¿Volveremos a las catacumbas?

Cuando su santidad el papa Juan Pablo II visitó Nicaragua, en marzo de 1983, dos cosas recuerdo de él: la primera es que llamó la “noche oscura” a la ominosa etapa que estábamos atravesando los nicaragüenses, por las pretensiones de la dirección nacional del FSLN encabezada por Daniel Ortega, de querer implantar el totalitarismo en nuestra querida patria. Y la segunda: porque frente al asedio bochornoso de que estaba siendo víctima de parte de las turbas frentistas y al temor generalizado de que fueran a agredir a la multitud de fieles católicos allí presentes, expresó: “No tengáis miedo”.

Dos lecciones podemos sacar de ese hecho histórico lamentable, que no solo provocó la enérgica condena de la feligresía católica universal (1,300 millones) sino que también el repudio de todas las personas decentes en el mundo entero.

La primera lección que debemos haber aprendido es que el FSLN está integrado por nazi-fascistas-ateos que no creen en Dios y cuyo único propósito en materia religiosa es destruir a la Iglesia católica y a las demás creencias cristianas, que puedan ser un obstáculo en su camino y la segunda, es que se comprobó que las palabras de Mahatma Gandhi eran certeras al haber afirmado: “Aquel que se confía a Dios deja de temer a los hombres”. Razón tuvo el papa Francisco cuando en sus últimas declaraciones a la Agencia de Noticias argentina Infobae, comparó al régimen de los Ortega-Murillo con los comunistas y los hitlerianos, ya que ambas ideologías tienen en común el totalitarismo y la pretensión de aniquilar a las iglesias cristianas que propugnan por la libertad y la dignidad humana.

El destacado periodista francés Raymond Cartier en su excelente libro: Hitler, al asalto del poder, nos relata como el déspota alemán después de perder las elecciones de 1932, para alentar a sus huestes que se encontraban poseídas del desaliento, les dijo: “Cuando tengamos el poder, no lo soltaremos nunca”.

 Por su parte, Vladimir Ilich Lenin, en una reunión con la plana mayor de su partido en el Kremlin les manifestó: “Los comunistas debemos estar prestos a cualquier sacrificio y si es necesario, recurrir a toda clase de astucias, engaños y estratagemas y a utilizar métodos ilegales para evadir y ocultar la verdad”. Estas son las lecciones que ha aprendido muy bien el binomio dictatorial nicaragüense, por lo que no es remoto que, para poder practicar nuestra fe y nuestras creencias religiosas, tengamos que volver a las catacumbas como lo hicieron los primitivos cristianos.

Los nicaragüenses que estamos en el extranjero sabemos que para los opositores democráticos que viven dentro de las fronteras patrias es muy difícil expresar su desacuerdo o protestar en contra de los desafueros que casi a diario comete el régimen de los Ortega-Murillo en contra de la población nicaragüense.

Hay una clara diferencia entre los ejércitos y policías que tuvieron que enfrentar en su lucha emancipadora Mandela, Gandhi y Martin Luther King y la amarga realidad nicaragüense. Aquellos enfrentaron instituciones que estaban formadas por personas respetuosas de las leyes y de la integridad humana, en cambio los nuestros son como trogloditas, que obedecen únicamente a los intereses creados de la familia gobernante y sus secuaces.

 No obstante lo anterior, eso no debe de ser óbice para que haciendo uso de nuestra imaginación y sin correr mayores riesgos, se produzcan reclamos contra el sistema imperante. De lo contrario caeríamos en lo que nos advierte el gran poeta norteamericano Walt Whitman (1819-1892) en una de sus sabias intervenciones: “Una vez admitida la obediencia, sin protestar, es la servidumbre total”.

Ahora que se acerca la Semana Santa sería oportuno, como buenos cristianos, asistir a la liturgia eclesiástica de la Iglesia católica no solo para orar por la reconciliación nacional que tanto necesitamos, sino para pedirle a Dios nuestro creador por la libertad de monseñor Rolando Álvarez y de los 40 presos políticos que siguen siendo injustamente maltratados en las ergástulas de la dictadura.

En el caso de monseñor Álvarez, debemos impulsar además dentro y fuera de Nicaragua, su postulación como Premio Nobel de la Paz 2023. Él se lo merece, porque no ha escatimado ningún sacrificio, por alcanzar la concordia y la paz para todos los nicaragüenses.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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