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Santos Camilo Bellorín: “Era una tristeza, un dolor profundo escuchar los cuetes a las doce”
La última cena navideña de Santos Camilo Bellorín fueron 38 granos de frijol y un puñado de arroz. Eso fue lo que le alcanzó en la mano cuando, más temprano, sus compañeros de celda empezaron a repartir lo poco que tenían. Esta era la segunda Navidad que pasaba encarcelado en el Sistema Penitenciario de Estelí después de que este campesino de 58 años fuera condenado por supuestamente cometer ciberdelitos, pese a que él ni siquiera saber cómo utilizar un celular.
Santos Camilo fue detenido el seis de noviembre de 2021 y la Navidad de ese año para él, su primera en prisión, fue “dolorosa”. Extrañaba a su familia, amigos y vecinos de la comunidad Guasuyuca con quienes compartía un nacatamal en Noche Buena; y su casa, a donde llegaban sus hijos y nietos a esperar juntos la quemadera de pólvora de medianoche.
Esa primera Navidad, Santos Camilo consiguió comunicarse con su familia a través de un teléfono que le prestaron otros reos comunes. Al escuchar su voz del otro lado, su esposa se atacó en llanto.
–¿Qué están haciendo? ¿Qué van a comer? – preguntó Santos Camilo
–No hicimos nada. No podemos comer solo nosotros y que vos estés aguantando hambre
El campesino quiso llorar. “Se hace un nudo en la garganta y se vienen las lágrimas. Uno quiere sacar el llanto, pero otro reo se puede burlar de uno porque ya es más viejo de estar ahí, entonces uno disimula”, relata, Santos Camilo.

Su segunda Navidad, en 2022, fue un poco diferente. Lo habían movido de celda y un reo común que llevaba más de 20 años en prisión y era conocido por los guardias, pidió permiso para poner chimbombas y medio hacer la bulla en Noche Buena. “Nada de chimbombas azul y blanco sí”, advirtió el guardia.
En la cárcel, cuenta Santos Camilo, varias veces perdió noción de los días, pero como ese año le había tocado visita el 20 de diciembre, sabía que en cuatro días iba a ser 24.
Llegada la fecha no le permitieron salir para nada de su celda. Ni para tomar sol. Por la noche, Santos Camilo y los demás reos hicieron una media luna y se pusieron a platicar, contaban anécdotas con sus familias, reían y cantaban, cambiando la letra de la canción de Luis Aguilé: “Ven a mi camarote esta Navidad…”
Nuevamente, Santos Camilo quiso llorar, pero no lo hizo para que los demás reos no dudaran de su hombría.
Igual que el año anterior, su cena navideña fue arroz y frijoles con un trago de agua que casi no le pasa por el nudo que tenía en la garganta. Quiso guardar un pollo que le llevó su familia para comérselo en Noche Buena, pero el calor empezó a malear la carne y antes de que le salieran gusanos, se lo comió para no perderlo.
En un momento de la noche, empezó la tiradera. “Era una tristeza, un dolor profundo al escuchar los cuetes a las doce y hasta las una de la mañana y uno preso ahí sin tener ningún delito”, recuerda.
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Este año, la Navidad para Santos Camilo también será dolorosa, dice. “Solo, sin mi familia, desterrado, pero al menos voy a poder llamarlos y hablar más tiempo”, comenta desde Nueva Jersey, Estados Unidos. Alega sentirse “muerto en vida” por estar lejos de sus tierras y de los suyos. Tiene a un hijo que vive en Los Ángeles, pero todavía no sabe si podrá viajar para compartir con él.
Aún desterrado, Santos Camilo no deja de pensar en los que siguen en prisión. “Yo le pido a Dios por los presos en esta Navidad, que tenga misericordia de ellos porque solo el que estuvo preso sabe cómo se siente estar ahí, agobiado”, comenta.
Tamara Dávila: “La Coca Cola me acompañó ese 24 de diciembre”
De todos los presos políticos, Tamara Dávila es de las que ha vivido uno de los peores regímenes carcelarios. Fueron 606 días sola en una celda de cuatro paredes con una puerta de pernos que no le permitía ver hacia fuera. Tenía una ventana arriba del inodoro, que estaba en la misma celda, y un tragaluz en el techo por donde entraban los rayos del sol por el día y la luz de la luna por las noches. Ahí, Tamara pasó dos Navidades.
Había sido detenida el 12 de junio de 2021 y su primera Navidad en El Chipote fue la de ese año. “Fue muy triste, muy duro. Estaba solita, absolutamente sola, aislada, sin poder hablar con nadie”, relata. En su celda trataba de darse ánimos a ella misma mientras imaginaba a su hija junto a sus familiares reunidos en la mesa, recordándola a ella.
