han dicho tantas veces, que todo mundo piensa que ser político es igual a ser ladrón.

Pero cuan equivocados están, porque los políticos no tienen el monopolio de la corrupción. Hay de todo en la viña del Señor: hay abogados corruptos, ingenieros corruptos, empresarios corruptos, médicos corruptos, militares corruptos.

La diferencia con el político quizás estriba en que en una verdadera república el político está expuesto a una constante doble fiscalización: por un lado la prensa libre y por el otro la fiscalización del Estado a través de la Contraloría.

El ser humano en su libre albedrío escoge lo que quiere ser: han habido grandes políticos, personas dedicadas a buscar el bien común, líderes idolatrados por sus pueblos, verdaderos héroes de la cosa pública, que no se les puede achacar un solo acto de corrupción.

Al demeritar tanto la participación ciudadana en la política, particularmente de los jóvenes, lo único que se logra es que muy pocos quieran o se atrevan a participar en política, lo que va decantando la selección y dejando el terreno libre para los malos políticos y por consiguiente nos alejamos de la República y nos acercamos a la monarquía absolutista de Luis XIV, quien acuñó la famosa frase “el Estado soy yo”.

Entonces si realmente queremos y soñamos como mi padre, que Nicaragua vuelva a ser República, todos, pero particularmente los jóvenes que son el futuro, debemos de participar en política y afiliarnos al partido que más vaya acorde con nuestros principios, nuestra ideología y nuestros sueños.

En la República, los romanos establecieron poderes similares pero independientes para que precisamente el poder no recayera en una sola persona. Así crearon el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial, cada uno separado e independiente, con la misión de balancear el uno al otro para evitar que exista un poder absoluto, similar del monarca absolutista, que en nuestros tiempos les llaman dictadores y si lo heredan a sus familiares, dictadores dinásticos.

También establecieron la alternabilidad en el poder público un elemento indispensable en la democracia, contrario a la monarquía donde el poder no se alterna y se hereda de generación en generación.

Cuando mi padre pregonaba en sus discursos su grito de siempre: “Nicaragua volverá a ser República”, se refería en realidad a un período muy corto de nuestra historia, conocido como “la república conservadora de los 30 años” después de la guerra nacional en 1858, en que 8 presidentes se sucedieron cada 4 años en el poder sin posibilidad de reelección y Nicaragua vivió tres décadas de paz y progreso, con poderes del Estado separados.

En Nicaragua estamos muy lejos, pero quizás también muy cerca de esa República que soñó mi padre e irónicamente vivimos en el Estado absolutista de Luis XIV, sólo que cambiándole el nombre Ortega y Murillo podrían exclamar ahora “el Estado soy yo”.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos Heredados” y “Un cauce hacia la democracia”.

Opinión

COMENTARIOS

  1. Hace 1 año

    No es necesario registrarse como afiliado a un partido político para participar en la vida pública. En los EE.UU. existen dos partidos mayoritarios: Los Republicanos y los Demócratas. Pero si no deseas registrarte como demócrata o como republicano para poder votar existe una tercera option la cual es registrarse como ‘Independiente’. Los registrados como Independiente votan por el partido mayoritario que ofrece la mejor plataforma para el país en su campaña. La cosa es que la obligacion de la ciudadanía es participar en la vida publica mediante el voto.

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