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En un pequeño cuarto de un campo de acogida para refugiados en Hamburgo, Alemania, Lía Ruiz espera. Es lo único que ha hecho los últimos 10 meses y lo único que puede hacer en los próximos: esperar.
Esta nicaragüense de 29 años espera una respuesta positiva a su solicitud de asilo, pues no quiere regresar a su país en donde puede ser encarcelada por su activismo en contra del régimen de Daniel Ortega. En medio de su espera trata de permanecer sana para no sufrir otra vez alguna crisis de epilepsia, una enfermedad con la que ha vivido desde que nació y que ya le provocó una hospitalización en Alemania.
Lía llegó el 20 de junio de 2024 a ese país y las autoridades la ubicaron en uno de los campos de acogida destinados para los miles de solicitantes de asilo de todo el mundo que llegan buscando protección de dictaduras, guerras, violaciones a derechos humanos, genocidios, y demás.
Ha estado en dos sitios diferentes. En el primero le hicieron un chequeo médico, recogieron sus datos y su pasaporte, y luego la llevaron a su habitación, que no era más que cuatro paredes y dos literas, una para ella y otra para una mujer asiática que también busca asilo.
El campo de acogida es un edificio con tres pisos de cuartos iguales al de Lía. Estas habitaciones no tienen llaves por lo cual no hay privacidad y cualquier persona puede entrar.
En todo el campo viven unas 350 personas, calcula la joven. El baño quedaba afuera de las instalaciones y no siempre estaba limpio. “La higiene era precaria”, relata. Tampoco tenía cocina. Los encargados del campo servían la comida tres veces al día para todos los que se encuentran ahí.
En ese sitio estuvo un mes y dos semanas hasta que fue llevada a otro en una zona llamada Altona, en Hamburgo. Las condiciones no son muy diferentes al del primer lugar. Lo único que cambia es que tiene el baño dentro de las instalaciones y no tiene que salir al frío cada vez que lo necesita.
A Lía la ubicaron en este segundo campo, donde también hay unas 350 personas, porque está destinado para familias pequeñas de tres o cuatro miembros y para mujeres solteras como ella.
Aunque le permiten salir, Lía no puede ausentarse por más de 72 horas del sitio, y aunque tiene amigos y algunos conocidos, no le permiten irse a vivir con ellos hasta que su proceso de asilo sea resuelto. Tampoco tiene un permiso laboral, pero en el campo le dan una manutención de 400 euros al mes para sus gastos básicos.
En esas condiciones, Lía espera, porque no puede hacer otra cosa. Está aprendiendo alemán para poder integrarse más rápido en el país. Ella dice que los casos que se resuelven más rápido son los de mujeres de Afganistán, y también los de personas de Siria y Ucrania, y que en el caso de otros nicaragüenses que ella ha conocido, “puede tardar meses o años”.

Sufre epilepsia
Lía ha padecido de epilepsia toda su vida y en los primeros meses que llegó a Alemania tuvo varias crisis y convulsiones que hasta la llevaron a ser hospitalizada, cuenta.
En total tuvo cuatro episodios de convulsiones en cuatro meses. En tres de ellas estaba acompañada de otras personas que la asistieron mientras estuvo inconsciente y los encargados del campo de acogida le dieron atención médica, sin embargo, “solo me hacían como un control de la crisis, pero no me miraba un neurólogo”.
La peor de las crisis que sufrió fue mientras bajaba unas escaleras en el campo de acogida y de repente se desvaneció, rodó por las escaleras y convulsionó. Lía quedó inconsciente y cuando despertó se dio cuenta que estaba en un hospital y con un fuerte golpe en la cabeza. Fue tras ese episodio que pudo conseguir una cita con un neurólogo que la valorara.
Actualmente, Lía dice que sus convulsiones están bajo control porque se mantiene con medicación permanente. Ella tiene que tomar anticonvulsivos tres veces al día. “No me puede faltar el medicamento. Si me llegase a faltar, por un descuido o por la razón que sea no me lo tomo, probablemente tenga una crisis convulsiva el mismo día”, explica.
Desde que llegó a Alemania tuvo problemas con el medicamento porque, a pesar de que era el mismo que tomaba en Nicaragua, provenía de otro laboratorio y su cuerpo tardó un tiempo en acostumbrarse a ese nuevo anticonvulsivo.
En Nicaragua ella asistía a citas constantes con su neurólogo de base, pero desde que se exilió no pudo continuar con sus consultas y le ha tocado sobrevivir con su condición por su cuenta. También, cuando tenía crisis, recibía la asistencia de su familia, pero en Alemania en donde se encuentra sola, “no tengo un vínculo tan fuerte con alguna persona con la que me pueda sentir en confianza y que pueda ayudarme con estas crisis. También como mujer me da miedo que me pase algo inconsciente”.
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Después de cada crisis su cuerpo queda muy débil y tarda varios minutos e incluso horas para recobrar energía. En algunas ocasiones, dependiendo de qué tan fuerte sea la crisis, puede sufrir hipotermia y dolores de cabeza muy intensos.

