Visité a la República Popular China en 1991. En ese entonces la China estaba por integrarse al Banco Mundial y yo era el director de Asuntos Externos del Banco. Viajé a Beijing para darle una charla a técnicos del Banco Central y de otros ministerios chinos sobre el Banco Mundial, incluyendo temas como su misión, cómo funcionaba internamente y qué beneficios podría brindarle a la China.
Llegaba de Bangkok, la capital de Tailandia, donde había asistido a la asamblea anual del Banco. Y recuerdo que el contraste entre Bangkok y Beijing no podía ser mayor. Bangkok era, y sigue siendo, una ciudad grande, exótica, animada, con hoteles de primera y calles congestionadas por un tránsito masivo. Además, a finales de octubre, cuando viajé, era muy húmedo y calientísimo por su cercanía al ecuador.
Beijing también era grande, pero ya estaba haciendo frío. Y era tranquila comparada a Bangkok. La gente que se movilizaba en las calles andaba principalmente en buses y bicicletas. Pero la vasta mayoría de los capitalinos andaban a pies en las aceras. Estas sí estaban congestionadas y había muchas ventas en donde se vendía desde alimentos, que por cierto eran abundante, hasta ropa y muchas otras cosas. Me quedé en el Hotel Sheraton, supuestamente el mejor en ese entonces de Beijing. Este era adecuado, pero definitivamente no era de lujo a como lo eran los más importantes en Tailandia.
Recuerdo que mis interlocutores chinos eran de primera. La mayoría eran jóvenes y estaban ávidos de empaparse en todo lo relacionado al Banco y el Fondo Monetario. Y sus preguntas y comentarios hicieron ese encuentro muy productivo. Quedé claro que la China era un país de mucho porvenir, y que su “gravedad específica” era enorme. Mucho mayor, por ejemplo, que la de Japón y Corea del Sur.
El resto es historia. De ser económicamente un país empobrecido del “tercer mundo” hoy la China es la economía más grande del mundo. Sí, más grande aún que la norteamericana según datos del Fondo Monetario. Y contrario a lo que era en 1991, ahora es una potencia altamente industrializada que manufactura desde carros hasta computadoras.
Este espectacular despegue se debió fundamentalmente a dos factores. Primero a la capacidad, talento y deseo de trabajar y progresar de su pueblo y, segundo, a su decisión de descartar las fracasadas políticas socialistas y de sustituir para estas las de una economía de mercado. Estas últimas han permitido el espectacular desarrollo que ha tenido la China, pero no aseguran un crecimiento ininterrumpido en ningún país. Dicho de otra manera, la economía de mercado asegura crecimiento, pero intercalado con periódicos “hipos” que llamamos recesiones.
La China está pasando por una recesión en este momento. Pero es una recesión al estilo chino. Por ejemplo, según datos del Fondo Monetario y el Banco Mundial, la economía china creció 5,2 por ciento el año pasado y su crecimiento en los próximos años será aún más bajo: entre 4 y 5 por ciento. Este desempeño sería bueno en Estados Unidos y en las otras economías adelantadas de Occidente y de Asia. Pero son muy por debajo del 10 por ciento, la tasa promedia de crecimiento de la China entre 2005 y 2022.
La actual recesión China se ha reflejado en un bajón en su bolsa de valores. También el sector de bienes raíces —hasta hace poco uno de los principales motores de la economía— está pasando por una crisis. Y extranjeros, principalmente de países ricos como Estados Unidos, han optado por reducir sus inversiones en la China.
Errores garrafales cometidos por el gobierno chino han complicado la situación en el gigante asiático. La más grande de estas equivocaciones fue la decisión gubernamental hace décadas de limitar a uno el número de hijos que podía tener una familia. Esto ha resultado en un rápido envejecimiento de la población y hasta en su reducción debido a que el número de muertos excede al de nacimientos. Por esta contracción demográfica, la China ya no tiene la población más grande del mundo. Ahora la India está en primer lugar. Las autoridades en Beijing están queriendo estimular el crecimiento demográfico, pero hasta la fecha las mujeres chinas se han opuesto a tener más de un niño. Ellas prefieren dedicarse en muchos casos a sus carreras profesionales.
En vista de este panorama les pregunto, amigos lectores, ¿hasta dónde piensan que estará dispuesto Beijing a respaldar económicamente a Nicaragua, un pequeño país lejos de sus fronteras y económicamente insignificante? Y, sobre todo, a un país cuyos actuales gobernantes, que llegaron al poder en 2007, ¡optaron por reconocer a Taiwán como la verdadera China hasta hace un poco más de un año!
El autor es un economista y fue canciller de la república.