Conocí al padre Juan Álvarez Iglesias (1937-2023, sacerdote español, escolapio) como docente en el Colegio Calasanz de Managua.
Tenía una barba densa y cerrada que crecía hasta la región infraorbitaria; puños como garras de oso, brazos gruesos, cubiertos de vellos y un semblante muy serio, de enterrador. Alto y fornido. Infundía temor y respeto. Pocas veces le vi sonreír.
En nuestro último año de secundaria, nos impartía la asignatura de Filosofía, con reflexiones extensas sobre la verdad, el bien y nuestra existencia. De paso, corregía nuestro castellano, en habla y escritura. Nunca tuve una amistad con él y pocas veces cruzamos palabras.
Una mañana, antes del inicio de clases, cerca de las 7:00 a.m. me sorprendió al llamarme a su despacho de improvisto, desde el pasillo. Me tomó de las muñecas, con las palmas de mis manos hacia arriba, como quien recibe algo y me dijo: “Usted tiene una mente muy dispersa; debe enfocarse más”. Lectura muy acertada de mi persona y algo con lo que aun contiendo.
Recuerdo que su clase de filosofía era menospreciada por la mayoría. Se hacían bromas de ser la hora más larga del día, justo antes de irnos a casa. De cuarenta estudiantes, si cinco apreciábamos la clase, creo que era mucho.
Cuando él percibió esto, nos habló de un examen final en noviembre, y quien no lo aprobara, no pasaría el año. Inmediatamente, todos empezaron a mostrar interés y a tener más respeto por la clase. Cuando llegó el día del examen, por el que estábamos nerviosos, el padre repartió una hoja de papel a todos.
En vez de una evaluación sobre sus cátedras profundas de filosofía, era una hoja con el escrito de la poetisa dariana chilena Gabriela Mistral, El placer de Servir, que dice, entre otras cosas:
Toda la naturaleza es un anhelo de servicio.
Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los
corazones y las dificultades del problema.
El servir no es faena de seres inferiores.
Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamarse así:
«El que Sirve». Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién?
Él nos entregaba el poema como un obsequio, cuando todos esperaban una prueba imposible, destinada a aplazar a la mayoría. Piedad digna de un escolapio. Aún conservo esa hoja de papel, después de veinte años. Nunca olvidaré su dureza, su seriedad, su consejo y sus cátedras de filosofía. Fue un privilegio para mí sentarme en un pupitre y aprender de él.
Hasta siempre padre. Piedad y letras.
El autor es exalumno del Colegio Calasanz de Managua.