Este 8 de marzo se cumplen 7 años de la muerte de Domingo Sánchez Salgado, Chagüitillo, un hombre excepcional y especial en mi vida… mi padre.
Él nació el 20 de diciembre de 1915 en el poblado de Chagüitillo, situado a 4 kilómetros de Sébaco y a 22 de Matagalpa. En la época precolombina Sébaco fue importante centro ceremonial, asentamiento de los indígenas Matagalpa.
La ciudad de Matagalpa a inicios del siglo XX era un pequeño poblado con arquitectura colonial sencilla. En 1872 ya había una imprenta en Matagalpa, luego otras en 1890, 1918, 1935, 1950. En 1909 se publicó el primer semanario y entre 1910 y 1913 había ya un periódico. Justo en 1915, un grupo de jóvenes formaron una compañía de teatro.
Domingo Sánchez Salgado, cuyo padre, Filadelfo, era descendiente de la casta indígena de Sébaco y de madre jinotegana, nacía en medio de ese desarrollo que iban teniendo Matagalpa y Sébaco.
Chagüitillo (comarca de Sébaco) era un poblado de convergencia para viajar a Matagalpa, a Jinotega y a León y doña Juana Salgado, mi abuela paterna, tenía una especie de hostal donde pernoctaban los viajeros.
El chavalito Domingo Antonio Sánchez Salgado creció en medio del bullicio y movimiento propio del negocio de su madre. Pendiente de los viajeros, cómo hablaban, cómo vestían (me lo imagino como en una película del cine mudo en blanco y negro). En medio del movimiento del campo y el desarrollo de Matagalpa a la cual viajaban en carreta con cierta frecuencia y a caballo.
Contaba él que el obispo de Matagalpa había sido su padrino (nunca le pregunté el nombre). En Google sale que mediante bula papal del 2 de diciembre de 1913, el papa Pío X crea la provincia eclesiástica de Nicaragua designando diócesis y arquidiócesis. En la bula se indicaba que el arzobispo de Managua debía tener un obispo auxiliar en Matagalpa, siendo el primer obispo monseñor Isidoro Carrillo y Salazar, y el segundo monseñor Alejandro González y Robleto. Monseñor Carrillo, pues, fue el padrino de mi padre, quien era un niño en esa época.
El pequeño Domingo aprendió las primeras letras con un viajero hondureño que se hospedó en su casa por buen tiempo. Casa de alerones y horcones de madera donde los viajeros colgaban hamacas para pernoctar. Decía él que su mamita era de avanzada, pues le pidió al señor hondureño que les enseñara a leer a Domingo, su hermana Ramona (Monchita) y a la misma mamita (mi abuela Juana). Ella le dijo a otras personas del poblado que también aprendieran a leer, pero le respondieron que eso no serviría de nada pues lo que debían aprender eran las labores del campo, los varones, y del hogar las mujeres.
En 1919 llegó a Matagalpa, procedente de León, el primer vehículo de motor movido con gasolina.
En 1923, el pequeño Domingo ingresa en el Colegio Diocesano San Luis, de Matagalpa, fundado el 21 de junio de 1915 por el entonces obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua en Matagalpa, monseñor Isidoro Carrillo y Salazar. La Diócesis de Matagalpa sería creada después, en 1924, año en que se consagra al primer obispo de la ciudad.
Contaba mi padre que el hermano que les recibió en el colegio les preguntó de dónde llegaban y cuando le tocó su turno, respondió que él llegaba de Chagüitillo. Es a partir de allí que para identificarlo le dicen Chagüitillo, sobrenombre que se convertiría en su nombre de lucha y parte de su esencia. El cual llegó a ser como su único nombre o bien su segundo o tercer apellido por siempre.
En una de las tantas entrevistas que le hicieron, mencionó que el haber estudiado la primaria (algo poco común en las familias campesinas de la época), haber sido mensajero de un abogado conservador matagalpino y haber participado en 1944 en una huelga de albañiles (oficio al que se dedicaba) eran seguramente los 3 factores que lo empujaron a ser y desarrollarse como lo hizo, en el movimiento por reivindicaciones sociales para la clase trabajadora obrero-campesina en Nicaragua.
Era un hablantín empedernido, visionario en muchas cosas referente a las leyes sociales, gran autodidacta.
Una imagen que tengo en la mente es verlo sentado en un taburete, con una mesita enfrente en la cual había una máquina de escribir, con papel listo para hacerlo. Escribía con 2 dedos, pero era rápido. El golpeteo del carrete de la máquina sonaba seguido al ir avanzando, al ir plasmando tantas ideas que se agolpaban en su pecho y entre sus sienes, musitaba lo que iba a escribir y leía lo ya escrito. A su lado, en la mesita, estaba siempre el inseparable diccionario Pequeño Larousse al cual recurría constantemente.
Era un ser imperfecto, pero gran luchador por una Nicaragua mejor. Creyente de la lucha por la vía cívica para lograr cambios sociales. Hombre del cual, en general, quienes le conocieron, ya sea por ideas afines y también por ideas contrarias, dijeron que había sido un hombre con una trayectoria honrada.
Para sus hijos y demás descendencia fue grato recordar en sus honras fúnebres tantas expresiones de ese tipo. Creo que lo logró porque mencionaba que su mamita Juana le dijo un día a aquel Domingo, hombre maduro pero joven ya convertido en un dirigente sindical: “Viniste al mundo con las manos limpias, con las manos limpias debés irte». Consciente e inconscientemente, esa frase lo marcó en el camino de la lucha cívica.
El recuerdo de su mamita, sus consejos, su ímpetu, fue su faro durante su trayectoria haciendo camino al andar.
Domingo Sánchez Salgado descansa en paz. Sus hijas e hijos y todos sus descendientes lo recordamos con cariño y orgullo.
La autora es hija de Domingo Sánchez Salgado, Chagüitillo.