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La muerte de un boxeador que lo ha dado todo en el ring siempre es un episodio tristísimo. Es la caída de un ser humano valiente y la derrota definitiva de alguien que aspiró a arañar la gloria o, al menos, a encontrar un medio de supervivencia. Estos jóvenes nicaragüenses fueron noticia internacional y sus historias conmovieron a miles de personas. Desde Joe Morales, en 1970, hasta Keyving Hernández, en 2023.
La muerte de Guerrero
Luis Guerrero Martínez murió el 22 de febrero de 2016 tras una pelea de entrenamiento en Escazú, Costa Rica, país al que había llegado cinco años antes para construirse una carrera boxística. Era originario de El Viejo, Chinandega, tenía 24 años y soñaba con ser campeón mundial.
De día trabajaba en un restaurante y de noche entrenaba en el gimnasio municipal de Escazú como boxeador amateur. A eso de las 6:40 de ese lunes, su rival, un jovencito de 16 años, le propinó un golpe a la altura del hígado, derribándolo sobre la lona. Era el sexto asalto y solo faltaban 11 segundos para que terminara la pelea, destacó el diario La Nación.
Luego de perder el conocimiento, Guerrero entró en paro cardiorrespiratorio y ni siquiera los paramédicos que atendieron la emergencia lograron reanimarlo, aunque lo intentaron por 45 minutos. Murió en el lugar, posiblemente a causa de una patología que se pasó por alto o de una hemorragia interna causada por el golpe, sugirió en aquel momento el médico deportivo Willy Gálvez.
Su familia, habitante de Río Segundo, de Alajuela, estaba a punto de irse a la cama cuando el entrenador del muchacho llegó con la noticia. Su cuerpo fue repatriado a Nicaragua para que su madre pudiera sepultarlo y el jueves de esa misma semana la tierra de El Viejo se abrió para recibir el cuerpo del joven boxeador.
Un sueño de tres meses
También era lunes cuando murió Marvin Antonio Hernández, de 20 años, quien se había iniciado en el boxeo aficionado apenas tres meses antes. Solo peleó dos veces a lo largo de su fugaz carrera.
Originario de El Cuá, Jinotega, enfrentó en su primer combate a un joven de La Dalia, Matagalpa, que le propinó una golpiza. A pesar de la dureza de los golpes, Hernández les restó importancia y no se hizo revisar por un médico, relató el Diario LA PRENSA. Quince días después, el 2 de marzo de 2013, volvió a subir al ring para la que acabaría siendo la última pelea de su vida.
Era un cuadrilátero de madera, rodeado por cuerdas de mecate forrado. Unas 300 personas conformaban el público en la Disco El Chele, de El Cuá. Esta vez el rival de Hernández era un adolescente jinotegano, Darwin Gutiérrez, de 16 años, quien debutaba como boxeador amateur juvenil.
Fue una pelea fuerte entre dos muchachos enérgicos y valientes. Terminó en empate. Pero al finalizar el combate e irse a sentar a su esquina, Hernández empezó a sangrar “profusamente por la nariz, desmayándose”, informó entonces el comisionado Mario Rojas, de la Policía jinotegana.
Sus familiares lo trasladaron al Centro de Salud de El Cuá, luego al Hospital Victoria Motta, de Jinotega, y finalmente el Hospital Antonio Lenín Fonseca, en Managua, donde les dijeron que no había nada que hacer, que se lo llevaran de regreso a El Cuá. Falleció al mediodía del lunes 4 de marzo a consecuencia de “una lesión grave en el cerebro, más un edema cerebral”.
Su joven rival tuvo que ir a terapia psicológica para tratar el trauma de su primera pelea boxística, porque había días que cerraba los ojos y le parecía estar viendo el rostro de su desafortunado contrincante.

Tres peleas en 49 días
Tenía 23 años y lo llamaban “el Terry”. David Acevedo murió tras ser noqueado en una velada boxística organizada por el exbicampeón mundial Rosendo Álvarez, el sábado 14 de noviembre de 2015. El joven pretendía vivir del deporte y ese día subió al cuadrilátero por la suma de cuatro mil córdobas (unos 145 dólares en ese momento).
Era su tercer combate en los últimos 49 días, porque había estado mucho tiempo inactivo y quería mejorar sus estadísticas. Previo a la pelea, se desvaneció durante un entrenamiento y antes del pesaje tuvo que bajar diez libras en menos de 24 horas para llegar a las pactadas 147. Pero nada de eso sirvió de alarma para disuadirlo de su propósito de volver a pelear.
Perdió por nocaut en el octavo asalto contra Nelson Altamirano y tuvo que ser trasladado al Hospital Salud Integral, en Managua, donde lo operaron de emergencia por un coágulo de sangre entre el cráneo y el cerebro. Estuvo bajo cuidados intensivos durante ocho días y el sábado 21 de noviembre perdió la última y más importante batalla de su vida.
Los periodistas que presenciaron la pelea con Altamirano aseguraron que el árbitro debió haberla frenado antes, pues se notaba una gran diferencia entre ambos rivales y no era necesario llegar al extremo de que el perdedor cayera desvanecido en el ring. El padre de Acevedo también estaba presente y dijo que no tiró la toalla porque le pareció que “los dos boxeadores estaban agotados y los golpes que se daban no eran fuertes”.
Tragedia en Bluefields
En septiembre de 2011 medios nacionales e internacionales reportaron escuetamente la muerte de un adolescente de 16 años llamado Harold Blas Amador. Era originario de Bluefields y, como muchos otros muchachos nicaragüenses, quería abrirse camino a golpe de puños.
Falleció por las lesiones que le causaron los golpes recibidos durante una serie clasificatoria amateur para una interregional entre Bluefields y Condega. La pelea se realizó el sábado 10 de septiembre en el centro recreativo de la ciudad de Bluefields.
Según reportes de la época, Blas Amador aguantó el primer asalto, en el que su oponente le asestó un fuerte golpe en la cabeza; intentó mantenerse en pie en el segundo round, pero el réferi detuvo la pelea porque lo notó muy cansado. Poco después sufrió un desmayo y fue trasladado al hospital regional. El domingo lo remitieron a Managua, donde murió pocas horas después.

