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Muchos siguen desplazados y otros cientos de personas todavía intentan volver a la normalidad, luego de que estos dos huracanes golpearan sus comunidades. Se sienten abandonados y denuncian ocupación de sus tierras

Contactar con antiguos habitantes de las cientos de comunidades afectadas por los huracanes Iota y Eta es complicado. Muchos se han visto obligados a desplazarse a otras tierras, algunos buscando lugares alejados del mar, otros han decidido buscar mejor suerte en las ciudades.

Uno de estos habitantes es Carlos, quien accedió a hablar con LA PRENSA bajo anonimato. Es habitante de la comunidad Karatá, quizás la más antigua del litoral de Puerto Cabezas.

Pudo regresar a su terreno, pero desde 2021 su situación es precaria. La comunicación con él fue difícil debido a la mala calidad de la señal telefónica en su territorio.

“No hemos recibido atención de parte del Estado central. Seguimos en la incertidumbre y la desatención, esto ha desatado más invasión de colonos, más persecución en contra de los liderazgos, por mucho que seas de la línea del gobierno, si cuestionás algo ya sos opositor. Muchos líderes han terminado en la cárcel”, expresó.

Según su testimonio, tras los primeros meses de la devastación, algunas organizaciones no gubernamentales les ofrecieron alimentos, ropa y algunos materiales para comenzar a levantar sus viviendas. Improvisaron con lo que tenían y así retomó su actividad pesquera, con la que sobrevive desde hace unos 20 años.

Carlos denuncia que, tras el paso de los huracanes, muchos colonos aprovecharon la huida de los habitantes para invadir sus tierras en complicidad con las autoridades regionales.

“Las comunidades y los territorios hoy más que nunca están invadidos. Alba Forestal entró supuestamente a extraer los árboles tumbados, pero lo que hicieron es comenzar a deforestar árboles que seguían en pie”, denunció.

Este padre de familia contó que tiene muchos familiares en los Cayos Miskitos y en la zona baja del río Coco que no han podido regresar a sus comunidades, debido a que no quedó nada con qué comenzar a reconstruir sus casas. Además, el acceso a estas remotas comunidades es un desafío peligroso, ya que muchos caminos quedaron cerrados por árboles caídos y derrumbes de tierra.

Iota y Eta

Ambos huracanes golpearon el país en un lapso de 13 días. Eta tocó tierra el 3 de noviembre como un huracán de categoría 4, provocando fuertes lluvias, vientos de hasta 220 kilómetros por hora y una devastadora inundación en la región.

Fue un golpe terrible para esta comunidad, porque nunca habían vivido dos huracanes seguidos. Los primeros vientos del huracán Eta llegaron con el último día de octubre de ese año y, como si el destino estuviera accionando un malvado plan, luego vendría otro huracán: Iota. Fue una catástrofe seguida de otra.

Los pocos habitantes que se aventuraron a volver a su comunidad encontraron sus casas en ruinas, y los que tuvieron menos suerte no encontraron nada: el mar y la lluvia se habían llevado todo.

Bilwi y sus comunidades fueron las más afectadas, con casas destruidas y miles de personas desplazadas. La lluvia torrencial elevó los niveles de los ríos, inundando barrios completos y aislando zonas rurales.

Luego de que los vientos y el diluvio se calmaran, cuando los asustados habitantes estaban comenzando a levantar sus escombros, llegó Iota, que tocó suelo el 16 de noviembre, apenas dos semanas después.

También aterrizó como un huracán de categoría 4, pero con vientos más fuertes, llegando a velocidades de unos 250 kilómetros por hora. Y, como si fuera poco, las lluvias fueron más intensas y causaron más inundaciones y deslizamientos de tierra. Las comunidades que ya habían sufrido con Eta quedaron nuevamente bajo el agua, y algunas zonas fueron completamente arrasadas.

Cuando se disipó el 18 de noviembre, comenzaron las labores de rescate. Había una extensa lista de desaparecidos y miles de personas a la intemperie. Otros tuvieron mejor suerte y lograron refugiarse en colegios, iglesias y hasta en estaciones policiales.

Murieron al menos 28 personas y miles quedaron sin hogar. La infraestructura de la región quedó destruida, con carreteras cortadas y comunicaciones interrumpidas.

“Volverá a pasar”

Especialistas consultados por LA PRENSA bajo anonimato advierten que, tarde o temprano, otros huracanes de igual magnitud golpearán esta zona de Nicaragua. Según estos especialistas, es necesario analizar cómo fallaron los sistemas de prevención existentes en el país para evitar muertes en el futuro.

“Se necesita mucha inversión y trabajo. Las comunidades están en pobreza extrema. Se necesitan análisis para ver el riesgo climático, un estudio de los niveles del mar y cómo han aumentado y están afectando a las comunidades. La gente tiene un fuerte arraigo; aunque se construyan casas en otras zonas, las personas siempre vuelven a sus tierras. Por eso es complicado el tema de la reubicación”, explicó uno de los especialistas.

Se intentó en reiteradas ocasiones localizar a Jacqueline Bouvier, la habitante de la comunidad Haulover, pero no hubo manera de comunicarse. Las organizaciones que la habían apoyado perdieron todo contacto con ella.

No hay información oficial sobre la cantidad de personas que se han desplazado de sus territorios ni de cuántos han logrado reconstruir sus viviendas y sus vidas en sus comunidades.

Según los especialistas, los huracanes Iota y Eta dejaron en evidencia la necesidad de actualizar los planes de prevención y expusieron la urgencia de implementar un sistema de alerta temprana eficaz, que involucre no solo a los líderes territoriales, sino a toda la comunidad. También es necesaria la capacitación de los habitantes de la región para identificar las variaciones del clima y tomar medidas de evacuación. Pero, a la fecha, no hay ni siquiera estructuras como albergues en caso de emergencia.

“Cuando vengan otros huracanes, si logramos salir vivos, vamos a terminar de nuevo usando las iglesias, que no tienen condiciones ni para dormir. No hay servicios higiénicos ni áreas para cocinar. Estamos en manos de Dios”, dijo con resignación Carlos, habitante de la comunidad Karatá.

Bilwi, Costa Caribe Norte, tras el paso del huracán Iota

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