Pablo Juárez fue uno de los mejores jugadores en la historia del beisbol en Nicaragua. LA PRENSA/ARCHIVO

Pablo Juárez, un bateador temido por todos, hasta por los fanáticos

Ganó tres títulos de bateo y también encabezó la liga en jonrones y carreras empujadas, pero diez veces fue líder en bases por bolas intencionales recibidas

A Pablo Juárez hasta los fanáticos le temían. En cierta ocasión, en el desvencijado estadio Noel Gámez de Estelí le estaban gritando improperios. Algunos peloteros se intimidaban porque la cercanía de la malla que separaba el terreno de juego y las graderías, hacía que los jugadores sintieran los gritos de la barra en la espalda.    

Juárez no se asustaba. Se acercaba a la malla y con su tono amable de siempre se dirigía al líder de los gritones: “sigan gritando, después no se quejen cuando me desquite con el bate. Dos jonrones les voy a meter hoy”. Y luego el que más alentaba los gritos decía con vos suplicante: callémonos locos, se puede arrechar ese hombre y salimos perdiendo.

Y es que Pablo “se arrechaba” a menudo con su bate. Así lo hizo a través de una carrera de 20 años en la que terminó con promedio de .317, conectó 1,500 hits, de ellos 138 jonrones, ganó tres títulos de bateo y también encabezó la liga en jonrones y remolques, mientras se robaba 104 bases en una carrera sólida y legendaria.

Pero también los mánagers rivales le tenían sino temor, al menos respeto. De otro modo no se podría explicar el hecho de que Pablo haya sido líder diez veces en bases intencionales recibidas y eso que jugó en la misma época que don Pedro Selva y don Ernesto López, la pareja de cañoneros más feroces que ha tenido el país.

Juárez tenía unas formidables habilidades para batear y una capacidad para seleccionar los pitcheos admirable. Tan es así, que además de concluir su carrera sobre .300 en sus más de 4,500 turnos (4,736), también recibió 630 bases por bolas (de ellas 278 intencionales) por solo 304 ponches, una combinación que suele ser a la inversa.

Después de brillar como jugador infantil en 1968 en el torneo de Williamsport ganado por Nicaragua en Puerto Rico, Pablo hizo su debut en Primera División en 1973 y terminó con .306 como novato, antes de elevarse hasta .357 (233-83) en 1974 para el primero de sus tres títulos de bateo. Repitió luego en 1976 (.366) y 1977 (.374).

En 14 de sus 20 temporadas terminó encima de los .300. No ganó una triple corona, pero además de liderar la liga en bateo tres veces, también encabezó el torneo en remolques en 1977 (71) y en jonrones en 1986 (12). Es de los pocos jugadores con más de 1,000 hits, 100 jonrones y 100 robos, lo que habla de sus habilidades.

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Como seleccionado nacional bateó para .278 (360-100) en 14 años, con 12 jonrones y 72 empujadas. Tuvo torneos extraordinarios como el Mundial de Florida en 1974 (.391), la Copa Intercontinental de Nicaragua en 1977 (.372) o los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Medellín en 1978 (.395) donde pegó seis jonrones.

Hasta antes de la aparición de Nemesio Porras y Próspero González, quienes mediante una rivalidad amistosa llevaron su juego a otro nivel, Pablo fue el prototipo del bateador zurdo en el beisbol nacional y ahora, 31 años después de su retiro, la solidez de sus cifras persiste. Fue inmortalizado en el Salón de la Fama en 2010.

El pasado 28 de junio se cumplieron tres años de su desaparición física en 2020, pero su legado permanece intacto. A pesar de su don de gentes y su amabilidad con el público y los periodistas, Pablo era temido por los lanzadores contrarios y los mánager oponentes. Y bueno, hasta por los fanáticos como se vio aquella tarde en Estelí.   

Deportes Chinandega Pablo Juárez archivo

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