Un inicio trágico
Fue el debut de Keyving Hernández González como boxeador profesional. Era la pelea que podía cambiar el curso de su vida, pues se enfrentaba a la joven promesa boxística Bryan Mercado, quien también debutaba como profesional. Sin embargo, el joven de 23 años fue noqueado en el segundo round de un combate pactado a cuatro asaltos, durante la velada organizada por el excampeón mundial Félix Alvarado, el 25 de marzo de 2023 en Managua.
Desanimado por la rápida derrota, regresó a su lugar de origen, El Tuma-La Dalia, en el departamento de Matagalpa. Semanas después su familia contó a la prensa deportiva que el muchacho estaba triste y con una jaqueca que no cesaba.
A pesar de ello siguió entrenando. Muy de mañana salía a correr y más tarde se iba a trabajar como vendedor de comida rápida, pues proveía sustento a su abuela, su madre y su hermano de 17 años. El dolor de cabeza no se iba, pero él no se quejaba.
Finalmente, 24 días después de su debut, el dolor se hizo más intenso, insoportable, y lo llevaron al centro de salud local. Los médicos lo remitieron al hospital de Matagalpa y ahí le dijeron que “lo que tenía era peligroso”, por lo que fue enviado al Hospital Antonio Lenín Fonseca, en Managua, donde cayó en estado de coma.
Los medios de comunicación siguieron de cerca su historia y compartieron números de teléfono para enviarle ayuda (efectivo, pampers, leche en polvo, toallas húmedas) a la familia del joven que luchaba por su vida. Luego de 22 días en cuidados intensivos “el Chirizo González” abrió los ojos, pero había perdido muchas de sus facultades. La familia pidió apoyo para cubrir el costo de sus cirugías.
“Su cerebro se inflamó un poco, partes de su cuerpo dejaron de funcionar correctamente y para que él pudiera respirar le realizaron una traqueotomía (orificio en la parte delantera del cuello y la tráquea) en un intento siempre de salvarle la vida (…). Logró salir del hospital y después, en su casa, presentó problemas para poder respirar”, explicó a LA PRENSA Félix Alvarado.
Su familia lo llevó al hospital local, donde le detectaron una neumonía que le impedía respirar. El joven no soportó este nuevo padecimiento y falleció en la madrugada del jueves 6 de julio a causa de un paro respiratorio.
Según declaraciones de su hermano Jassir, el joven boxeador tenía en la cabeza una lesión sufrida en su niñez y en su debut como pugilista le “dieron un mal golpe”. La cadena de eventos que lo llevó a su prematuro fallecimiento inició con un golpe nuevo que se sumó a un golpe viejo.

Joe Morales, el primero
La pelea fue intensa, uno de esos combates en los que los protagonistas se niegan a rendirse ante su oponente y llegan al último campanazo apenas con aliento para mantenerse en pie. Al finalizar el duelo, José Miguel Morales, más conocido como Joe Morales, caminó a su esquina bañado en sudor y jadeando fuerte. De pronto, cuando le quitaban los guantes, se desplomó sobre el ring.
Era la noche del miércoles 8 de julio de 1970 y el boxeador nicaragüense estaba solo, pues ningún familiar pudo acompañarlo a El Salvador. Había ido a ese país para conseguir una victoria contra el salvadoreño Héctor Cabrera; pero volvería a Nicaragua en un ataúd y con el pago de treinta dólares que recibió por esa pelea, perdida por decisión unánime. La revista Magazine cuenta su historia en el reportaje Morir en el ring.
Tenía 20 años. Era flaco, moreno y de ojos grandes, criado en un barrio de Managua. A su madre, Teresa Morales, no le gustaba que boxeara, porque le parecía un deporte demasiado violento. Pero el flaco era terco y apasionado, y a su madre no le quedó más que apoyarlo, mientras se decía a sí misma que aquello era una vocación que el joven había heredado de su padre.
Joe Morales murió la mañana después de su pelea contra Cabrera, a consecuencia de los golpes recibidos. Los diarios dijeron que viajó sin constancia médica y sin permiso de la Comisión Nacional de Boxeo. Su familia escuchó que a último momento le habían puesto a un contrincante que superaba las pactadas 110 libras. Nadie dio mayores detalles sobre lo que ocurrió esa noche al joven pugilista y su nombre pasó simplemente a ocupar el puesto del primer boxeador profesional nicaragüense que moría en el ring.
Su madre nunca obtuvo respuestas. Alguien dijo por ahí que una fractura en el cráneo le había causado un derrame cerebral, pero nadie se lo confirmó a ella, que besó a su hijo muerto cuando se lo devolvieron en una caja.