Las épicas elecciones del 25 de febrero de 1990

Se cumplen este sábado 33 años de las épicas elecciones del 25 de febrero de 1990, en las cuales la Unión Nacional Opositora (UNO) y su candidata presidencial, doña Violeta Barrios de Chamorro, derrotaron al partido armado FSLN y al comandante sandinista Daniel Ortega, que en lo personal aspiraba a su primera reelección presidencial.

Elecciones épicas, decimos, porque constituyeron uno de esos acontecimientos grandiosos, extraordinarios, fuera de lo común, que cambian la historia o el rumbo histórico de los países y las naciones.

En realidad, las elecciones del 25 de febrero de 1990  fueron épicas no solo ni tanto por la derrota del FSLN y Daniel Ortega. Es que pusieron fin de manera cívica y pacífica a un proceso revolucionario de corte totalitario, al régimen de un partido que en 1979 había tomado el poder por medio de la guerra, y hasta entonces, según la lógica de la historia de Nicaragua solo por medio de la violencia armada se podía lograr un cambio de régimen político.

Gracias a los resultados de aquella elección histórica, se estableció un gobierno democrático; se puso fin a la guerra civil y se impulsó la reconciliación nacional; se estableció la libertad de expresión y de prensa sin restricciones; los partidos políticos se pudieron organizar libremente y competir pacíficamente por el poder; no hubo más presos políticos; se respetaron los derechos humanos; y, en fin, se pusieron en práctica los valores y principios de la democracia, auténtica y sin apellidos.

Sin duda que se cometieron errores en la conducción de la democracia que comenzó después y como resultado de las elecciones del 25 de febrero. Se defraudó a muchas personas que esperaban y exigían la disolución del Ejército y la Policía; la transformación rápida y radical del poder judicial; la proscripción del sandinismo y otras medidas no propias de una democracia. Lo cual no se podía ni se debía hacer, porque doña Violeta Barrios de Chamorro ganó las elecciones en el marco de la Constitución, que juró respetar y la respetó.

Lo que sí podía hacer el gobierno de doña Violeta, y lo hizo, fue impulsar un proceso gradual y  moderado de reformas democráticas en todas las instituciones del Estado; en la economía nacional para que fuera nuevamente productiva; y en las relaciones humanas y sociales para que los nicaragüenses de distinto signo ideológico y opuesta filiación política, no siguieran viéndose y tratándose como enemigos mortales e irreconciliables.

Lo que falló fue la consistencia ética de los líderes de un sector democrático, pero corrupto, que se enriquecieron en el gobierno y tenían mucho poder político; los cuales, a fin de proteger y continuar su corrupción, pactaron para frenar el proceso de la democratización y desmantelar las instituciones democráticas que todavía estaban frágiles.

No obstante, las elecciones del 25 de febrero de 1990 demostraron que bajo determinadas condiciones favorables, el voto ciudadano puede ser un poderoso factor para el cambio democrático. Y la lección es que la opción electoral no se debe descartar, que se podrá usar cuando sea posible como instrumento de recuperación de la democracia perdida.

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