Desde los albores de la humanidad los hombres y desde hace algún tiempo igualmente las mujeres, han manifestado su deseo no solo de conocer sino también de participar en política.
Es en Grecia, cuna de la civilización occidental, donde se originó el término, principalmente por medio del filósofo Aristóteles quien como buen observador descubrió, “que el hombre es un animal político”. Luego en el discurrir de los tiempos surgieron otros filósofos como Bodino y Hobbes, quienes fueron los teóricos de la monarquía absoluta y como Locke, Rousseau y Montesquieu, que con la separación de poderes y la soberanía popular impulsada por ellos, abrieron paso al liberalismo y al sistema democrático, más o menos como hoy lo conocemos.
En resumen: la política es la ciencia y el arte que trata sobre la relación de los seres humanos con el gobierno de los Estados. Hubo algunos filósofos como Maquiavelo, autor de El Príncipe, quien es considerado como el padre de la política moderna y a quien se le atribuyen frases como “divide y vencerás” y “el fin justifica los medios”. No obstante lo anterior, ha habido estadistas que en épocas más recientes se han dado a la tarea de enaltecer la política, como generadora de grandes beneficios para nuestros pueblos. Tal es el caso del prócer dominicano Juan Pablo Duarte (1813-1876) quien expresó: “La política no es una especulación; es la ciencia más pura y más digna, después de la filosofía, de ocupar inteligencias nobles”.
Me he permitido hacer esta lacónica introducción, porque como consecuencia de la trágica situación que vive nuestra patria, bajo el irracional despotismo de los Ortega-Murillo, cada día son más los hermanos nicaragüenses que se apropian de la idea equivocada de que la política es mala y que por lo tanto, lo que hay que hacer es olvidarse de ella o alistar las maletas para marcharse en busca de mejores horizontes, lo más lejano que se pueda, de nuestro desventurado país. A los que así piensan hay que aclararles, que la política no es mala sino que los malos son los políticos que se apropian de ella en función de sus egoístas intereses.
Para no ir muy lejos, en América Latina hubo dos revoluciones que se inspiraron en la libertad del sufragio demandando elecciones libres y alternabilidad en el poder, logrando que sus países evolucionaran hasta alcanzar altos niveles de desarrollo. Me refiero a la Revolución Mexicana encabezada por Francisco Madero y a la Revolución de Costa Rica liderada por José Figueres en 1948. De ninguno de estos dos países huyó masivamente la gente aterrorizada, por la represión de las revoluciones victoriosas o por la flagrante violación de sus derechos humanos. Tanto don Pepe como Madero al triunfar, tampoco corrieron a apoderarse de casas y propiedades ajenas.
En consecuencia: el apocalipsis por el que estamos pasando ahora los nicaragüenses con los Ortega-Murillo, no es más que la secuela de aquel engendro diabólico que no tiene parangón en nuestra historia patria. Han pisoteado nuestra Constitución, han violado sistemáticamente las leyes humanas y divinas y han hecho befa hasta de lo más sagrado, como lo es nuestra Iglesia católica.
Por otro lado: la solidaridad internacional que debería estar encabezada por la OEA con su Carta Democrática y los EE. UU. con su parsimonia de inocuas sanciones y declaraciones, solo me recuerdan la carcajada del dictador cubano Gerardo Machado (1934) cuando en circunstancias difíciles para su gobierno exclamó: “¡Ja, ja, ja, tumbarme a mí con papelitos!”
Mientras todo esto pasa, la pregunta es: ¿Qué está haciendo la oposición nicaragüense? Me dicen que están proliferando los grupos organizados y como prueba de ello aseguran que ya hay 4 uniones que juran, cada cual por su lado, serán los salvadores de la República. Todos disponen de programa de televisión. Ojalá que en sus programas enderecen sus baterías hacia el objetivo común que debe ser la democratización de Nicaragua y no en estar lanzándose improperios unos contra otros.
No es tiempo de polémicas sobre quién es digno o no de estar en la oposición. Es tiempo de luchar para alcanzar la liberación de nuestro pueblo y para eso necesitamos impostergablemente la unidad con todos, por el bien de todos.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).