Perseguida en Nicaragua
Lía Gabriela Ruiz Montes salió de Nicaragua el 31 de mayo de 2024 debido a la persecución y el asedio policial que vivía en el país.
Cuando estallaron las protestas en contra de Daniel Ortega en 2018, Lía estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad Americana (UAM). Ella se unió a las manifestaciones y se organizó con otros jóvenes para fundar algunas organizaciones estudiantiles que plantaron cara al dictador, tanto en las marchas como en la mesa de Diálogo Nacional.
Su activismo la llevó a formar parte de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB) y en 2021 fue miembro del equipo de Nicaragua Decide, una iniciativa que se hizo de cara a las elecciones presidenciales de ese año y en las que Daniel Ortega, con un nuevo fraude electoral, consiguió su cuarto mandato consecutivo.
Lía fue vocera de Nicaragua Decide y aparecía en videos explicando las claves del proceso electoral, dando consejos a los nicaragüenses para votar y defender su voto, además de promover la participación ciudadana. Eso la expuso ante la represión del régimen y comenzaron a llegar las amenazas de cárcel y el asedio policial.
En todos esos años, Lía vio cómo varias de las personas con las que ella trabajaba en las organizaciones opositoras iban siendo encarceladas por la dictadura, otras desterradas y muchas más yéndose al exilio.
Por otro lado, Lía comenzó a buscar becas para estudiar un posgrado fuera del país y encontró una opción en una universidad de Italia. Hizo el proceso de aplicación, pero justo en esos días el asedio en su contra se volvió más fuerte y temía que la encarcelaran, así que decidió irse a Italia el 31 de mayo de 2024 aún sin recibir una respuesta positiva sobre la beca de estudios.
“Los nervios, las ansias y el miedo me hicieron comprarme el pasaje y salir rápido del país sin antes tener una respuesta de si me iban a dar o no la beca”, reconoce. Una vez en Italia, la universidad le informó que había sido admitida como estudiante, pero que no le podían otorgar la beca.

Ella no podía pagar el costo de los estudios y también temía regresar a Nicaragua y ser encarcelada. Además, no quería solicitar asilo en Italia porque “era bien complicado” el proceso, cuenta, además de que el gobierno italiano tiene una postura antinmigración.
Tras varios días en incertidumbre, un amigo que estaba en Alemania le sugirió moverse a ese país para solicitar asilo y a pesar de que le explicó que no sería tan sencillo el proceso, ella prefirió eso antes que regresar a Nicaragua. Tras 27 horas en bus, Lía llegó a su nuevo destino el 20 de junio de 2024, solicitó asilo y posteriormente fue ubicada en uno de los campos de acogida.
Lía tuvo su entrevista de elegibilidad para el asilo el pasado 5 de febrero y se encuentra esperando una resolución para su caso. Aunque solo ha pasado un mes, está consciente que puede esperar más de un año. “Yo conozco a gente que está aquí y llevan esperando un año y nueve meses”, asegura.
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