Hablar de política en un país donde no hay o no se puede practicar ese derecho básico de los ciudadanos, parece un disparate y en el mejor de los casos un ejercicio intelectual. La práctica de la política necesita libertad de expresión y de prensa, de organización y reunión, de movilización y de la posibilidad de acceder al poder por medio de mecanismos institucionales, como las elecciones competitivas y libres periódicas.
Pero hay que hacerlo, o sea hablar de política porque en algún momento, tarde o temprano, habrá la posibilidad real de practicarla y por tanto hay que mantener entrenada la conciencia política.
Los politólogos dicen que desde que las personas humanas dejaron de ser salvajes —en el sentido de primitivos y no civilizados—, cuando salieron de las cavernas o se bajaron de los árboles, se agruparon en familias, clanes y tribus, y se asentaron en aldeas primero y ciudades después, ya comenzaron a practicar la política. Y constituyeron el Estado con sus correspondientes autoridades.
No es por casualidad que la palabra política deriva de polis, como llamaban los antiguos griegos a la ciudad donde habitaban. Es decir, la política como actividad y autogobierno de la gente que vive en la ciudad y que se organiza y ordena para progresar y vivir mejor.
De manera que también a partir de entonces las personas empezaron a reflexionar, a hablar y hasta a teorizar y filosofar sobre la política. Aparecieron los filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles.
Al mismo tiempo aquellos hombres comenzaron a luchar entre ellos por el poder. “La política es fundamentalmente poder —razona el enciclopedista Rodrigo Borja—. La síntesis ni la conciliación sociales pueden lograrse sin el poder. Por eso algunos pensadores han definido a la política como la teoría y la práctica de las relaciones de poder. Pero no es un poder que actúa en el vacío sino en el seno de una sociedad dada y, por tanto, en el marco de un territorio determinado. Es un poder que se ejerce sobre los hombres y dentro de un espacio físico. Es un poder que nace dentro de la sociedad y que actúa al servicio de sus tendencias, la primera de las cuales es el orden. Las luchas políticas son luchas para alcanzar el poder y conservarlo. Y realizar con él el orden social que se considera adecuado”.
En un artículo de opinión publicado a fines de enero pasado en el periódico El Nacional, de Venezuela, el dirigente político democrático Antonio Ledezma reflexiona sobre la política. La define como “una ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los Estados”.
En la política, dice Ledezma, “lo que hagamos bien o mal, o lo que dejemos de hacer correctamente, terminará afectando a la sociedad y al país. La calidad de vida de los ciudadanos estará relacionada en esa ecuación causa-efecto por las acciones que asumamos en la vida política, bien sea para remediar los pequeños problemas estimados como simples detalles, hasta esas decisiones de mayor calado que desembocan en grandes trasformaciones económicas, sociales y políticas de un Estado”.
Ledezma cita a Platón, para el que “la política es el arte de gobernar a los hombres con su consentimiento”. A Aristóteles, quien dijera que “el fin de la política es el bien de la comunidad, y este es superior al bien del individuo”. Y a Sócrates, al que Platón le atribuyó en sus Diálogos haber filosofado que “los valores que determinan la vida individual (virtud, verdad y sabiduría) también deben dar forma a la vida colectiva de la comunidad”.
Pero la política no solo es buena, sino también mala, porque la practican los hombres, los seres humanos que, al decir del filósofo alemán Immanuel Kant, están hechos de madera defectuosa. De manera que siempre ha habido quienes practicaron la política para favorecerse a sí mismos, y peor aún, para oprimir a las demás personas.
En ese sentido Antonio Ledezma menciona al estadista británico Winston Churchill, quien señaló que “algunos hombres cambian de partido por el bien de sus principios; otros cambian por el bien de sus partidos”, y el de ellos mismos.
Cita al español Felipe González, quien con su proverbial agudeza advirtió que en la actualidad “la mediocridad está produciendo políticos que se confunden con vendedores de electrodomésticos”. Se refería inclusive a líderes de su propio Partido Obrero Socialista Español (PSOE).
Pero políticos buenos y políticos malos siempre los habrá. Lo más importante es que haya democracia y libertad para hacer política, para impulsar a los buenos políticos y poner a los malos en el lugar donde merecen estar.