La tarde del domingo 13 de agosto pasado resultó más interesante de lo que me esperaba. Después de cumplir con mis deberes espirituales en la iglesia católica de El Zapote, me dirigía tranquilamente de regreso a casa cuando en el Parque Nicaragua, que queda al borde de la carretera, vi un grupo pequeño, pero compacto de ciudadanos, uno de los cuales enarbolaba una bandera azul y blanco. Me acerqué inmediatamente a ver de qué se trataba y ¡oh sorpresa! Eran hermanos nicaragüenses. Dicha reunión había sido convocada por un anciano, con la espalda arqueada y el cabello casi completamente blanco.
De la alocución del anciano quiero compartir aunque solo sea una pequeña parte con mis lectores, ya que habló de los presos en Nicaragua. Dijo él: “Dicen unos que hay 78, otros que 100, otros que 300. No, señoras y señores, son más de 6 millones de personas secuestradas, que se encuentran en esa gran cárcel en que los Ortega-Murillo han convertido a Nicaragua. Porque si el nicaragüense no puede expresar libremente lo que piensa y siente; si no puede tener asegurado su trabajo, porque no tiene el carnet sandinista, para llevar el pan a la mesa de los suyos; si no puede salir o entrar al país sin ningún tipo de restricciones; y si no puede elegir con libertad a las autoridades que desea que lo gobiernen legítimamente, si no tiene derecho a todas estas cosas es como estar preso, y esa es la amarga realidad por la que están pasando en estos momentos nuestros hermanos nicaragüenses”.
Luego, después de una breve pausa agregó: “Pero hay dos presos importantes a los que quiero referirme en esta hermosa tarde costarricense: el preso rico y el preso pobre. Vamos con el primero. El preso rico es el comandante Ortega que de héroe y hombre pobre cuando llegó al poder en 1979, hoy se ha convertido en un tirano cruel y en uno de los presos más prominentes del istmo centroamericano. Todo, producto de la rapiña, de la malversación de los fondos públicos y el descaro inaudito con que maneja la ayuda externa que nos viene del extranjero».
“¿Y por qué le llamo el preso rico? se preguntarán ustedes. Porque como producto de sus propias contradicciones, aunque nada en la abundancia, vive enclaustrado en El Carmen como cualquier preso que se encuentra tras las rejas. A lo interno, él que se autoproclama presidente-pueblo, no visita los departamentos, ni los barrios de Managua y cuando llega a salir de su cueva, tiene que ir acompañado por 100 policías, porque teme el repudio de la ciudadanía».
«Ahora quiero hablarles del preso pobre —continuó expresando el anciano— que considero es el obispo de Matagalpa y Estelí, monseñor Rolando Álvarez. San Pablo, en una de sus epístolas nos dice que ‘el que sirve al altar, justo es que viva del altar’. Pero la dictadura Ortega-Murillo en su diabólico y absurdo propósito de destruir la Iglesia católica en Nicaragua, arbitrariamente, lo ha condenado a 26 años de prisión –ya cumplió 1 año secuestrado– le han cerrado sus cuentas bancarias, le han robado los donativos que recibió del extranjero para sus obras sociales y hasta de las limosnas que dan los católicos más pobres se han apoderado, todo con el fin de reducirlo a la más espantosa miseria».
“Monseñor Álvarez, por su ejemplar y heroico comportamiento se ha hecho acreedor a la admiración no solo de casi la totalidad de los nicaragüenses sino también de todos los cristianos y no cristianos de todo el mundo. Por tal razón ha sido postulado para los más prestigiosos premios de amor y paz a escala planetaria, como el Sájarov y el Premio Nobel de la Paz que otorga la Academia Sueca de Ciencias”.
El anciano, antes de partir, me autorizó a usar su nombre para esta publicación y dijo llamarse Erasmo Rojas Valle, oriundo de Ciudad Rama, en el Atlántico Sur. Que se vino a Costa Rica a mediados de la década de los 80 y que solo espera que Nicaragua sea liberada de la actual dictadura, para volver a la patria que con tanto amor heredó de sus antepasados.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).