¿Muerte a la inteligencia?

  Las universidades son una de las más grandes creaciones de la civilización occidental; instituciones dedicadas al mundo del intelecto; a la busca de la verdad en todas las áreas del saber. Surgieron en el siglo XII bajo el impulso de la Iglesia católica, la cual promovía el estudio racional de Dios, propio de la teología, y de la creación, propio de las ciencias. Su nombre deriva de Universum, implicando la reunión y discusión de todo el saber. La de Bolonia, sería fuerte en derecho, la de Paris, en teología y filosofía, la de Oxford, en matemáticas, física y astronomía, la de Montpellier, en medicina.

 Desde sus inicios lucharon por su autonomía frente a las autoridades locales. Entre sus privilegios estaba el autogobierno y la potestad de emitir títulos. Contrario al prejuicio que pinta la Edad Media como una época oscurantista, las universidades eran sitio de grandes debates y controversias. Su progreso, sin embargo, no fue lineal. Hubo épocas de intolerancia debido a los conflictos políticos religiosos que desató la reforma protestante y el intento de algunos príncipes de someterlas. Felizmente estas contradicciones fueron superadas. 

 El siglo XIX marcó un hito en la consolidación del modelo universitario gracias a la influencia del cardenal John Henry Newman. El insistió en que uno de los principales papeles de estas instituciones es enseñar a pensar; desarrollar en los educandos una visión amplia, el hábito de reflexionar, una inteligencia crítica y una moral recta.

 En América Latina influyó la Reforma de Córdoba de 1918, en la que los estudiantes demandaron el cogobierno con las autoridades universitarias, así como la plena autonomía. Esta fue conseguida en Nicaragua en 1958. Sus propulsores, Mariano Fiallos y Carlos Tünnermann presentaron su anteproyecto de ley al presidente Luis Somoza. Este proponía que la universidad presentara una terna de tres candidatos a rector al presidente de la república para que éste eligiese uno. La sorpresa de ellos fue grande cuando Somoza les dijo que mejor lo nombrara la universidad con toda independencia. También les asignó el 2 por ciento del presupuesto nacional y consagró el principio de la inviolabilidad de los recintos universitarios. Amparada en la nueva ley y con sus fondos asegurados, la UNAN devino en una institución donde se debatía y enseñaba con toda libertad.

 En tiempos del último Somoza, Anastasio, las universidades públicas eran verdaderos centros de agitación del Frente Sandinista. De ella salían marchas, protestas y proclamas pidiendo el derrocamiento de la dictadura. Sin embargo, esta no intervino para nada en su funcionamiento. A partir de la Presidencia de doña Violeta se dio una multiplicación portentosa de estas casas de estudio. Hasta hace dos años, y funcionando con toda libertad, sumaban más de cincuenta.

 Todo esto ahora es historia. La UCA es la más reciente, pero no la última, de las 30 universidades que ya fueron intervenidas. Y no es porque estuviesen fallando en sus labores docentes, o incumpliendo normativas del CNEA (Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación) o administrativas del Mingob. En mis ocho años de rector de Ave María College recibimos dos visitas de agencias acreditadoras de Estados Unidos. Te examinaban de pies a cabeza, desde lo administrativo hasta lo académico y si encontraban deficiencias te daban plazos flexibles para corregirlas. Pero ahora, en Nicaragua, sin advertencia ni examen previo, te suspenden de pronto tus cuentas y luego te quitan tus edificios, y ni siquiera te dan derecho a la defensa.

Las razones que esgrime el régimen para cerrar confiscar universidades, al igual que oenegés y otras instituciones son mentiras. Ellos saben que la UCA no es terrorista. El problema es que no tienen el coraje de decir la verdad: que han decidido eliminar cualquier reducto independiente; que ya no sean los jesuitas, ni las teresianas, ni orden o profesional alguno, quien dirija las universidades, sino agentes estatales de probada lealtad a la familia gobernante; que de ahora en adelante cualquier profesor que se atreva a disentir perderá el empleo —y cuidado que también su nacionalidad o su libertad— , que de ahora en adelante la única verdad será la oficial, y que queda, por tanto prohibida, la inteligencia libre o el espíritu universitario.

El autor fue ministro de Educación, rector de Ave Maria College, y es autor del libro Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías y en Amazon.

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