Nueva York es una ciudad especial, llena de lujos y contrastes que se puede amar y odiar al mismo tiempo. Conquistar la Gran Manzana es conquistar el mundo, pero para lograrlo se debe pagar un peaje: el sacrificio y la distancia de los suyos, y aún así eso no garantiza nada. A veces Nueva York puede ser muy solitario a pesar de que hay más de ocho millones de personas. Y ahí, en esa vorágine se estableció un nicaragüense con los Yankees de Nueva York, ese equipo que tiene como casa un estadio de 2.3 billones de dólares.
Platiqué extendidamente con Jonathan Loáisiga en el nuevo Yankee Stadium y me sorprendió lo implicada de la gente con el equipo. Fui al partido de regreso a casa tras ser barridos por Boston de visita y, aunque el equipo esté en el tercer lugar, atrás de Tampa Bay y Baltimore, llegaron más de 30 mil fanáticos al estadio a un partido más del calendario regular.
Me encontré a Loáisiga tres horas antes del inicio del juego. El muchacho nicaragüense apenas había terminado de soltar el brazo, el cual se recupera de una lesión que lo golpeó en su tercera aparición de la temporada como relevista. Lo vi con buen semblante, pero denotaba tristeza. Y era evidente porque mientras sus compañeros entrenaban para el partido y su posible incursión en el juego, Loáisiga estiraba el brazo para luego ir a revisarlo con los doctores y así valorar su progreso.
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No hay mayor frustración para un deportista o un artista que estar alejados de su labor. Un Beethoven sin piano, un Picasso sin lienzo o un Alexis Argüello sin guantes. El artista necesita de su arte para vivir y cuando se aleja de ello aparece la tristeza, la nostalgia y a veces la depresión. Al preguntarle a Loáisiga sobre sus días en Nueva York me confesó algo duro: “Cuando el equipo anda de gira vengo a entrenar solo y luego me encierro en mi habitación. Muchas veces no veo los partidos de los Yankees y si los veo, los quito en la última parte”. Loáisiga lo hace porque al final del juego es donde le tocaba hacer su parte del trabajo, pero la imposibilidad producto de la lesión lo ha obligado a esperar y, esa espera, lo ha lastimado, pero a la misma vez lo ha hecho más fuerte.
No obstante, me quedó claro una cosa en el derecho nicaragüense: saber perder y aprender de la derrota. Él entiende que las lesiones no se controlan y caer en esa misma burbuja una y otra vez le han construido una coraza mental: “Esto me fortalece mentalmente”, confiesa el pelotero. Aún queda recuperar su velocidad, recibir el alta médica, lanzar en Ligas Menores hasta regresar a Las Mayores: “en agosto, si Dios quiere estoy de vuelta”.