El papa Francisco se pronunció este domingo 12 de febrero en favor del obispo nicaragüense Rolando Álvarez, quien el viernes anterior fue condenado por el régimen a 26 años y 4 meses de prisión; y despojado de su nacionalidad nicaragüense. El santo padre de la Iglesia católica mundial pidió a los líderes de Nicaragua “que abran sus corazones a la verdad y la justicia”, e invitó a todos “a rezar por la paz y por la intercesión de la Inmaculada Virgen María para promover el diálogo”.
También el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) y las conferencias episcopales de España, Chile, Argentina y Costa Rica repudiaron la sentencia dictada contra el obispo de Matagalpa, lo mismo que a título personal han hecho obispos de diversos países.
En Miami, el exiliado obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, en su homilía de la misa dominical en la Iglesia de Santa Ágata denunció vigorosamente la injusticia que se ha cometido contra el obispo matagalpino. Mientras que el cardenal Leopoldo Brenes dijo el mismo domingo en la Catedral de Managua que la oración es la fuerza de monseñor Álvarez, y pidió a los católicos orar para que “el Señor le dé la fortaleza, que le dé el discernimiento en todas sus acciones que pueda hacer”.
Por su parte el cardenal de Honduras, Oscar Andrés Rodríguez, comparó la situación del obispo nicaragüense martirizado, con “la persecución que sufrieron los primeros cristianos…” Pero al mismo tiempo reflexionó con sentido profético: “¿Será que esos injustos —los que condenaron a monseñor Álvarez— piensan que van a vivir 26 años?”
La reflexión del cardenal de Honduras es válida. Pero, además, si monseñor Álvarez fue encerrado en la cárcel de Tipitapa y condenado a más de 26 años de prisión porque no aceptó irse con los 222 ex presos políticos que el jueves 9 de febrero fueron excarcelados y desterrados a Estados Unidos (EE. UU.), queda abierta la posibilidad de que de todas maneras lo destierren en contra de su voluntad. Y pronto.
Lo cierto es que parece improbable que el obispo mártir de Nicaragua vaya a cumplir la injusta condena de más de 26 años de prisión que le han impuesto. Por el contrario, más temprano que tarde podría ser también desterrado, por la fuerza, poniéndolo en el otro lado de alguna de las dosfronteras terrestres nacionales como hicieron con las religiosas de Madre Teresa de Calcuta.
Si el régimen excarceló y desterró a los 222 presos políticos para quitarse de encima la pesada carga de tenerlos en la cárcel enfrentando la fuerte presión internacional, ¿por qué querría pagar el costo de mantener preso a monseñor Álvarez, quien, por su investidura religiosa, su carga moral y la fuerte presión internacional pesa tanto o más que los 222 excarcelados y desterrados el jueves pasado? El régimen ya había decidido desterrar a monseñor Álvarez y lo condujo hasta la escalerilla del avión que lo llevaría a EE. UU., junto con los demás presos políticos excarcelados. El obispo no se fue porque no aceptó el destierro y prefirió seguir en la cárcel.
Para muchas personas adversarias del régimen, el obispo Álvarez ya es un santo, un mártir de la Iglesia y de la libertad religiosa, pero también de la democracia y los derechos humanos. Y valoran su sacrificio personal en la cárcel como una inspiración para seguir luchando por hacer realidad esos valores y principios.
Quienes integran la cúpula del régimen lo saben igualmente. Y han de preferir que —igual que monseñor Silvio Báez— el obispo Álvarez esté fuera del país porque aquí su martirio carcelario les puede causar un daño mayor.
Ojalá que así sea. Monseñor Rolando Álvarez ha sufrido demasiado, personal, física y moralmente. No debería seguir sufriendo más. De todas maneras tarde o temprano Nicaragua volverá a ser un país democrático.