Esa noche, estaba muy mal de estómago, recuerda. “Me acuerdo que nos dieron Coca Cola por primera vez y esa fue una alegría. Creo que la Coca Cola me acompañó ese 24 de diciembre”.
Tamara tenía prohibido hablar con alguien y los demás reos tenían prohibido hablarle. Ni siquiera los guardas de El Chipote le hablaban, y le pasaban la comida por una rendija que había en la puerta empernada. Esa Navidad, nadie le habló.
“Las Navidades en mi vida siempre habían sido muy numerosas, comida en la mesa, con la familia extendida, los vecinos, todos compartiendo y estar en la soledad de El Chipote ese año, fue muy duro”, comenta.

También recuerda la tiradera de pólvora a las doce de la noche. Sintió “eterna” toda la pirotecnia. “Yo lo que sentí es que era intencional de la Chayo como un mecanismo para hacernos sufrir. Fue una pólvora como por dos horas. Yo decía: “La maldad de estos no tiene límites”, rememora.
Para 2022, su Navidad fue muy diferente. Ese año, el régimen autorizó visitas a los presos políticos que estaban en El Chipote y sus familias pudieron llegar a verlos. A unos les tocó visita el 24 y a otros el 25 de diciembre.
A Tamara llegaron a verla el 24 y aunque no estaba en libertad, sintió que ver a su hija y resto de sus familiares ese día, le dio más fuerzas para soportar el encarcelamiento.
Este año, la Navidad para Tamara “será difícil”, señala, sobre todo por el fallecimiento de sus dos abuelas, de quienes no se pudo despedir porque el régimen la desterró hacia Estados Unidos en febrero de este año. Tampoco estará con el resto de su familia, “ni en mi país, ni en mi casa, pero estoy libre, con comida en la mesa y con parte de mi familia alrededor de ella. Eso para mí es vivir de nuevo”.
Norlan Cárdenas: “Es algo que uno no está preparado para vivirlo”
Norlan Cárdenas no escuchó la pólvora de las doce de la noche en La Modelo en ninguna de las cuatro Navidades que estuvo en prisión porque cree que la galería en la que estaba, está bastante alejada de la zona urbana.
Lo que Norlan si escuchó y vio, fue el alboroto que arman los reos de La Modelo todos los años para estas fechas. “El espíritu que tienen las personas que están encarceladas, culpables o no culpables, es que a las doce de la noche del 24 y el 31 de diciembre comienzan a golpear los portones de las celdas”, cuenta.
Los reos arman un relajo en el Sistema Penitenciario. Es de tal magnitud, que los guardias no pueden controlarlos. Botellas, palos, pedazos de plástico, zapatos y todo lo que tengan a mano lo utilizan para golpear los barrotes de las celdas. Incluso, relata Norlan, hay presos que hacen muñecos con trapos viejos y los queman dentro de las celdas simulando la despedida de año viejo. Todo esto, acompañado de gritos eufóricos.
Norlan fue detenido el 30 de noviembre de 2019 en Masaya, y a los pocos días fue llevado a La Modelo. Ese año fue su primera Navidad en prisión, lejos de su familia y sus dos hijos. “La primera fue la más dura. Es algo que uno no está preparado para vivirlo. Yo siempre pasaba con la familia, pero ahí en la cárcel conviví con personas que solo piensan en vicio, en robar y hacerse de algo para poder consumir su vicio”, recuerda.
Para aquellos días, Norlan estaba preocupado porque no había podido ver a su familia y encima, sabía que lo condenarían a 20 años de prisión por supuestamente haber matado a dos policías en Masaya. “No es fácil estar recordando lo que uno hace para esas fechas y estar encerrado por puro gusto, por algo que uno no comete”, lamenta.

En la primera Navidad, la familia de Norlan le pudo entregar comida en La Modelo, la cual tuvo que compartir con 23 reos más. De todos ellos, solo a ocho les llevaron comida, así que con lo que había, armaron un banquete. Después, Norlan se fue a dormir temprano para evitar agobiarse extrañando a su familia en Noche Buena, pero a las doce de la media noche, lo despertó el relajo que armaron los reos.
“Lo tradicional a las doce de la noche es abrazar a los familiares, pero en este caso yo me despertaba por el ruido y recordaba a mi familia”, rememora y dice que, tiempo después, su familia le contó que en la casa no celebraban la Navidad porque él no se encontraba con ellos.
Las siguientes Navidades también fueron difíciles, señala Norlan, pero pudo asimilar más el dolor de no estar con sus seres queridos y más bien había empezado a llevarse bien con algunos compañeros de celda. “Se me estaba haciendo hasta grato compartir con los demás reos”, comenta.
