No te lamentes tanto

En tiempos de crisis los lamentos son más frecuentes. Como dice Tomás Carlyle: “De nada sirve al hombre lamentarse de los tiempos en que vive. Lo único bueno que puede hacer es intentar mejorarlos”, lo que es un consejo muy sabio, porque todos conocemos a personas que se pasan la vida lamentándose de lo divino y de lo humano.

Se lamentan por todo y no se dan cuenta de que lo hacen por costumbre y que llevan haciéndolo por años, sin darse cuenta de que resultan tremendamente “cansadoras”.

Creo, por experiencia personal, que lamentarse no solo no conduce a nada, sino que bloquea e impide pensar con claridad, y decidir la mejor salida.

A veces, las personas que no paran de lamentarse han asumido un papel de víctimas, y lo que les gusta, porque siempre encuentran a alguien que les escucha y que se compadece por lo que les pasa, y quizás esto les proporciona cinco minutos de gloria.

Creo que si estamos llorando y quejándonos sobre la leche derramada y, en vez de eso, nos levantamos y limpiamos con una servilleta de papel y la tiramos después a la basura, la vida sería diferente. 

Porque cada mañana amanece un día nuevo con esas 24 horas hermosas, en las que podemos decidir cómo sentirnos. Bien sabemos que no podremos cambiar muchas cosas que nos pasan, pero tendremos el poder más absoluto sobre cómo vamos a sentirnos al respecto.

Sí al recibir una mala noticia, o si nuestros planes se frustran, lo único que podemos hacer es intentar buscar la parte positiva que siempre tiene, porque en el peor de los casos, siempre podremos pensar que ha sido una lección que nos da la vida, y que nos sirve de experiencia.

Tenemos que saber que muchas veces las personas que se quejan son manipuladoras, y que solo quieren llamar la atención de los demás con sus penas, ya que son incapaces de hacerlo de otra manera, por eso, con delicadeza, procuraremos no entrar en su juego.

Es básico que recordemos que este tipo de situaciones propias o ajenas nos afectan tremendamente, y si no somos capaces de canalizarlas adecuadamente, las somatizaremos y empezaremos, sin darnos cuenta a constiparnos, a tener jaquecas, a sentirnos acongojados. 

Por eso, por salud mental, procuraremos oír y aconsejar a los lamentadores, y si no nos hacen caso, pues les dejaremos solos con sus lamentos por nuestra salud mental.

Debemos valorar nuestra vida, y sentirnos agradecidos por tantos dones. Dios nos creó únicos, originales, irrepetibles, maravillosos… con dones y talentos para poder vivir y enfrentar la vida.

Por eso es que es importante para superar los lamentos orar, leer la Palabra, hacer silencio, participar en la Eucaristía…

La felicidad empieza cuando uno deja de lamentarse por los problemas que tiene y se dedica a dar las gracias por lo que se tiene y por lo que se desea.

El autor es sacerdote católico.

Opinión
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