Shohei Ohtani con una ampolla en el dedo de su mano de lanzar es un golpe severo para los Ángeles y el beisbol en general porque se trata de su más luminosa estrella, pero quizá no sea tan dramático como Michael Jordan sin puntería o Lionel Messi con un uñero. El japonés es tan fuera de serie que aun así tiene más que ofrecer.
Ohtani, un atleta de esos que aparecen una vez cada siglo, abandonó la colina el martes por la noche contra los Padres de San Diego, quienes le asestaron una derrota 8-5 apoyados en jonrones sucesivos de Xander Bogaerts y Jake Cronenworth, para luego descubrir que una ampolla en el dedo redujo su efectividad y precipitó su salida.
La ampolla privará a los fanáticos de ver a Ohtani desde el montículo en los próximos días y eso incluye el Juego de Estrellas a realizarse el próximo 11 de julio en Seattle. Después de su trabajo contra San Diego, el nipón quedó con 7-4 y 3.32 a lo largo de 100.1 innings en los que admite 67 hits y 37 carreras, mientras propina 132 ponches.
Sin embargo, esa es solo una parte de lo que hace esta estrella de doble uso en el beisbol. Su poderoso bate podrá seguir causando estragos y el público lo podrá seguir observando cada día y también estará en el partido estelar desde el home plate. Ohtani es un bateador de .300 (330-99) con 31 jonrones y 68 remolques más un OPS de 1,045.
Incluso si Ohtani no volviera a lanzar más en esta temporada, cosa que no ocurrirá, seguiría impresionando solo con su bate. Sus cifras están a la par o encima de los mejores artilleros de esta época en el beisbol como Mike Trout, Aaron Judge o Mookie Betts. Es formidable lo que hace. Y de paso, es un buen rostro para las Grandes Ligas.
Pero ni Trout, Judge o Betts son capaces de lanzar como Ohtani, quien acumula cifras desde la colina que se comparan con las de Max Scherzer, Shane McClanahan o Gerrit Cole, solo por mencionar a tres de los más brillantes pítcheres del beisbol. En eso radica la grandeza de ese pelotero, en su versatilidad estelar y, además, sin petulancias.
Hace unas semanas tuve la oportunidad de ver a Ohtani mientras su equipo pasaba por Houston. Fue un verdadero privilegio. Impresiona su intensidad al jugar, pero también la sencillez con que lo hace. El tipo se divierte, pero sin exhibicionismos. No hay alardes ni excentricidades. Es un joven con personalidad y mucha clase.
Aquel día, vino a mi memoria un diálogo con el siempre recordado ingeniero Bayardo Cuadra, quien me compartía que cuando vio lanzar a Warren Spahn, de los Bravos, a inicios de los años sesenta, solo atinó decirle a su esposa Mercedes: “pongamos mucha atención. Hoy veremos a uno de los mejores lanzadores en la historia del beisbol”.
Y Spahn lo era. Sus 363 victorias siguen convertidas en la máxima cifra para un lanzador zurdo. Fue un tirador que superó la barrera de los 20 triunfos en 13 ocasiones, asistió a 17 Juegos de Estrellas y ganó una Serie Mundial, suficiente para terminar inmortalizado en el Salón de la Fama de Cooperstown con un legado formidable.
Seguro ahí también terminará Ohtani, cuyo talento masivo y su variedad de habilidades lo están empujando a comparaciones con el mismísimo Babe Ruth, la figura más grande que ha tenido el beisbol, con una salvedad: el nipón está al máximo nivel de desempeño de forma simultánea, no solo brilla en un rubro ahora y más tarde en otro.
Yo no diré lo que dice Adolfo Álvarez, el exlanzador zurdo de Rivas, quien cuando mira algo muy raro, inusual, ridículo o sorprendente, declara: “ahora sí ya me puedo morir”, pero sí aprecio el privilegio de haber visto a Ohtani, uno de esos atletas que salen una vez cada cien años. De otro modo no habría inquietud por una ampolla.
El día que vi lanzar a Ohtani no impresionó con su dominio desde el box, ni causó estragos con su bate, pero quién se habría molestado de ver a Jordan en una noche sin puntería o a Messi con rigidez en la cadera. El talento siempre está ahí aunque no pueda ser desplegado con la majestad habitual en una noche de pesadilla.
Ohtani con una ampolla golpea, pero es no es tan dramático como Frank Sinatra con un resfriado. «Sinatra con un resfriado es como Picasso sin puntura o un Ferrari sin gasolina», de acuerdo a Guy Talese. En cambio, el japonés siempre tiene algo más en su repertorio. No podrá lanzar la bola, pero puede sujetar el bate.