En las últimas dos Navidades, la familia de Norlan atravesó por momentos difíciles económicamente. Ellos acostumbraban a cocinar nacatamal, vaho o gallina rellena para Noche Buena y de lo que preparaban le llevaban a Norlan, pero por falta de dinero, la familia optó por llevarle un pollo asado que consiguieron a través de una donación.
Tras ser desterrado hacia Estados Unidos, este 2023 Norlan pasará la Navidad con amigos, aunque todavía no tiene planes, dice, pero confía en que algo saldrá de último momento. Con su familia no podrá estar porque todavía no han podido reunirse con él. “Creo que va a ser un día normal, como el día de Acción de Gracias aquí, un día para descansar”.
Miguel Mendoza: “Habían reventado más pólvora que nunca en Managua”
La primera Navidad de Miguel Mendoza en prisión fue en la celda 17 de El Chipote, en 2021, junto a otro reo político llamado Walter Ruiz. Ese 24 de diciembre, a Miguel lo sacaron para recibir sol en la tarde y lo metieron hasta como a las siete de la noche.
Como sabía que era 24 de diciembre, no quería agobiarse sobrepensando en su familia, así que se tomó un par de pastillas para dormir. A eso de las diez de la noche lo despertaron porque un guardia llegó a dejarle relleno y una gaseosa pequeña. “Como que era comida de Noche Buena”, recuerda.
A las doce empezó la tiradera de cuetes en Managua. Le deseó una feliz Navidad a Walter Ruiz y con señas hizo los mismo para que lo vieran Violeta Granera, Ana Margarita Vijil y Suyén Barahona, que estaban de frente en su celda.
Mientras escuchaba la pólvora, hizo lo que no quería: recordar las Navidades en Camoapa, en la casa de su madre, donde acostumbraba a reunirse con sus diez hermanos y sobrinos. “Después supe que mi familia tenía una silla desocupada con mi nombre en la mesa”, cuenta.
“No dejaba de transportar mi mente a la casa de mi mamá. Ella siempre pone la imagen del Niño Dios en el pesebre y siempre estamos todos presentes. Para mí fue bien duro no estar con ellos”, relata.
La tiradera de pólvora duró bastante. Tanto Miguel como todos los presos del Chipote la escucharon. “Es un choque de realidad brutal que te das cuando miras que allá afuera hay festejo”, comenta.
Para la Navidad de 2022, la experiencia fue un poco mejor, dice, pues, aunque no estaba libre, pudo recibir la visita de su familia y les permitieron meter comida de todo tipo. Para entonces, ya estaba compartiendo celda con Juan Lorenzo Holmann, Pedro Mena e Irving Larios. Los primeros dos recibieron visita el 24, mientras que Irving y Miguel el 25.
Pero la noche del 24 de diciembre, Miguel trató nuevamente de dormirse temprano tomándose una pastilla para dormir, “pero fue imposible no despertarme a las doce porque noté que habían reventado más pólvora que nunca en Managua. En la ventana que teníamos pude ver las bombas, las luces, los cuetes allá a la distancia”.

El día siguiente, recibió la visita de cuatro de sus hermanos, su esposa y su hija. “Cuando entramos al auditorio ya estaban las familias en las mesas y cuando entramos todos los presos, las familias se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir. Fue conmovedor”, relata Miguel, pero después los policías de El Chipote le dijeron a las familias que no podían volver a aplaudir o de lo contrario les quitaban el derecho a visita.
Miguel relata que su familia le llevó bastante comida e incluso la familia de Juan Lorenzo envió más comida de la noche anterior, así que regresó cargado a la celda. “La cena de Noche Buena de nosotros fue el 25 porque estaba lo que le llevaron a Pedro, a mí, a Juan. Había relleno, pavo. Parecía restaurante. Había de todo lo que te podás imaginar”, cuenta.
En las celdas de al lado estaban Freddy Navas, Max Jeréz y Francisco Aguirre Sacasa, la cual tenía una ventana que daba hacia un patio donde sacaron a Miguel y sus tres acompañantes a tomar sol. Ahí aprovecharon para pasarles comida a sus compañeros. Juan Lorenzo se subió a los hombros de Pedro y arrojaron bolsas de comida por la ventana, mientras Irving y Miguel vigilaban que no los vieran los guardias.
Para este año, Miguel vivirá la Navidad desterrado, pero dice que no deja de pensar en los que siguen en prisión y en cómo les golpea el sentimiento de estar detenidos de manera injusta y lejos de su familia. Por esa razón está impulsando una campaña llamada Navidad sin Pólvora, “para no joderle la mente a los que siguen presos”.
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