A pasos agigantados van acercándose las fechas de abril, en las que los nicaragüenses tradicionalmente conmemoramos en Semana Santa la pasión y muerte de Cristo-Jesús y desde hace 6 años las protestas cívicas de los autoconvocados del mes de abril del 2018, en que nuestro pueblo, hastiado de tanto abuso por parte de la dictadura de los Ortega Murillo se lanzó a las calles demandando justicia, progreso y libertad.
Esto último, como muchos recordarán, produjo según los organismos internacionales de derechos humanos: 355 muertos, miles de heridos y encarcelados y el éxodo de casi un millón de compatriotas en marchas forzadas y llenas de dificultades hacia el ostracismo. Mientras tanto la dictadura sigue sin inmutarse, usurpando el poder que no le corresponde junto con sus esbirros, y gozando de la impunidad que les garantiza el Ejército y la Policía, como cómplices de semejante atropello multitudinario a la dignidad humana.
Como consecuencia de todo este desastre nacional, las últimas encuestas fidedignas aseguran que el 82 por ciento de la población repudia las políticas del régimen orteguista y que el 52 por ciento de los nicaragüenses, si pudieran abandonar el país lo harían con mucho gusto, ya que por todo lo acontecido y por lo que se vislumbra para el porvenir, no ven ningún futuro para ellos y para sus descendientes.
Pero una de las cosas que más debe preocuparnos es que en esas mismas encuestas se revela que la desesperanza está creciendo en Nicaragua, según los observadores, principalmente por dos razones que voy a resumir brevemente: la primera es la falta de unidad del liderazgo de la Iglesia católica. Muchos aducen que el responsable de esto es el cardenal Leopoldo Brenes, quien al negarse a respaldar abierta y rotundamente a los demás obispos y sacerdotes que estaban siendo reprimidos por la dictadura, dio lugar a pensar que él estaba de acuerdo con los represores. El último discurso almibarado de la señora vicepresidenta con motivo del 75 cumpleaños del cardenal, para muchos viene a confirmar lo que ya sospechaban.
La segunda razón de la desesperanza es y sigue siendo la falta de unidad en el liderazgo opositor en el exilio nicaragüense. Aunque decían y con razón nuestros abuelos de que los trapos sucios se lavan en casa, no estoy pecando al referirme a algo que es del dominio público desde hace rato, por voluntad de los mismos protagonistas que se atacan recíprocamente, sin medir las consecuencias que esto tiene para la lucha libertaria nacional.
Es el caso de las dos organizaciones opositoras más conocidas del exilio nicaragüense: Sumemos, con sede en Miami (EE.UU.) que califica a los de Monteverde, con sede en Costa Rica, de marxistas-leninistas-sandinistas y esta que se defiende a sotto voce de dichas acusaciones calificando a los opositores en Miami de somocistas, derechistas y reaccionarios. Da la impresión de que se han olvidado de que hay un adversario común que es la dictadura de los Ortega-Murillo.
Todo lo anterior nos ha llevado a considerar que actualmente existen dos enigmas en el acontecer nacional: el de la Iglesia católica y el de la oposición democrática. ¿Por qué no se unen, cada uno de estos sectores en el lugar que les corresponde? Ambas están enfrentadas a un monstruo diabólico cuyo propósito principal es hacerlas desaparecer de la faz de la tierra. En la década de los 80 del siglo pasado, cuando obligamos a la dictadura a dar elecciones libres estábamos unidos, la UNO dentro de las ciudades y la Resistencia Nicaragüense (RN) desde las montañas. La presión de ambos grupos, como lo ha reconocido el doctor Óscar Arias obligó a los sandinistas a dar elecciones libres que culminaron con el triunfo de doña Violeta Barrios de Chamorro en 1990.
Hagamos todo lo posible por no caer en la desesperanza y confiemos en Dios y en nuestras propias fuerzas que esto no ocurrirá jamás porque como decía el poeta español Federico García Lorca (1898-1936): “El más terrible de los sentimientos es sentir que se tiene la esperanza perdida.” Muy por el contrario, hay razones para creer con fe y esperanza, que a pesar de todo, el triunfo de la democracia será pronto una realidad ineluctable en Nicaragua.
El autor es periodista, secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero.