Transparencia Internacional (TI) dio a conocer este martes 31 de enero el Índice de Percepción de Corrupción (IPC) correspondiente al 2022.
Según este Índice, los gobiernos y las sociedades de la mayor parte del mundo no enfrentan como es debido la peste endémica de la corrupción pública. En el 95 por ciento de los países solo se ha logrado avances mínimos desde 2017; y en algunos, como Nicaragua, se ha retrocedido.
El Estado de Nicaragua sale muy mal parado en este nuevo IPC, igual que en los años anteriores. Aparece como el más corrupto de Centroamérica y uno de los tres peores de América Latina y el Caribe; los otros dos son Venezuela y Haití. Decimos que el Estado de Nicaragua, porque la percepción de corrupción que se mide es en el sector público, no en la ciudadanía.
Sobre la corrupción en Nicaragua y la deplorable posición que ocupa en el ranking de Transparencia Internacional, en la sección de opiniones de esta misma edición de LA PRENSA publicamos un análisis de la jurista Martha Patricia Molina, reconocida estudiosa profesional de la corrupción. La doctora Molina explica por qué Nicaragua es percibida como uno de los países más corruptos y menciona que las recomendaciones de Transparencia Internacional para combatir la corrupción, no son atendidas.
Transparencia Internacional comenzó a elaborar y dar a conocer el IPC en 1995. Informa que utiliza datos de 13 fuentes externas, entre ellas el Banco Mundial y el Foro Económico Mundial, así como empresas privadas que estudian los factores de riesgo y grupos de expertos en el tema de la corrupción.
El IPC clasifica a 180 países y territorios según las percepciones que hay en ellos sobre la corrupción en el sector público. Para medirla utiliza una escala de cero a 100, en la que cero indica que es lo más corrupto y 100 que no hay corrupción.
Ningún país escapa de la corrupción. Esta es un fenómeno de la naturaleza humana que en cada país y sociedad se manifiesta en menor o mayor grado, de acuerdo con diversos factores o causales económicos, políticos y socioculturales, atenuantes o agravantes. En este sentido es muy importante tener en cuenta que la democracia, el Estado de derecho, la rendición de cuentas y la transparencia, disminuyen la corrupción. Mientras que por el contrario la corrupción es agravada por el autoritarismo y la falta de libertades y derechos de las personas.
Que ningún país del mundo está libre de la corrupción lo demuestra, por ejemplo, el dato de que el país menos corrupto en el mundo es Dinamarca, por su ejemplar sistema democrático, transparente y de derechos personales y libertades públicas. Sin embargo, no alcanza el 100, ocupa el lugar número 90, lo cual indica que aunque en muy mínimo grado allí también se practica alguna forma de corrupción.
Transparencia Internacional señala que también la corrupción está relacionada con la inseguridad, la violencia y el conflicto y la ausencia de paz. Sin embargo, el director ejecutivo de Transparencia Internacional, Daniel Eriksson, citado por la doctora Molina en su artículo de LA PRENSA, advierte que “los líderes pueden combatir la corrupción abriendo espacios para hacer partícipe al público en la toma de decisiones, desde activistas y empresarios hasta comunidades marginadas y grupos de jóvenes”.
De manera que está claro que para combatir y reducir la corrupción se requiere más democracia, incluyendo una educación fundada en valores éticos y un eficaz sistema de rendición de cuentas. Lo cual no es posible que ocurra donde hay autoritarismo y un régimen caudillista.