El naufragio de la Carta Democrática

Hay que reconocer que el colombiano César Gaviria es el hombre optimista por excelencia. Logró llegar a la Presidencia de la República (1990) de su país; logró alcanzar la Secretaría General de la OEA (1994-2004); y como si fuera poco, logró ilusionar a más de 300 millones de americanos de que ¡por fin! habíamos alcanzado el sueño dorado de nuestros antepasados y de las presentes generaciones, de vivir en democracia y libertad.

Recuerdo que cuando bajó del podio de la Secretaría General aquel 11 de septiembre del 2001, algunos ingenuos le vieron hasta un halo alrededor de su cabeza, añorando tal vez la bajada de Moisés del Monte Sinaí con las Tablas de la Ley. Y no era para menos: acababa de dar el último timbrazo que solemnemente daba por aprobada la Carta Democrática de la OEA, que 34 países se comprometían por unanimidad a impulsar en cada una de sus respectivas naciones.

Gaviria dijo en aquella transcendental ocasión que estaba inaugurando “el inicio de una nueva era del sistema americano”. Mas, sin ser prolijo, veamos algunos puntos muy someramente que contempla la mencionada Carta:

 • Entendemos por democracia no solo la preservación del gobierno popularmente electo sino como el cumplimiento de una serie de condiciones que incluye la defensa de los derechos humanos y garantías como la separación de poderes.

• Entre las condiciones que se consideran esenciales para la democracia y que los países se han comprometido en defender se encuentran el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales, la posibilidad de los pueblos de elegir a sus gobernantes y de expresar su voluntad a través de elecciones libres y justas.

 • El reconocimiento y respeto de los derechos sociales, la existencia de espacios y mecanismos de participación pública para que los ciudadanos se involucren directamente en la definición de su propio destino y por último, el fortalecimiento de los partidos y de organizaciones políticas como medios de expresar la voluntad popular.

Se ha demostrado hasta la saciedad cómo el binomio dictatorial y sus secuaces, sin el menor escrúpulo, han pisoteado una y otra vez todos esos derechos estipulados en la Carta y muchos más, en perjuicio de millones de nicaragüenses, en tanto los gobiernos dizque democráticos, teniendo en sus manos los instrumentos jurídicos para hacer justicia se limitan a simples declaraciones (ya mi archivadora está llena de ellos) que no solo generan impunidad sino también hilaridad en los altos círculos del régimen imperante.

Eso es tan ridículo, que es como si a los acusados de crímenes horrendos en el proceso de Nüremberg (1945-1946) los hayan condenado y luego mandado a que sigan cometiendo atrocidades en contra de la población civil, gozando de la impunidad absoluta.

Después de una condena, debe haber alguna sanción, eso es lo que indica la lógica. Agotadas las gestiones diplomáticas que contempla el artículo 20 de la Carta, por la tozudez dictatorial, la pregunta es: ¿Qué está esperando la Asamblea General de la OEA para aplicar los artículos 19 y 21 y demostrar con hechos tangibles, que su solidaridad es con el sufrido pueblo nicaragüense y no con la dictadura que los oprime y reprime?

Inexplicablemente, algunos pretenden escudarse en que hay que proteger al régimen de los Ortega- Murillo porque es de izquierda, como si esto privilegia tal condición. Sea de izquierda o sea de derecha están en la obligación de cumplir con la Carta y los derechos humanos.

Otros dicen hipócritamente, que hay que respetar el principio de la no intervención. Hace 45 años, cuando combatíamos a la dinastía somocista, el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, tuvo el gran acierto de proclamar ante el mundo que “el principio de la no intervención no debe servir para alcahuetear dictaduras”. Y hay quienes tratan de impulsar a la Celac sobre los despojos de la OEA.

Desgraciadamente de todo hay en la viña del Señor, pero quienes tienen tales aviesas intenciones, deberían darse cuenta que con sus políticas torcidas y violatorias de los derechos humanos están causando un daño irreparable a toda una población, que lo único que desea es vivir —como muchos de ellos lo hacen— con justicia, progreso y libertad.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí