El lenguaje del contractualismo y la oposición

En otros artículos he señalado que el contractualismo ofrece una visión de la política como un esfuerzo por armonizar los intereses y las aspiraciones que coexisten en una sociedad. Este esfuerzo, cuando es efectivo, desemboca en un consenso o contrato social que no es un documento formal, aunque puede tener expresiones discursivas tangibles; y que tampoco es un arreglo que pone fin a la lucha política, sino que, simplemente, la norma para evitar el caos. Por ejemplo, el Estado de bienestar que hace efectivos los derechos sociales de los canadienses, tales como la educación y la salud, es un elemento central del consenso social de ese país. Con este modelo de Estado, el Canadá contrarresta las desigualdades sociales que produce el sistema capitalista, sin anular la libertad de mercado.

En Nicaragua no hemos logrado institucionalizar un consenso social que estabilice las relaciones entre el Estado, el mercado y la sociedad. En los últimos cincuenta años, por ejemplo, hemos experimentado con un Estado dictatorial patrimonialista (Somoza), un Estado dictatorial con una supuesta economía mixta (el sandinismo de los 1980), un Estado “democrático neoliberal” (de 1990 al 2006); y, finalmente, un Estado que combina el familismo patrimonialista somocista, el cuasi-totalitarismo del FSLN de los 1980, y el neoliberalismo económico del período de la post-revolución (el régimen de los Ortega-Murillo). La ausencia de un consenso social nos empuja constantemente a “la guerra de todos contra todos” propia de las sociedades sin instituciones estables.

En este artículo voy a argumentar que el lenguaje que debe usar la oposición para instituir el contrato social que tanto necesitamos debe, en primer lugar, ser secular, es decir, no religioso; y en segundo lugar, auténtico, entendiendo la autenticidad como la capacidad del discurso político para expresar la conciencia experiencial de los y las nicaragüenses, incluyendo los temores, las inseguridades y las aspiraciones de los pobres, los ricos, las mujeres, las lesbianas, los campesinos, los desempleados y otros sectores.

Secularidad discursiva

La idea de Dios o, más bien, una determinada comprensión de lo divino, tiene cabida en la forma en que articulamos nuestras posiciones y aspiraciones políticas. Lo que no tiene cabida es ampararse en la idea de Dios o en un texto que se presenta como sagrado para debatir la organización del poder que queremos para nuestra sociedad. Recurrir a lo que se supone es la inapelable voluntad de Dios en el debate político, paraliza el intercambio de ideas que es necesario para articular un consenso o contrato social. Agreguemos a esto la imposibilidad de conciliar en un debate racional las diferentes percepciones de Dios que existen en una sociedad y las múltiples interpretaciones que pueden hacerse sobre lo que dice la Biblia.

Por todas estas razones, la construcción de un consenso democrático exige, como expresó poéticamente Tomás Jefferson durante el proceso de independencia de los Estados Unidos, levantar “una pared entre la Iglesia y el Estado”. Exige, además, articular un discurso secular con el que, como lo señalara Barak Obama en el 2006, las personas con motivaciones religiosas “traduzcan sus preocupaciones en valores universales, en lugar de los valores específicos de su religión [para que] sus propuestas estén sujetas a la argumentación y puedan ser razonadas”. Obama agrega como ejemplo: “Puedo oponerme al aborto por razones religiosas, pero si busco aprobar una ley que prohíba su práctica, no puedo simplemente señalar las enseñanzas de mi Iglesia o invocar la voluntad de Dios. Tengo que explicar por qué el aborto viola algún principio que es [aceptado como legítimo] por personas de todas las religiones [y por quienes] no tienen ninguna fe”.

Autenticidad discursiva

Hablar de autenticidad discursiva es hablar de la capacidad del lenguaje político para expresar el sentir y pensar de la sociedad a la que está dirigido. No cualquiera puede articular un discurso que “le llegue” a su pueblo. Entre quienes se han destacado por lograrlo pueden incluirse figuras tan disparejas como Nelson Mandela, John F. Kennedy y Fidel Castro. Lo que une a estos políticos es su capacidad de conectarse con las memorias y aspiraciones colectivas de importantes sectores de las sociedades a las que pertenecieron.

La “magia” de un discurso político auténtico facilita la construcción de un consenso social porque teje redes de sociabilidad que permiten establecer visiones compartidas. Por el contrario, un discurso político inauténtico hace imposible la construcción de este consenso porque no logra conectarse con los temas y problemas que mueven las vidas de las personas que lo reciben. Este ha sido el caso del discurso político de los principales voceros de la oposición quienes, hasta la fecha, han utilizado un lenguaje plagado de conceptos sin raíces en la conciencia experiencial de los nicaragüenses. Este discurso pareciera sacado del desgastado manual de un cansado consultor internacional que nunca ha visitado el Mercado Oriental, o hablado con un “informal” o viajado a Bilwi y degustar un rondón.

Dije “hasta la fecha”, porque entre los recién nombrados voceros del misterioso Monteverde, aparecen hoy dos rostros frescos –los de Tamara Dávila y Carmen Chamorro– que ojalá, ¡ojalá!, no aprendan de sus “seniors”. De la autenticidad de Tamara hablé hace unas semanas. A Carmen la acabo de conocer a través de algunos de sus videos. Escúchela usted hablar y compare su discurso con el de, por ejemplo, Félix Maradiaga o Juan Sebastián Chamorro, y reconocerán fácilmente la diferencia entre la autenticidad y la inautenticidad.

Voceras que escuchen

Octavio Paz decía que la construcción de un contrato social arranca con la formulación de un contrato verbal. Y nuestro Pablo Antonio Cuadra nos enseñaba que “todo lo que hacemos los hombres [y las mujeres] al asociarnos tiene como sustento la palabra”. La palabra auténtica que predicaba PAC no surge, simplemente, de un buen manejo técnico del lenguaje. Sale del corazón del dicente, cuando este ha sabido escuchar y entender a los demás. Ojalá que las nuevas voceras no solo sepan hablar con el “alma” sino también escuchar.

El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.

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