El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, radicalizó más su discurso sobre política internacional en la presentación pública que hizo el jueves 2 de febrero en la noche, al lado del canciller de Irán, Hossein Amir-Abdolalahian.
Además de sus habituales y duros ataques verbales contra Estados Unidos (EE. UU.), la Unión Europea y la ONU, Ortega introdujo un nuevo elemento de radicalización de su enfoque sobre la geopolítica mundial, al plantear que Nicaragua debería tener por lo menos “una bombita atómica” para que EE. UU. la respete.
Se podría pensar que lo dicho por el comandante sandinista ante el canciller iraní solo ha sido una ocurrencia ocasional. Pero él es un jefe de Estado reconocido por la comunidad internacional representada por la Organización de Naciones Unidas (ONU), de manera que sus palabras no deben ser trivializadas ni menospreciadas.
Seguramente no ha sido por casualidad que Ortega ha hablado de que Nicaragua necesita una “bombita atómica” para defenderse de EE. UU., cuando el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) acaba de informar que ha identificado en Irán máquinas modificadas “significativamente” que acercan al régimen de ese país a la producción de armas atómicas.
A partir de esa información, analistas estratégicos de Occidente consideran que el mayor peligro internacional no es tanto que el Gobierno de Irán pueda producir el arma atómica, sino que al obtenerla la haga llegar a organizaciones terroristas como Hezbolá, y a sus aliados internacionales más radicales que se mantienen enfrentados a EE. UU., a los cuales se las podría dar para que “se defiendan” de lo que llaman el imperialismo occidental.
Además, según analistas democráticos del discurso político de Ortega en materia de relaciones internacionales y geopolítica global, él vive más en el pasado que en el presente. Dicen que para él, el mundo sigue siendo igual que en los tiempos de la Guerra Fría.
Ortega comenzó su formación ideológica revolucionaria y marxista-leninista a raíz del triunfo de la Revolución Cubana, en los años del más recio enfrentamiento de ésta con EE. UU. En ese tiempo ocurrió la Crisis del Caribe provocada por la instalación de armas atómicas de la Unión Soviética en territorio cubano. La justificación fue que eran para disuadir cualquier intento de agresión de EE. UU. contra Cuba, como la invasión de Playa Girón en 1961, pero el gobierno estadounidense lo valoró como una gravísima amenaza de parte de la entonces superpotencia soviética. La crisis se resolvió cuando la URSS retiró sus armas atómicas de Cuba, a cambio del compromiso de EE. UU. de que no intentaría más derrocar al régimen revolucionario.
Finalmente, Ortega ha hablado de que Nicaragua necesita o debería tener un arma atómica para defenderse de EE. UU., cuando los diversos líderes izquierdistas que están en el poder han reforzado su propuesta de una nueva geopolítica mundial, según ellos, multipolar, en que las potencias enemigas de EE. UU. tengan una posición hegemónica.
Ellos pretenden liquidar, o por lo menos arrinconar, a un sistema de relaciones internacionales cuyos condicionantes son la democracia, la libertad, el Estado de derecho, la libertad de expresión, la libertad de prensa y el respeto a los derechos humanos. Y sustituirlo con otro en el que prime el soberanismo a ultranza, entendido este como el derecho de los gobernantes de hacer lo que quieran sin que nadie pueda actuar contra ellos, ni siquiera criticarlos.
Tal vez sean proyectos sin posibilidad de convertirse en realidad, destinados al fracaso como los del nazismo y el estalinismo en el siglo pasado. Pero quizás no sería prudente desestimarlos.