Borrar el pasado condena el futuro

Por más que se trate de querer propiciar entendimientos entre sectores de la oposición, resulta difícil olvidar el pasado de algunos que fueron parte del régimen, pero que ahora adversan a Daniel Ortega,  actuando como verdaderas personas de derecho amantes de la democracia y  obviando  el ayer; además reclaman y buscan espacios de figuración  política pretendiendo volver a ser poder, olvidando lo siniestro para Nicaragua en su proceder monolítico dentro del gobierno de 1979 a 1990, lo evidencian  en la actualidad y antes, como cuando el periódico Barricada, órgano oficial del sandinismo en la noche oscura, tildó de «bestias» a los comandos de la Contra.

Todo aquel que representa un pasado de confrontación debería, por respeto mismo a la democracia, abstenerse de continuar ocupando espacios públicos políticos, pues ya cuentan con un pasado que los condena, y eso es aplicable a Nicaragua, pero también a Latinoamérica, como en Colombia con su actual mandatario Petro, quien no  ha logrado dar pie con bola en su administración, y no podrá, siendo desde ya un fallido paso presidencial comunista y el inicio de las caídas de ese sistema en la región.

Borrar el pasado condena el futuro  y arrastra a  procesos de entumecimiento social, al resarcimiento de viejas heridas y por lo tanto la confrontación no se acaba.  

El único que entendió claramente la lección fue el exguerrillero de El Salvador, Joaquín Villalobos, quien sabe que su figura representa el pasado bélico en su nación, habiendo quedado merodeando en universidades europeas como en Oxford y quizás cebando conspiraciones, pero desde otras esferas. En Nicaragua no ha sido así y algunos de los viejos comandantes y los intelectuales y escritores resultan ser adalides modernos y paladines gramaticales de la libertad y sus glorias eternas.

A menudo  resaltan hechos del pasado no consumados del todo por la memoria colectiva y el imaginario social. Pongo un ejemplo: Con la excarcelación y destierro de los más de doscientos presos políticos  tras la presión de Washington al régimen de Daniel Ortega, resaltaron en las entrevistas y cámaras algunas personas que anteriormente fueron parte de la guerrilla y del régimen sandinista de los 80 hasta 1994, lo que permitió a muchos familiares y presos desde 1979  (liberales, contras, exguardias y exmilitares de la dinastía) acusados de haber sido somocistas, a expresarse y recordar las bárbaras represalias en las cárceles de muchos que, o por haber sido somocistas u opositores estuvieron tras las rejas. 

A pesar del dicho popular de que la memoria de los pueblos es reducida, no siempre es así  (y los referentes con nombres y apellidos están a la vista de todos).  Los reflectores están encendidos. Pero al día de hoy y salvo algunas memorias escritas por personeros del viejo somocismo o afectados por el sandinismo, nadie o pocos enaltecen o evidencian  como registros certeros de la historia, sus duras noches y días en las ergástulas sandinistas. Se decía con gran pompa abruptamente triunfalista, castrista  y mesiánica, que la «revolución» había sido hecha por poetas, cantores y artistas.

Y  en cierta forma  fue cierto, pues hasta un poeta, Francisco de Asís Fernández, fue nombrado presidente del sistema penitenciario y alguien más, Gloria Gabuardi, perteneció a los Tribunales Populares Anti Somocistas, en los cuales, como en todo el sistema judicial del pasado y presente sandinista, se cometieron múltiples violaciones a los derechos humanos. 

Lamentablemente no existe un solo poema de Ernesto Cardenal o Gioconda Belli, o una prosa de Sergio Ramírez sobre las atrocidades cometidas por  su partido y gobierno comunista, ni ninguna canción de los hermanos Mejía Godoy sobre los héroes de la otra trinchera armada, ya que además, estos no eran marcianos, sino los mismos campesinos que en un tiempo en la guerra despiadada contra Somoza eran los inspiradores de sus poemas y canciones, pero quienes de la noche a la mañana se convirtieron en «asesinos, criminales y bestias compradas por el imperialismo estadounidense», como rezaba la mega agitación propagandística contra todo lo que se oponía a los dictámenes de los comandantes.

En realidad en  su mayoría quienes fueron parte de la caída del régimen, fueron esos campesinos rearmados por las injusticias y errores de la revolución desde sus inicios, lo que reduce sus expresiones artísticas, en el caso de los hacedores de cultura de los 80, a meros panfletos selectivos del marxismo cultural global.

Es más, las brigadas culturales enviadas a los pobres muchachos arrancados a llanto de las enaguas de sus madres para ir forzados al Servicio Militar obligatorio, a la guerra, a morir como carne de cañón en nombre de la «revolución», insisto, eran enviadas, como el grupo Guardabarranco a cantarles y divertirlos antes de entrar dichos jóvenes en combate en una guerra caprichosa y deleznable en la cual ellos nada tenían que ver. Duro, pero cierto, y esto chorrea sangre guste a quien guste y duela a quien duela. 

Prosiguiendo en este tenso y espinoso debate sobre la compleja unidad nacional alrededor de una propuesta para salir del orteguismo, hay otro hecho que golpea la conciencia de todos aquellos que combatieron con las armas a dicho sistema, los contras, quienes no olvidan, como muchos de nosotros, un recorte en portada 600 bestias huyen a Honduras  (o algo así), de Barricada, dirigido por el periodista Carlos Fernando Chamorro Barrios, en el que se anuncia dicha estampida de los guerrilleros luego de un enfrentamiento con el Ejército rojo y negro —por cierto el mismo de ahora1—. 

No eran «bestias». Eran algunos exguardias somocistas, otros campesinos en su mayoría y otros hasta desertores del gigantesco aparato militar «revolucionario» que proclamaban por los cuatro vientos que dicho proceso era fuente de derecho y de vigencia hasta el fin de los tiempos. Ni lo uno ni lo otro. Esa llamada transformación de Nicaragua resultó ser una porquería social como todas en los países donde el comunismo se ha enquistado.

El rechazo de estos exrearmados hacia esa y otras publicaciones y comportamientos obligan a repensar escenarios de unidad y reconciliación entre sectores adversos del pasado por culpa de los propios sandinistas, pues monolíticamente lo fueron en esos once años de 1979 a 1990.

Ahora bien, que dichas personas ahora exorteguistas pretendan hacer su lucha, que lo hagan, están en su derecho, pero no a pretender erigirse en una especie de «sandinismo sin Ortega», pues eso retroalimentaría viejos encontronazos que no van a permitir un verdadero proceso de democratización.

Por otra parte, la oposición al sandinismo no necesita de ellos. Dialécticamente hablando, pueden incluso estar juntos pero no revueltos, por ejemplo en una contienda electoral de todos contra Ortega, pero ellos en lo suyo.

La oposición está dando ciertos palos ya no tanto de ciegos. Vientos unificadores empiezan a tejerse. También empiezan algunas semillas político-partidarias a estructurarse, pues la historia está por reescribirse, por proscribir  tanta  infamia. 

Ahí están los relatos de los otros presos, somocistas y contras en las mismas cárceles, los recortes del periódico Barricada, los poemas  contaminados hasta de plagios («No pasarán»), las canciones iracundas y las prosas realmente profanas,  sin lágrimas, pero escritas con tinta de Cocodrilo (Adiós muchachos), nos lo están diciendo. 

Las bestias pueden regresar.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista Internacional.

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