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Ciertamente, el papa Francisco estaba muy mal de salud, pero el anuncio de su muerte, unas horas después de que hiciera acto de presencia en la Plaza de San Pedro el Domingo de Pascua, provocó una conmoción global entre millones de católicos practicantes.
El impacto de la noticia también tuvo un efecto dominó en los medios de comunicación. Como la muerte de un papa desencadena una serie de rituales que culmina con la fumata blanca, señal de que el cónclave finalmente ha elegido a un sucesor, todavía quedan muchos días por delante en los que desfilan expertos vaticanistas y tertulianos que rellenan horas y horas de información.
Desde que Bergoglio partió de este mundo, no han faltado los análisis en torno a su figura y papel en la Iglesia. Desde luego, ha quedado en evidencia la polarización que suscita, con valoraciones que son pura refutación de otras. Hay quienes lo han sentenciado de “comunista”, enemigo declarado de la economía de mercado y entregado al “peronismo”. Sobre esto último, en el libro El pastor, que se publicó con motivo del décimo aniversario de su papado, señaló lo siguiente: “Nunca estuve afiliado al partido peronista, ni siquiera fui militante o simpatizante del peronismo. Afirmar eso es una mentira”. Para este grupo, Francisco ya debe estar instalado en el infierno de las ideologías, si es que lo hay.
Luego está el otro bando, que lo declara el papa más “reformista”, “revolucionario”, defensor a ultranza de minorías y opuesto a los “males” del neoliberalismo. Poco antes de su muerte, el reconocido autor español Javier Cercas publicó El loco de Dios en el fin del mundo, una crónica sobre el acceso que tuvo el escritor al Vaticano durante dos años y medio, lo que le permitió conocer de cerca a Bergoglio y hasta acompañarlo a un viaje a Mongolia, como parte del interés del pontífice argentino por el trabajo de los misioneros, labor que reivindicaba como parte de esa Iglesia primitiva más próxima a las necesidades de la gente. Según Cercas, era un “progresista” que llegó a la conclusión de que la Iglesia “no estaba preparada para los cambios que él quería acometer” y que lo que ahora se necesita es “otros cuatro Papas como él”. El autor de la aclamada novela Soldados de Salamina reitera que, a pesar de la cercanía que experimentó con el papa durante esos meses, sigue siendo “ateo”. Sin embargo, a juzgar por sus opiniones, por momentos parece tocado por una suerte de revelación, aunque sin llegar a caerse del caballo como Pablo de Tarso.
Lo que está claro es que nadie se pone de acuerdo respecto al legado de Francisco. ¿Era un agitador que se quedó con las ganas de darle un vuelco radical a una institución que pervive desde hace dos mil años cimentada en el dogma? En todo caso, también abundan los que opinan que, este aspecto, se quedó corto y, si fuese verdadera esa intención de reforma, pues hizo poco. En algún momento Bergoglio se mostró piadoso con los gais, lo que no quiere decir que propusiera la igualdad en derechos. Sobre las mujeres llegó a defender la paridad salarial (oponerse sería un pecado) pero, en cuanto a su papel en la Iglesia, no hizo nada relevante en una entidad donde el dominio de los hombres que la manejan es total y las monjas son, no sólo siervas de Dios, pero también de los señores con sotana. Otra cuestión muy espinosa en el seno de la Iglesia es la de los casos de pederastia que la salpican por doquier. Francisco exigió responsabilidades, pero la milenaria institución tiende a la opacidad y no a la transparencia. Es otro de los muchos misterios que encierra. Indudablemente, el papa expresó repetidamente su solidaridad con los migrantes que vagan por el mundo y condenó las políticas draconianas de gobiernos que deshumanizan a este grupo. De eso habló en su último acto antes de morir.
Ni de lejos soy una experta vaticanista y, como Cercas, milito en la legión de los descreídos, pero sin el privilegio, como al parecer le ha sucedido a él, de vislumbrar alguna luz al final de mi túnel agnóstico. Coincido con el análisis del columnista español David Jiménez Torres: ni este papa ni los venideros son relevantes en el acontecer de la política mundial y de los avances sociales, más allá de sus mensajes, sobre todo dirigidos a los creyentes que siguen, o al menos escuchan, los preceptos de la Iglesia católica. Quienes vivimos al margen de sus mandatos y de su fe (y tampoco somos pocos) e inmersos en un ámbito secular, no tiene mayor incidencia en nuestras vidas el Urbi et Orbi desde la imponente Plaza de San Pedro. Lo que nos preocupa es la irrupción de autócratas con la tentación de implantar sus teocracias. Se pueden reconocer las palabras de un pontífice bienintencionado, pero con conciencia de que es más música celestial que otra cosa.
Me quedo con algo que se ha sabido de Bergoglio a su muerte: solía llamar semanalmente a la parroquia católica de Gaza para interesarse por los niños. La noche antes de morir hizo esa última llamada. Gestos concretos, por pequeños que sean, y que la gente afectada agradece profundamente. Entretanto, los versados de turno ya especulan con la lista de papables. Las jornadas se hacen interminables hasta que al fin salga el humo blanco de la Capilla Sixtina. [©FIRMAS PRESS]
La autora es periodista.
Twitter: ginamontaner