Celebramos la Navidad, el fin de año, el día de Reyes. Y una de las cosas que tienen estos días vividos y celebrados es que nos hacen regresar a la infancia en muchos momentos.
Es entrañable vivir las misas del Niño, los cantos y villancicos de Navidad, las posadas, las comidas, los regalos… ver la cara de sorpresa de muchos niños, la ilusión con la que han pedido o esperan los regalos.
Es muy bueno conservar en sus justos términos dentro de nosotros un sano sentido de lo mágico y de la fantasía, ya que esto nos hará estar más abiertos a la comprensión profunda de los acontecimientos y de las cosas que nos pasan, y llenar nuestro entorno de ese halo de ilusión y trascendencia que son imprescindibles.
Levantarnos, alabar la gloria del Señor, guiados por la estrella de Belén podamos ofrecer el oro, lo mejor de nosotros mismos; incienso, nuestra oración diaria y perseverante, y la mirra que es la alegría de la salvación (Is 60,1-6)
La fiesta de la Epifanía del Señor es la fiesta de la manifestación al mundo de la presencia de Dios, con la llegada de los Magos las fronteras ya no serán obstáculo a la hora de reconocer al Niño de Belén como el Dios de todos.
Sonaba a escándalo en el pueblo de Israel, el pueblo elegido, que los otros pueblos tuviesen la misma dignidad ante Dios, por eso San Pablo dice que los gentiles (o sea los que no son judíos) son también destinatarios de la salvación de Jesús. (Ef 3,2-6). Después de esta fiesta nadie, ni pueblo ni personas, pueden atribuirse que Jesús venga solo para ellos.
La salvación de Dios no sabe ni de lenguas, ni de fronteras, ni de sexo, ni de color, ni de forma de ser, todos somos llamados a formar parte de este nuevo pueblo de Dios que comienza a construir el Niño de Belén, que comienza a formarse en la Navidad.
Los Reyes Magos universalizan la salvación del Señor que no puede ser encasillada por nada, ni por nadie. Que no es exclusiva de nada ni de nadie. (Mt 2,1-12).
La luz de esta Epifanía, nos invita a que lleguemos hasta este Belén en el que nos hemos reunido, Dios quiere que le reconozcamos, que le encontremos en nuestros templos, en nuestras familias y comunidades, quiere que le reconozcamos en cosas pequeñas: en la sonrisa del que tenemos al lado, en el gesto de cariño del conocido, en el respeto, en el silencio, en la invitación a llevarnos mejor los unos con los otros, quiere que su signo distintivo sea la ternura, y que sintamos cómo se nos contagia, quiere que nos despojemos de esquemas antiguos y le podamos ver en la fragilidad, en la necesidad, quiere que le descubramos como nuestro Padre.
Quiere que abramos nuestras conciencias y nuestros corazones para dejarle entrar y nacer dentro de ellos. Y quiere, por último, que aprendamos a ser nosotros estrellas para los demás (y esto sí que es difícil), que sepamos guiarles para que en nosotros lo descubran también a Él, y así puedan llegar hasta el Dios de lo sencillo que ha nacido para salvarnos.
En este día, pidamos paz para el mundo y para las relaciones entre nosotros, un poco más de amor para las familias rotas por la violencia y el desamor, un poco más de justicia y caridad entre los hombres que haga que se superen las desigualdades y las pobrezas, un poco más de ternura en nuestras relaciones interpersonales, un poco más de esperanza y de ilusión en nuestros trabajos.
Pedimos al Señor que la ilusión y la esperanza que son un signos de la misma, estén siempre presentes entre nosotros, que no desaparezcan de nuestro repertorio de conductas aunque ya no seamos tan niños. Se lo pedimos de verdad al Señor.
Y como siempre nos acordamos de los que menos tienen, de los que están solos, de los que han pasado las Navidades y fiestas sin una muestra de cariño especial por parte de alguien, de los enfermos, de los que sufren, de los que necesitan de nosotros y les damos de lado, nos acordamos de ellos y pedimos especialmente por ellos.El autor es sacerdote católico.