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Todo comenzó la madrugada en que los iban a desterrar. Samantha Jirón subió al avión que la llevaría a ella y a otros 221 presos políticos hacia Estados Unidos, lejos de la cárcel, pero también lejos de su país, de sus familias y de sus proyectos de vida.
Mientras caminaba entre los asientos del avión saludando a los demás presos, algunos viejos conocidos y personas que no había visto antes, pero que sabía de ellos porque demandaba su libertad antes de que la encarcelaran el 9 de noviembre de 2021, Samantha vio de pronto un rostro que la cautivó.
Ojos negros, cansados, arqueados por cejas pobladas del mismo color y el mentón invadido por una barba de tres días que sobresalía sobre su tez clara con algunas grietas producto del desvelo. Le era una cara familiar.
—¿Vos sos Kevin Solís? —preguntó Samantha
—Sí.
—¿Te puedo dar un abrazo?
—Sí, por supuesto.
Ese fue el primer contacto entre Kevin Solís y Samantha Jirón, aunque él tiene una versión un poco diferente de ese encuentro y de la cual no terminan por ponerse de acuerdo. “Ella andaba saludando a sus amistades y después llegó y me dice: ‘¡Kevin!’ Y se me tiró y me abrazó, no fue que me preguntó si me podía abrazar”.
Como haya sido, hubo un abrazo de por medio y fue el primer acercamiento en donde ambos empezaron a sentir afecto por el otro, cuentan.

Minutos después de que el avión despegó rumbo a Estados Unidos, Samantha y Kevin fueron despojados de su nacionalidad. Al llegar a Washington los albergaron en un hotel y los funcionarios norteamericanos junto a otras organizaciones los asistieron para que pudieran retomar sus vidas. En medio de todo eso los dos jóvenes empezaron a vivir su historia de amor.
Ya tienen año y medio de relación. “Tenemos proyectos de vida juntos”, dice Samantha. “Yo no me hallo sin ella y ella no se halla sin mí”, complementa Kevin, desde Madrid, España, a donde se mudaron recientemente para retomar sus estudios universitarios gracias a una beca que ganaron.
Samantha empezó esta semana a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, mientras Kevin hace lo propio en la carrera de Economía, pero antes prefirió tomar un curso de estudios básicos para refrescar algunas materias. “Son cinco años que no he tocado nada de estudios. Necesito recordar muchas cosas”, comenta.
Están a la espera de su mascota Simón, un gato de un año y medio al que consideran y tratan como su hijo. Tuvieron que dejarlo en San Francisco, California, en donde vivían porque no podían viajar con él, pero ya están avanzados en trámites para que una persona se los lleve.
Simón apareció en sus vidas una mañana en que llegó a su puerta. “Era un gato callejero, que lo habían abandonado y nosotros lo adoptamos. Ahora es bien cariñoso y adorable”, relata Samantha. Desde entonces, Simón ha sido un compañero fundamental en sus vidas y ha estado con ellos en las buenas, y sobre todo en las malas.
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Retomar sus vidas no fue tarea sencilla, confiesan. “Detrás de esto hay demasiadas lágrimas, desvelos, esfuerzos. La gente dice que todo nos ha caído del cielo, pero se equivocan. Nadie sabe todo lo que hay detrás”, comenta Samantha de 24 años, quien estuvo 14 meses encarcelada por oponerse a la dictadura de Daniel Ortega.
Kevin, por su parte, a sus 26 años ya estuvo detenido en dos ocasiones. Primero del 20 de septiembre de 2018 hasta el 4 de abril de 2019, y luego desde el 3 de febrero de 2020 hasta el 9 de febrero de 2023, el día en que Samantha Jirón lo abrazó y comenzó su historia de amor.

