La liberación y destierro hacia el Vaticano de dos obispos, 15 sacerdotes y dos seminaristas, entre ellos el obispo Rolando Álvarez de la Iglesia católica de Nicaragua, demuestra un sutil giro político del régimen de Daniel Ortega suavizando las tuercas de su ácida actitud represiva, lo cual está sucediendo debido a la fuerte presión internacional sobre todo del Departamento de Estado de Estados Unidos que días atrás, enérgicamente, le pidió liberar a dichas personas, injustamente bajo las rejas.
Esta es una guerra y hay que seguir dando la batalla. Ahora debe continuar la presión y el manejo del diálogo tras las bambalinas ocultas de la real politik y sus encuadres diplomáticos ocultos, mientras sus resultados salen a la luz pública.
Así es. A la espera de nuevos resultados positivos que propicien la continuidad y la superación de los hechos represivos que se han venido dando para llegar a escenarios de tranquilidad y estabilidad política, social y familiar, lo que ha venido sucediendo con la liberación de los 222 presos políticos desterrados a Estados Unidos, con la salida de la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro hacia Costa Rica, enferma y bajo cuido médico, y ahora con esta salida de miembros de la Iglesia católica.
Queda continuar el diálogo (ya mencionado oficialmente y cada vez más aceptado por diversas y contrariadas instancias); pues ha sido provechoso entre el régimen de Managua, Estados Unidos, la Unión Europea y el Vaticano, y más aún, por los mensajes de su santidad el papa Francisco desde los albores de la llegada del año 2024, para lograr la libertad de los cien presos políticos que viven su propio calvario y el de sus familiares y amigos.
Así las cosas, hay que reconocer que los mecanismos negociadores —a bandas ocultas, pero precisas entre la administración de Daniel Ortega y la comunidad internacional referida— vienen caminando con pasos eficientes y positivos, sin embargo, esta agenda con sus matices y retruécanos debe continuar e inclusive, incrementarse más, dada la aguda crisis sociopolítica que vive Nicaragua producto del desgobierno que hereda Daniel Ortega al día de hoy y sus efectos posvenideros.
El fracaso ya más que evidenciado de la «sociedad civil opositora» junto a sus donantes también fracasados, pues han desperdiciado su dinero al haberlo echado en saco roto, manteniendo a auténticas gavillas parasitarias que no han demostrado sensibilidad alguna por los oprimidos y los más afectados desde 2018 al día de hoy, no tendrán más opción que meterse el rabo entre las piernas y darse cuenta de su alta inoperancia. Bien haría esta de dejar que avance la unidad política destinada que desde dentro del país y coordinada con la del exilio, asuman desde ahora el reto de una auténtica oposición política capaz de sentarse a dialogar con la dictadura y encaminar, sin utopías, acuerdos que conlleven a unas elecciones libres, transparentes y observadas por los ojos del mundo entero. No olvidemos que esa sociedad civil pertenece históricamente al sandinismo de los 80, ahora mezclada con algunos sectores impopulares provenientes de otras oenegés, obsoletas y vividoras del erario internacional.
Bajo esta perspectiva, y en honor a la verdad sobre todo de cara a los más sufridos, vale la pena hacer una crítica sostenida y categórica hacia esa falsa oposición de la sociedad civil, así como a sus líderes políticos desgajados del vientre político del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), pues ellos son culpables en gran medida de cuanto ocurrió en el 2018 y desde antes en la década de los 80.
Ellos son los sandinistas ahora camaleonizados de democráticos que, por una rencilla con la dirigencia ortodoxa partidaria bajo el mando de Ortega, lanzaron a las brasas a un gran sector sobre todo juvenil sin estar preparados para derrumbar al régimen. Esta realidad, que en su momento apoyaron sectores políticos tradicionales y otros segmentos (yo mismo vi en una de las marchas a un lustroso banquero repartir bolsas de agua a los manifestantes), ha originado un descalabro aún impredecible de cara al presente y al futuro, lo que amerita una recomposición política activa capaz de enfrentar, cara a cara, los retos de un diálogo sin cortapisas y con transparencia.
Este diálogo ya inició, y para bien del pueblo de Nicaragua sin dicha amalgamada y viciada “sociedad civil opositora» que, erróneamente, pensó suplantar la neuralgia y experticia de la clase política y el tiro le salió por la culata, pues salió más colmilluda y corrupta que los propios políticos a quienes ellos criticaron. Y además, renegaron incluso del surgimiento de nuevos partidos políticos, olvidando que estos son, por naturaleza propia y derecho social, partes esenciales de la institucionalidad de una nación.
Estos hechos, más otros de natural complacencia como el silente comportamiento del sector privado, están induciendo hacia una ruta política que desde el propio 2018 debió darse, pero que no fue posible debido a factores como la ineficacia política, la insolvente oposición sin visión partidaria y menos política y el aprovechamiento de estas debilidades, por parte del propio régimen, el cual ha logrado flotar en medio de las intestinales tormentas y lloriqueos de la seudo oposición cívica.
La excarcelación de los obispos, sacerdotes y seminaristas, es una oportuna señal de que el diálogo diplomático va por buen camino. Queda mucho por hacer y corresponde ahora pedir la liberación de los cien presos de conciencia. Pero también está toda una agenda de nación en la tubería represiva del sistema sandinista. Esa debe ser la misión de quienes asuman el nuevo y emergente liderazgo político tan necesario para visualizar un acercamiento a la salida de este atolladero castrochavista.
Esperemos que la sensatez obligada con la que ahora ha actuado el régimen de Managua continúe manteniéndose. No se trata de benevolencia ni de complacencias sino de ver con la lupa de la realidad, que es posible alcanzar logros que a no ser por esta conducta diplomática dialogante, y gracias a la comunidad internacional, no se habría logrado lo que hasta hoy se ha obtenido, por otras vías.
Ante la cruda realidad que sigue viviendo el país, este es un momento propicio para reparar errores y enmendar nuevas agendas.
Aún con los tropiezos de la comunidad internacional, aún con el silencio de sectores importantes dentro de Nicaragua (como el prudente del arzobispado de Managua), la actitud histórica que en este momento deberá jugar el Ejército, los paisanos en el exterior, los políticos honestos que quedan dentro del país, sectores gremiales y tantos otros, todos estamos en la disponibilidad de aportar y apostar, a vivir en paz, tranquilidad y libertad.
Que la sensatez también inunde los corazones y cerebros de quienes continúen propiciando diálogos por la estabilidad de Nicaragua. Que el obispo Álvarez, los curas y demás desterrados caminen libres por las calles del mundo, mañana lo harán por las de Nicaragua.
El autor es poeta y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista Internacional.