Han pasado 5 años desde la insurrección de abril a la fecha, la tercera sacudida social más grande desde 1979 cuando los sandinistas violentamente arrebataron el poder a Somoza Debayle. Después llegó el 1990 con la derrota electoral de aquellos y el inicio de una fallida transición democrática con el gobierno de la Unión Nacional Opositora (UNO). Hasta ese 2018 cuyas expectativas, aciertos y desaciertos están aún frescos en el presente colectivo de los nicaragüenses.
El país logró algunas transformaciones de forma más que de fondo con el fenómeno social conocido como Revolución Sandinista de 1979, sin embargo lo que ha ocurrido es una enorme involución social sin precedentes, elevando dicha situación a niveles insospechados para muchos, dado el retroceso, la impunidad, la violencia institucional y el deterioro social que ahora cobija al país entero.
Retrocedimos y tal pareciera que no despertamos del letargo. Siempre en retrospectiva, el otro hecho a mencionar en esta conmemoración es la pasiva visión de la realidad social y cultural, tras el implante de la vacuna cerebral impuesta por los comandantes y la injerencia soberana de parte del castrismo cubano, de que todo el pasado, toda la holística nacional hasta la llegada de ellos había sido un fracaso digno de ser vaciado en la taza de un inodoro como lo escribió, con una narrativa frenéticamente panfletaria el poeta José Coronel Urtecho —cuyo nombre curiosamente lleva el centro politécnico instalado en los predios del Diario LA PRENSA, confiscados por el régimen actual—.
La insurrección del 2018 pasará a la historia por el hecho trascendente del despertar de la conciencia nacional ante lo ocurrido en la era post Somoza, pues hasta ahora se vivió bajo las trampas de una falsa “reconciliación” en la que la justicia privó para quienes arrastraron al país a una cruenta guerra civil cuyas heridas aún no sanan del todo.
Este avivamiento, este despertar debe prevalecer en la memoria de cada nicaragüense, y más aún en las fuerzas políticas de derecha, es decir, en la base hoy amorfa del liberalismo vivo pero sin partido, en la comunidad antisandinista que según las encuestas representa a la mayoría poblacional, para que, tras la ruta de un nuevo diálogo que no dudo llegará a darse entre todas las fuerzas decisivas, esté presente en cada paso dado en la agenda política por venir, para garantizar acuerdos sólidos que legitimen el advenimiento de la democracia sin tantas concesiones a los perdedores como ocurrió, trágicamente, con la administración de la señora Violeta Chamorro.
Debieron pasar casi 45 años de ceguera, laberintos y barbarie política en medio de un sandinismo bélico de 1979 a 1990 y una democracia maquillada y amordazada en los tres gobiernos liberales de transición, hasta alcanzar en el 2018 una reveladora cosmovisión política que, por fin, desnudó al sandinismo ante el colectivo ciudadano de lo que estos han sido y han representado para Nicaragua, de cara al actuar espiritual de la subversión y conspiración para mantenerse en el poder.
Aseveraciones que incluso no han estado ocultas del discurso oficial sandinista, ya que tienen sendos asideros en las palabras del exjefe del Ejército, Humberto Ortega, en los 80, cuando dijo que faltarían postes “para colgar a los opositores a la revolución”; en las palabras del exministro del Interior sandinista Tomás Borge, cuando sostuvo con una prepotencia descomunal que “todo puede pasar aquí, menos que el Frente Sandinista pierda el poder… cueste lo que cueste, digan lo que digan, lo único que no podemos perder, es el poder…”, y también, para rematar, otros llegaron a decir que la revolución fue “fuente de derecho…”
Son cinco años estos en los que si bien es cierto que se han dado algunos logros como la recuperación de la memoria histórica reciente, manteniendo con firmeza un espíritu de lucha que, aunque disperso sobre todo en el exilio, indudablemente terminará uniendo voluntades en torno a una meta que nos habrá de convocar a todos para la redención de la democracia.
Queda mucho por hacer aún, afianzar una nueva oposición política, cuyas cabezas y liderazgo deben surgir dentro de la propia Nicaragua, para alcanzar la libertad plena. Y para que las sombras no obnubilen las luces que pudieron haberse logrado en esa también fallida insurrección.
El autor es poeta y periodista nicaragüense radicado en Estados Unidos. Columnista Internacional y presidente del Partido de Derecha Accionario (OPA).