Amor en el destierro
Una vez desterrados en el hotel de Washington, los dos jóvenes se volvieron más cercanos. Salían a pasear juntos y se quedaban largos ratos platicando en parques, en la calle, en jardines, cafeterías. El lugar no importaba mucho, lo que ellos querían era conocerse el uno al otro, hasta que llegó el momento de dar su primer beso.
“Había una química fuerte entre los dos. Nos pusimos en un puentecito frente a un lago con el atardecer, pero unos amigos nos mataron el momento ahí cuando nos íbamos a dar nuestro primer beso. Nos gritaron y ahí ya se estropeó”, recuerda Kevin entre risas.
Días después de haber llegado a Washington tuvieron que separarse. Samantha había conseguido un lugar donde vivir en Nueva Jersey, y Kevin encontró uno en San Francisco. “A mí me dio tristeza. Nos despedimos como cuatro o cinco veces”, comenta Samantha. Mientras estuvieron separados pasaban hablando horas por teléfono y por videollamadas hasta que el 25 de marzo de 2023, Samantha se mudó a San Francisco para estar con Kevin.
“Ahí ya fue lo difícil porque una cosa era lo que nos decíamos por teléfono y otra cosa ya era convivir y ver el lado oscuro de cada uno”, señala Kevin. Como toda pareja, los jóvenes tenían discusiones por cosas del hogar, como la limpieza, el desorden, entre otras, y el conflicto llegó a tanto que hasta llegaron a pensar en separarse, pero “era difícil”, confiesa Kevin. “Ya había mucho cariño de por medio”.
“Mucha gente nos criticó cuando hicimos pública la relación y nos fuimos a vivir juntos. Todo mundo decía que no íbamos a durar ni seis meses, que por nuestro carácter o porque acabábamos de salir de la cárcel”, cuenta Samantha. Con el tiempo fueron aprendiendo a convivir y se apoyaron en los momentos difíciles que sufrió cada uno.
Para agosto de 2023, ambos jóvenes ya habían encontrado empleo, pero Kevin estaba en un lugar donde asegura que sufría maltrato laboral y discriminación. Eso le provocó mucho estrés, además de las largas jornadas laborales que lo llevaron a padecer una parálisis fácil. “Ese fue un momento muy duro”, relata el joven.
Como parte del procedimiento médico, le hicieron varios exámenes y la cuenta en el hospital se les hizo de 30,000 dólares. “Yo anduve como loca corriendo buscando un seguro para pagar eso”, recuerda Samantha, hasta que finalmente lo encontró. Después venía todo el proceso de recuperación y terapias para mejorar la movilidad del rostro, y en el que Samantha debía llevarlo y traerlo, además de apoyarlo en algunas atenciones básicas.
En todo ese tiempo, Kevin no podía trabajar y con solo los ingresos de Samantha se les dificultaba mucho la subsistencia. Meses después, Kevin pudo recuperarse, pero hasta la fecha tiene daños en algunos nervios y el neurólogo le advirtió que, si vuelve a tener episodios de mucho estrés, puede recaer e incluso sufrir un derrame cerebral.
Así como Samantha cuidó a Kevin, él también hizo lo mismo en octubre de 2023. De repente ella comenzó a sentir un dolor en su costado derecho y pensó que era apendicitis, pero cuando llegó al hospital le dijeron que tenían una hemorragia interna porque su ovario se había enredado en su trompa de Falopio, y debido al movimiento tuvo una ruptura en los tejidos internos, lo cual provocaba la hemorragia.
Tuvieron que operarla de emergencia para repararle todo el daño, pero durante todo el proceso de recuperación no podía valerse por sí misma y Kevin debía ayudarle a bañarse, le cocinaba, le daba de comer y le tocaba atender solo la casa. Y nuevamente, solo uno de los dos podía generar ingresos durante ese tiempo.

Retoman sus estudios
A inicios de septiembre de 2024, los dos jóvenes llegaron a España para estudiar. Ese país les otorgó la nacionalidad, después de que el régimen de Daniel Ortega los despojara de su nacionalidad nicaragüense.
Aunque el proceso de aplicación y aprobación de la beca les tomó varios meses, papeleos y correos, una vez que ambos estaban confirmados todo pasó muy rápido y prácticamente viajaron de un día para otro.
En la primera semana de septiembre terminaron de acomodarse en Madrid y de afinar los últimos detalles de la beca, y el pasado miércoles 11 de septiembre ya empezaron con sus clases.
Conseguir esta beca fue difícil para ambos jóvenes, explican, ya que después de ser desnacionalizados por el régimen de Ortega, no existen ni siquiera sus partidas de nacimiento y tampoco pueden apostillar documentos o presentar papeles oficiales con sus nombres. Con ayuda de algunas organizaciones pudieron cumplir con los requisitos que les pedían para retomar sus estudios.
“Remamos del mismo lado y con la misma fuerza”, señala Kevin, mientras Samantha agrega: “Nos amamos y nos queremos”, y consideran que su relación no es solo un noviazgo tradicional, si no que aspiran a crecer juntos profesionalmente.

También esperan regresar a Nicaragua una vez que terminen sus estudios, y llevar sus conocimientos para aportar al desarrollo y el crecimiento del país, y aclaran que a pesar de esta nueva etapa en su vida, no piensan dejar su activismo.
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