La ley y la vida

La sabiduría y sensatez se dan a partir de la experiencia de la vida y de los años, estas brotan de la persona que ya sabe lo que es la vida y las contradicciones de la misma y surge el deseo que nuestros seres queridos posean una orientación importante para vivir.

El consejo es: sé libre, escoge con libertad, no te sientas obligado, no dejes que otros decidan por ti, pero, por favor elige lo mejor. (Eclo 15,16-21).

La pregunta que surge rápidamente, y que seguirá surgiendo en la mente de todos, es: ¿Y qué es lo mejor? ¿Dónde encontrarlo? Esta pregunta que nos inquieta, ante las muchas posibilidades que nos ofrece el mundo, los autores sagrados, los sabios remitían a lo que ellos llamaban los mandatos.

Un conjunto de reglas sobre cómo comportarse para tener éxito. Lo que nosotros llamamos mandamientos son frutos de un proceso muy largo de reflexión que concluye expresando lo más conveniente para que la vida vaya medianamente bien.

En ellos se refleja la situación humana con sus problemas y sus búsquedas, sus dudas e indecisiones, sus necesidades y la fuerza de los caprichos innecesarios, pero tenaces en su seducción y atractivo.

La persona mayor, el que ya ha vivido, lanza sus consejos: cuidado lo que haces, no te dejes engañar, cuida con quién vas, no te pierdas. Este conjunto de enseñanzas prácticas ha tenido etapas más o menos felices en la historia. (Sal 118).

Ahora podríamos decir que no es uno de sus momentos más brillantes, en otro tiempo quizá se exageró su importancia, pero parece que hoy no lo es tanto, prima más escoge lo quieras, disfruta y que nada ponga freno a lo que deseas.

A lo largo del tiempo ha habido personas y teorías que defienden que la creencia y la vivencia religiosa son incompatibles con lo libertad individual. La sabiduría y a libertad nos acercan a Dios. (1Cor 2,6-10).

Parece que hacer la voluntad de Dios fuera sinónimo de pérdida de identidad. Esto se debe, por una parte a una falsa imagen de Dios como alguien tirano y egoísta, avasallador, y por otra, a que la voluntad de Dios nos parece totalmente arbitraria.

Si volvemos los ojos a Jesús nos daremos cuenta que para Él la libertad no es un fin en sí mismo sino un medio para algo mayor, en su caso para el cumplimiento de esa voluntad de Dios.

Nuestro Dios no es un Dios caprichoso ni egoísta, quiere lo mejor para nosotros y lo mejor para el bien común. Lo que sucede es que nosotros magnificamos lo que creemos bueno para nosotros y muchas veces eso choca frontalmente con el bien común. Nos cuesta aceptar que nuestra libertad termina cuando comienza la del otro.

En tiempos de Jesús había un grupo que exageraba tanto la importancia de la ley que cualquier mínima crítica o desliz era interpretado como un ataque frontal a la totalidad de la misma. Por eso atacan directamente y sin reparos a Jesús porque el proclamaba una actitud de libertad y una relación distinta con la ley. (Mt 5,17-37).

No he venido a abolir la ley y los profetas (Mt 5,17): esta expresión hace referencia a la tradición siempre presente en el pueblo. Los profetas representaban a los que buscaban el sentido profundo de las cosas.

La ley indicaba lo que era importante para vivir. Jesús dice que no ha venido a abolir sino a dar plenitud, es decir ha venido a decirnos que lo importante no es que yo de una limosna, que en un momento concreto puede tener su importancia, pero lo importante es que yo esté pendiente siempre de atender al necesitado, que es distinto.

Lo importante es que las cumpla no por obligación sino por un deseo personal profundo al descubrirlas como algo fundamental para mí.

Las leyes cumplen su función cuando nos acercan más a Dios y nos acercan más al prójimo sobre todo al más necesitado. No puede haber contradicción entre una dirección y la otra, si la hay es que algo está fallando.

Pidamos al Señor que nos haga valorar nuestra libertad, pero al mismo tiempo sepamos descubrir que lo mejor para nosotros muchas veces es aquello que más nos cuesta, se lo pedimos al Señor, y lo hacemos al tiempo que recordamos a los que menos tienen, a los que sufren, enfermos o están solos, para que siempre encuentren a alguien que sea su apoyo y consuelo.

El autor es sacerdote católico.

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