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Del puertorriqueño Roberto Clemente se pueden recordar grandes hazañas como jugador en el mejor beisbol del mundo, las Grandes Ligas de Estados Unidos, pero también se puede evocar su calidad humana, su carisma y el afán que tenía por ayudar al necesitado, tarea en la que encontró la muerte cuando transportaba ayuda para los damnificados del terremoto que destruyó Managua el 23 de diciembre de 1972.
Fue en la noche del 31 de diciembre de 1972, cuando el avión en el que Clemente y el resto de la tripulación viajaban por tercera vez a Nicaragua tras el sismo se precipitó al mar después de haber despegado de San Juan, Puerto Rico, a las 9:20 minutos de esa noche.
Clemente había estado en Nicaragua por primera vez en 1964, para la realización de la serie interamericana de beisbol, en la que el equipo nicaragüense Cinco Estrellas, el de la Guardia de Anastasio Somoza Debayle, enfrentó como local a los Senadores de Puerto Rico, en el que jugó Clemente. Ganaron los nicaragüenses con marcador de 4-3.
Sobre ese partido se cuenta una anécdota conocida como el Garrobazo, porque los fanáticos lanzaron varios garrobos desde las tribunas para hacer deslucir a Roberto Clemente y evitar que realizara sus acostumbradas formidables atrapadas en el jardín, lo cual habría abonado al triunfo del Cinco Estrellas. Clemente era ya en esa época una estrella en las Grandes Ligas.
La segunda vez que Clemente visitó el país fue para la XX Serie Mundial de beisbol amateur que se celebró en Nicaragua, del 15 de noviembre al 5 de diciembre de 1972, cuando llegó como mánager de la selección nacional de Puerto Rico y tuvo una conexión más profunda con el país, su gente y sus costumbres.
Lamentablemente, poco días después ocurrió el terremoto que destruyó la capital nicaragüense, provocando la muerte de 11 mil personas, 20 mil resultaron heridas, alrededor del 75 por ciento de las viviendas fueron destruidas, dejando sin hogar a entre 200 mil y 250 mil personas; además de la desaparición de edificios públicos y privados. En total, el sismo causó pérdidas cercanas a los 500 millones de dólares.
La respuesta de Clemente, nomás enterarse de la tragedia, fue conseguir ayuda junto con otros puertorriqueños, para seguidamente enviar dos aviones y un barco con apoyo para las víctimas.
Un tercer vuelo se había programado para las 4:00 de la madrugada del 31 de diciembre de 1972, y Roberto Clemente decidió viajar para entregar personalmente la ayuda de víveres a los damnificados, pero el vuelo se postergó varias horas debido a problemas mecánicos de la aeronave. Finalmente se fijó el vuelo para las 9:20 de la noche, cuando Clemente abordó la aeronave con destino al aeropuerto Las Mercedes de Managua.
A los pocos minutos de haber despegado, la aeronave cayó en el mar. Solo el cuerpo del piloto se logró rescatar. La tragedia aumentó el luto y el dolor que en ese momento se vivía en Nicaragua.
Los nicaragüenses recibieron la noticia en las primeras horas del 1 de enero de 1973, pero el nombre de Clemente quedó grabado en sus corazones.










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