“Nos arrancaron de nuestra tierra”. El exilio de los miskitos

“Nos arrancaron de nuestra tierra”. El exilio de los miskitos

Desde septiembre de 2013, cuando Rendell Hebbert López llegó a Costa Rica huyendo de la represión en Nicaragua, su vida cambió drásticamente. Como secretario de la Alianza de Pueblos Indígenas y Afrodescendientes (Apian), ha sido testigo de las múltiples dificultades que enfrentan los miskitos y otras comunidades indígenas en el exilio. Dejar atrás su tierra natal, su cultura y su idioma ha sido un proceso doloroso.

“El exilio para cualquier persona es difícil, pero para los indígenas es peor. La barrera del idioma, la falta de acceso a la tecnología y el choque cultural hacen que el proceso de adaptación sea como volver a nacer y aprender todo desde cero, pero en un tiempo mucho más corto”, asevera.

La situación es especialmente crítica para los miskitos, quienes llegan a un país con un alto costo de vida. La mayoría tiene empleos precarios, con ingresos que apenas alcanzan para cubrir los gastos básicos. Para este artículo, LA PRENSA intentó obtener testimonios de algunos miskitos en Costa Rica, pero muchos prefirieron no compartir su historia por temor a represalias contra sus familiares que aún viven en Nicaragua.

Según un líder indígena, que prefiere mantenerse en el anonimato, “la mayoría vive bajo la línea de pobreza, compartiendo viviendas pequeñas y priorizando alimentos baratos, pero poco nutritivos. Algunos sólo comen arroz los tres tiempos, porque es lo único que pueden pagar”.

Este cambio también afecta la salud de las personas indígenas.

“Venimos de trabajar en el campo, donde quemábamos muchas calorías, a trabajos que nos exigen estar de pie o sentados todo el día. En seis meses o un año ya estamos con problemas de diabetes tipo-2”, añade el líder miskito.

La Carpio, una de las comunidades habitadas por miskitos en Costa Rica. Foto: LA PRENSA.

Organización y resiliencia

A pesar de las dificultades, los miskitos han comenzado a organizarse para enfrentar los retos del exilio. Hebbert menciona que, junto con otros líderes indígenas, ha promovido reuniones en comunidades como Los Chiles, Alajuelita (San José) y La Carpio, donde vive una gran cantidad de indígenas y mestizos.

“Hemos escuchado el llanto de nuestra gente. Muchos perdieron familiares, no tienen empleo o no han podido regularizarse. Estos encuentros nos permiten compartir el dolor y buscar soluciones colectivas”, comenta.

Por su parte, el líder consultado bajo anonimato señaló que “hemos trabajado para conectar a los miskitos con otras comunidades indígenas, como los mayangnas y ramas. Juntos estamos definiendo estrategias de sobrevivencia aquí y de apoyo a quienes se quedaron en Nicaragua, donde la situación es más difícil”.

Asentamiento poblado por miskitos en el distrito de Pavas, San José, Costa Rica. LA PRENSA.

La lucha por la sobrevivencia

Según Hebbert, los procesos de regularización son complicados para los miskitos, y la falta de estadísticas étnicas invisibiliza aún más sus necesidades específicas.

“Muchos no tienen acceso a la regularización migratoria por las barreras tecnológicas y el idioma. Además, las oficinas de refugio están saturadas, atendiendo apenas a un puñado de personas al día”, explica.

El líder anónimo agrega: “Aquí, si no trabajás, no comés. En nuestras comunidades teníamos un bosque que nos daba todo: animales, frutas, madera para construir. Aquí dependemos del dinero, de pagar alquiler y de un sistema que no entiende nuestras costumbres”.

Otro desafío es la desconexión con el territorio, algo que impacta profundamente en la identidad indígena.

“Nuestra tierra no es solo un lugar donde vivimos; define quiénes somos. Es difícil aceptar que aquí no podemos trabajarla ni decidir sobre ella como lo hacíamos antes”, afirma Hebbert.

Asentamiento en Pavas, poblado por miskitos. LA PRENSA.

Un llamado urgente

Ambos líderes coinciden en que el exilio ha llevado a los miskitos a una situación de precariedad que demanda atención urgente. Mientras tanto, continúan luchando por preservar su cultura, organizarse y construir redes de apoyo que les permita sobrevivir.

“No queremos depender de la ayuda humanitaria para siempre. Todos queremos regresar a nuestras tierras, pero mientras tanto, necesitamos construir una vida digna”, concluye Hebbert.

El origen de la crisis: la invasión de tierras y el desplazamiento forzado

El Caribe nicaragüense, una región rica en recursos naturales y biodiversidad, ha sido el epicentro de una serie de conflictos territoriales alimentados por políticas estatales. Otro líder miskito, consultado bajo anonimato por temor a represalias, explica que el proceso de invasión de colonos ha transformado la vida de las comunidades indígenas.

“Los colonos no llegan solos. Son parte de un plan estructurado, respaldado por políticas del Estado, que busca tomar las tierras comunales para proyectos ganaderos, monocultivos como la palma africana o concesiones mineras”, asevera.

La violencia asociada a estas invasiones es alarmante. Líderes miskitos aseguraron a LA PRENSA que los colonos han destruido cultivos, quemado casas, matado animales y cometido abusos graves contra las comunidades indígenas.

“No es un desplazamiento como el que ocurre tras un desastre natural. Es un ataque directo y planificado para sacar a las comunidades de sus tierras. Los colonos llegan armados, con maquinaria y respaldo militar, desplazando comunidades enteras”, refiere.

Según los líderes consultados, esto va de la mano con el irrespeto al Proceso de Autonomía en la Costa Caribe, establecido en los años 80, concebido como una forma de reparar las injusticias históricas sufridas por los pueblos indígenas.

Sin embargo, este líder subrayó que el régimen Ortega Murillo ha socavado constantemente este esfuerzo.

“La autonomía y la demarcación territorial fueron logros históricos, pero el Estado ha trabajado sistemáticamente para desmantelar estos procesos. Hoy, los títulos comunales no se respetan y las tierras se utilizan para intereses privados”, refiere.

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