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Levis Josué Rugama fue uno de los jóvenes que destacó en las protestas estudiantiles de 2018. Se dio a conocer con mayor proyección el día de la toma de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), el 7 de mayo de 2018.
Sin micrófonos e improvisando una tribuna en uno de los muros de concreto del campus, Rugama se paró frente a cientos de estudiantes y los motivó a seguir protestando por la recuperación de la autonomía universitaria. Tenía 20 años y era estudiante de segundo año de Derecho.
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«Yo quería estudiar y ser profesional para mi país», dice sobre sus ideales Rugama, un joven originario del municipio de San Dionisio, Matagalpa, de familia sencilla y de gran devoción cristiana.
Pero el destino de los estudiantes que enfrentaron a la dictadura de Daniel Ortega en 2018 estaba marcado por la persecución y la cárcel. La dictadura orteguista respondió al reclamo de los estudiantes con una represión armada que dejó más de 300 muertos en 2018, según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). También encarceló a más de 700 personas que participaron en las manifestaciones, y aunque las sacó de la cárcel en 2019, continuaron siendo perseguidos y amenazados.
Rugama fue uno de los estudiantes que estuvo preso por su activismo político, pero aunque salió de prisión tras la aprobación de la cuestionada Ley de Amnistía, su vida nunca volvió a ser normal en el país.
«En Nicaragua no podía ni usar el transporte público ni ir a la iglesia, ya no podía tener una vida normal, me sentía como un leproso en mi país», recuerda Rugama, tras tres años de exilio.

En febrero de 2020, Levis fue obligado por su familia a salir del país. El camino más largo de su vida ha sido el pasillo del pequeño aeropuerto de Managua. Cada paso era tan pesado e irreal que todavía vive ese momento como que fuera ayer. Salió de manera legal, aunque fue retenido al menos una hora por los agentes de Migración en el aeropuerto.
Trabaja de camionero
El exilio lo llevó a Canadá, pero este país ni siquiera le reconoció sus estudios de primaria y si quiere seguir estudiando, tiene que comenzar de cero.
Lo que sí logró en Canadá fue sacar su licencia de conducir después de aprender inglés, con lo que pudo conseguir un trabajo de conductor de camiones, oficio tan alejado de su carrera de abogado y de sus sueños de ser un profesional en su país natal. En Nicaragua se ganó el sobrenombre de «Canciller» por su forma diplomática de expresarse y por su formalidad para vestirse, muchas veces de saco y corbata.

«No he podido continuar mis estudios en la universidad, porque me he encontrado con esta barrera en Canadá y no he podido salir a otro país a buscar oportunidades de estudio, porque mi proceso de asilo se resolvió hasta hace poco. Una persona que tiene un proceso de asilo no puede salir del país», manifiesta Rugama.
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En el exilio, la nueva lucha de Rugama es contra él mismo tratando de convencerse de que al menos tiene vida y libertad en otro país, y que no puede ni debe regresar a Nicaragua.
Lucha contra la depresión
«Hay días que no me he querido levantar, no quiero comer, no he querido ni bañarme y la medicación me pone soñoliento, ha sido terrible, la mayor limitante que he tenido no ha sido ni siquiera vivir en Canadá, he sido yo mismo con la depresión», expresa Rugama.
«En realidad me he esforzado para enfrentarme a esta situación en un país extraño, sin familia, sin amigos, sin dinero, sin idioma, sin trabajo, donde has perdido todos los planes que tenías, sin mi diversidad que me encantaba, sin mis sueños de ser profesional, sin mi hobby (escultura en roca), sin ir a la iglesia…», agrega.
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Ha superado sus episodios de depresión aprendiendo a cocinar postres, algo que le apasiona porque es una manera de recordar a su abuela que fue panadera.
«La cocina me gusta mucho, mi abuela me enseñó muchas cosas de la panadería, incluso aquí he trabajado en cosas de panadería, pero porque me gusta. Aquí he aprendido a hacer cosas lindas, cosas bellas que soñaba con aprender. Aquí aprendí a hacer chocolate. Soñaba con hacer galletas de esas que comemos en bolsitas allá (en Nicaragua), como las galletas Can Can, como las Oreo, ahora las sé hacer», cuenta con entusiasmo.

Sueña con volver a su país
Aunque ama a su familia en Nicaragua y extraña a su abuela, una de las cosas más difíciles es comunicarse con ellos.
«Mi abuela no es consciente de la situación y me pregunta cuándo voy a regresar».
Después de tres años de exilio ha logrado acomodar su tiempo para trabajar, estudiar, ir a la iglesia y seguir participando en activismo político. Su mente sigue en Nicaragua, no se imagina vivir el resto de su vida en otro país y todos los días espera volver.
«Cada mañana amanezco pensando que hoy pueda ser un día en el que pueda regresar a mí país», dice Rugama.
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