En la década de los noventa, durante el gobierno de doña Violeta, tuve por vecino en la ciudad de Managua a don Candelario. No voy a darles a conocer su apellido porque no estoy autorizado por él y porque estoy seguro que me respondería negativamente, ya que gran parte de su familia aún permanece en los linderos de esa gran cárcel, como es conocida hoy nuestra querida Nicaragua.
Don Candelario, que hace rato peina canas, después de cargar sobre sus hombros una vida de extrema pobreza, según me cuenta, tuvo la suerte de conocer a unos potentados salvadoreños que le enseñaron a comercializar productos centroamericanos y que, además, le facilitaron el financiamiento para que pudiese comprar la tierra que necesitaba, para su superación personal y familiar.
Para no hacer larga esta historia solo les diré que a los pocos años, la vida de don Candelario había cambiado radicalmente. Se había, cómo impulsado por un poder mágico, vuelto rico. Ya en su casa, cómo él dice, no se comía salteado, sus cinco hijos (tres hombres y dos mujeres) iban unos a la escuela y otros a la universidad. Era un caballero a carta cabal y su único defecto, si se puede llamar así, era que detestaba la política y se negaba rotundamente a participar en cualquier actividad que tuviera por leit motiv, defender alguna bandera partidaria en la política nacional.
Fue entonces cuando conocí a don Candelario (2008). Un año después de que reasumió el poder el FSLN y también el año en que me regresé a Costa Rica, decepcionado totalmente, por las sombrías perspectivas que se enseñoreaban sobre mi desventurado país. No volví a saber nada de don Candelario, hasta que…
El pasado Viernes Santo, cuando salía de la iglesia católica de Desamparados de cumplir con mi deber cristiano, escuché que alguien tímidamente me llamaba, desde un rincón del sagrado recinto: era Candelario. Pero no aquel Candelario que yo había conocido, quince años antes, sino otro muy distinto: enjuto y su cuerpo cubierto de andrajos, de tal manera que más bien parecía un espectro de ultratumba, que una persona normal.
Me contó balbuceante toda la tragedia por la que había pasado, desde que el FSLN había reasumido el poder. La forma arbitraria y cruel como las turbas del orteguismo habían invadido sus propiedades y confiscado sus cuentas bancarias; el encarcelamiento de uno de sus hijos mayores y la consecuente pobreza para toda su familia. Se quedó un momento meditabundo para concluir diciendo: “Si los buenos hombres y mujeres que tiene Nicaragua, se preocuparan activamente por el desarrollo institucional de nuestra nación, otro gallo cantaría”.
Una de las cosas que más me impresionó de su lúgubre relato, fue cuando me dijo que de lo único que estaba arrepentido y lo lamentaba, era de haberse negado siempre a participar en política. Me aseguró que hay muchos como él que al no participar, lo que hacen es dejarle el camino pavimentado a los corruptos, que nunca han trabajado y que lo único que saben hacer es “piñatear”.
Esto me recordó la historia del poeta y teólogo alemán Martín Niemoller (1892-1984) quien como Candelario, también era refractario a la política. En 1937 fue capturado por la Gestapo (policía nazi) y llevado al campo de concentración en Dachau donde perecieron miles de seres humanos. El dictador Hitler daba las órdenes y el carnicero Himmler las ejecutaba. En 1945 fue, milagrosamente, puesto en libertad por los Aliados. En 1946 escribió su famoso mea culpa, que ojalá sirva de lección a algunos nicaragüenses que ingenuamente piensan, que nunca serán tocados por las manos sucias de los esbirros al servicio de la dictadura de los Ortega-Murillo. He aquí el famoso poema:
“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas
guardé silencio
ya que no era comunista.
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los social demócratas
guardé silencio
ya que no era social demócrata.
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los católicos
no protesté
ya que no era católico
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los judíos
no protesté
ya que no era judío
Y cuando vinieron a buscarme, ya no había
nadie más,
que pudiera protestar por mi”.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE)