Nicaragua en busca de su primavera

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Nicaragua está en busca de una primavera, a decir verdad nunca la ha tenido, viene de una apacible independencia de España, de polvosas y tufosas revoluciones bañadas en  sudor y sangre descompuesta  en  revueltas y revoluciones  liberales, conservadoras y sandinistas, de invasiones pedidas por los propios nicaragüenses y de abusadoras injerencias  a su soberanía, provenientes del ogro dictatorial y comunista de la extinta Unión Soviética y su principal cancerbero, Fidel Castro, con una herencia empresarial pocas veces iluminada y con una clase política sedienta de botines desde el Estado. No hay más. Lo que ocurrió en abril de 2018 fue otra de esas noveletas sociales, con mucha adrenalina mediática, pero con escasos resultados. Por eso requiere de una primavera grande, libre y democrática. La tendrá

La tendrá cuando sus hijos se pongan de pie y políticamente enfrenten a la administración actual, y tardará en llegar mientras se sigan montando culebrones y ficciones de la llamada sociedad civil  “opositora”, y mientras estos sigan hablando de botarla y de enjuiciarla, pero sin saber cómo hacerlo, confiados únicamente en sus rastreros discursos sin acciones e implementando sus mismas estrategias denunciatorias; inflando la verdad, inventando reuniones con líderes políticos internacionales, pero  quienes al día de hoy no han logrado el reconocimiento de nadie como auténtica oposición.

En otras palabras, mientras no se actúe de otra forma no esperemos resultados diferentes. Recientemente escuché un acalorado discurso del padre Benito Martínez, acá en Estados Unidos, a quien por sus palabras sólo esperaba verlo montado en el avión para volver a Nicaragua de su exilio. Sin embargo, por tantas brasas verbales salidas del fogón de su boca no escuché una sola palabra para concretar, dialéctica y políticamente hablando.  Entonces, ¿de qué oposición estamos hablando?

Tampoco hay opciones armadas para sacar a Ortega. Eso ya está más que evidente y quienes siguen proclamando la guerra no lo harán, a lo sumo esperarán a que otros lo hagan. Lo que tampoco ocurrirá pues el contexto actual geopolítico, al día de hoy, no es ni territorial ni económicamente viable. A menos que surjan nobles hombres que se inmolen con una pistola o un rifle frente al armamentismo sandinista, pero no contarán con estructuras sólidas, como ocurrió con la Contra en los 80.

Desde que Ortega volvió al poder en 2007 (por esa exuberante capacidad de los liberales en Nicaragua de mantenerse divididos, como sabiamente decía Carlos Alberto Montaner), ha derrumbado más de 5 monumentos que eran parte de la Managua urbana de fin de siglo e inicios del XXI, y comenzó a cometer actos que perforaban el tejido institucional de la nación y a abrirle la gasa a los empresarios, quienes ni cortos ni perezosos lamieron su mano.

Posteriormente comenzaron los abusos más abiertamente, con los ancianos, a quienes pretendía exprimirles más sus miserables jubilaciones; con los jóvenes que protestaban frente al Consejo Supremo Electoral (CSE); demostró frialdad ante los incendios en las reservas ecológicas y, por si fuera poco, prácticamente inauguró su gestión presidencial con la gran noticia del canal interoceánico entregando parte de la territorialidad a los chinos, lo que motivó el rechazo de  pobladores afectados y dando paso a las protestas del movimiento campesino.

Lo demás es historia por todos conocida hasta llegar al 2018. Y  aquí los motores de la historia se recalientan, pues lo que hubo fue una cruenta batalla por parte del régimen de Managua, producto de una lucha irresponsable en la que, si bien es cierto el pueblo y los jóvenes sobre todo se volcaron a las calles, hubo sectores políticos históricamente adversos al orteguismo y provenientes de esa revolución,  también fallida, que pretendieron controlar la insurrección, y la fatalidad llegó con la inviabilidad y ausencia de operadores políticos que, en ese momento eran necesarios para sentarse a dialogar, como Ortega lo pidió. 

El diálogo político sigue y seguirá siendo la única salida a esta crisis, obviamente, con el apoyo de la comunidad internacional y la visión estadística y de nación que posean los que lo lleven a cabo, conscientes del daño que se le ha hecho al país y demostrando que es posible soñar con una primavera auténtica. La que nunca Nicaragua ha tenido.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional.

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